Cómo se pasa la vida: ”En la lucha somos intemporales, casi dioses”.

El siguiente testimonio fue registrado por una estudiante universitaria, de quien se omite el nombre. La entrevista se realizó en algún lugar de una Biblioteca Pública, en el marco del Día Internacional del Libro, un 23 de abril.

―¿Puede decirnos su nombre?

―El Haragán Ramírez.

―No el de luchador, su nombre de pila…

―Lo siento, no puedo revelar mi nombre…

―Bien, señor Haragán Ramírez… ¿No querrá usted decir “Huracán Ramírez”?

―No, señorita, es Haragán… mis colegas luchadores decidieron ponérmelo como sobrenombre de batalla.

―¿Y por qué?

―¿Porqué qué?

―Sí, ¿por qué ese nombre? Haragán no es un apelativo que impacte dentro de la Lucha Libre…

―Tiene una pequeña historia. Le cuento… De niño siempre admiré la valentía y estilo del Huracán Ramírez a la hora de enfrentar al Blu o al Santo… y también a rudos de la talla del Cavernario Galindo y el Doctor Wagner, entre otros… cada vez que una avioneta sobrevolaba la ciudad, arrojando programas que caían a montones, yo levantaba los que podía buscando, al Huracán.

―¿Y qué decían esos papeles?

―Anunciaban la cartelera que se presentaría en el Coliseo: el Hijo del Santo, el Blu, o rudos como el Mochocota, Perro Aguayo o el Ángel Blanco… entonces sacábamos nuestras máscaras semi destruidas, y ahí mismo nos transformábamos… ¡hasta imaginábamos el grito del respetable coreando unos nombres y abucheando otros!

―¿De qué barrio estamos hablando?

―Del Barrio del Niñito de Atocha… En esa época era el límite de la ciudad y el comienzo de rancherías…

―¿Y asistía a las luchas en la Coliseo?

―No, no tenía dinero, pero no era necesario, en la banqueta de la tortillería, bastante amplia, ejecutamos tijeras, quebradoras, hurracarranas y topes voladores, igual o mejor que los verdaderos ídolos…

―¿Qué ídolos?

―El Santo, Canek, el Blu, el Mil… los ídolos, eso quería yo ser al final de una tarde de juegos… un ídolo… ser portada en los periódicos, luego hacer películas y aparecer en el álbum de luchas; ser la estampita más deseada, la más complicada de hallar, porque eran las de los meros meros…

―¿Y llegó a cumplir su sueño?

―A medias… creo…

―Pues déjeme decirle que con su gran estatura, su físico y esa máscara, parece usted un luchador profesional. Hasta juraría que lo he visto luchar en alguna ocasión.

―¡Lo soy!… o lo fui… es decir… cuando llegué a la adolescencia me fui a meter a un gimnasio hecho de tablas, pero con un cuadrilátero profesional donde entrenaban luchadores locales de prestigio, compas que abrían las luchas estelares de los grandes ídolos… Y también algunos novatos, quienes éramos carne de cañón, y terminábamos haciendo méritos levantando toallas, barriendo el local, asistiendo a los titulares, y esperando a que se fueran para hacer, ahora sí que “nuestra lucha”, y fue Don Lucho quien me “descubrió”…

―¿Don Lucho era el entrenador? Y otra pregunta… ¿Cómo lo “descubrió? ¿A que se refiere con eso?

―Sí, era el entrenador y representante…y el dueño del lugar… él me descubrió…

―Comprendo… le vio madera para las llaves y topes voladores…

―No, me descubrió durmiendo entre los costales de boxeo…

―¿Durmiendo?

―Sí señorita, es que desde que nací fui muy dormilón… y nunca me gustó traer y llevar mandados ni las labores de la casa… prefería irme al campo y ensayar patadas voladoras contra los árboles de capulín…

―…Que interesante… ¿Y qué le dijo Don Lucho cuando lo “descubrió”?

―¡Que no me dijo! Inútil, holgazán, flojo…

―…Haragán…

―¿Eh?

―¡Perdón!… quise decir que tal vez de ahí nació el mote que ahora lo distingue, señor Ramírez…

―Déjeme le sigo contando… Como no me gustaba hacer labores de limpieza en el gimnasio, y tampoco me estaba gustando ser al que le aplicaran a cada rato las nuevas llaves y contrallaves, más la friega del ejercicio, un día le propuse a Don Lucho me dejara estudiar temas referentes a la Lucha Libre, y aunque no lo vi muy convencido, me dio chance de ir a la biblioteca municipal, con el compromiso de hacerle saber sobre mis descubrimientos en la materia.

―¿Y por qué no estaba tan convencido, según usted?

―Porque Don Lucho era “ojo de paga” y un luchador, profesional o novato, le representaba tener completa la cartelera, y por consecuencia, tener función todos los domingos, pero como vio que yo no quería irme, y además no le costaría dinero, quizá confió en sacar ganancias más adelante de lo que yo aprendiera… pero eso ya no lo pudo ver…

―¿Podría seguir contando de su propuesta de ir a la biblioteca?

―Al otro día me fui enmascarado a la biblioteca, y me acerque al mostrador donde un joven relamido me quedó viendo, serio, y me preguntó si podía ayudarme. Le dije entonces que buscaba un libro sobre luchas. Me pidió la clasificación del libro… yo me quedé “de a seis”… “¿Clasificación? -pregunté-. “Sí”, insistió. Confundido, iba a retirarme del lugar cuando una chica de la biblioteca me pidió le acompañara hasta una especie de gabinete, de donde sacó una pequeña charola llena de papelitos. Ahí está la letra “L”, ahí hallará lo que busca…

―… El Archivero…

―¡El sereno si usted quiere!, pero para mi fue un desastre… había libros sobre lucha de clases, castas, micro bacteriológicas, sociales, agrarias, estudiantiles, mitológicas, mercantiles, intestinas, de estrategia, ajedrecísticas, épicas, cívicas, y párele de contar…

―¿No había libros de lucha deportiva?

―No, lo más cercano, y luego de casi una hora de búsqueda, fue “Lucha Griega y Romana: una breve historía”.

―Señor Ramírez…

―Haragán Ramírez, por favor…

―Corrijo, Señor Haragán Ramírez ¿Había ido antes a una biblioteca, o era la primera vez?

―Había ido a la misma biblioteca muchos años atrás, en una visita escolar, pero ni atención puse, y la verdad, le confieso que soy bastante distraído… tanto, que dejé un tiempo la escuela…

―…Haragán…

―¡No insulte, señorita!

―¡No lo insulto, es su nombre de lucha!… señor Haragán… Ramírez… ¿qué aprendió usted ese día?

―Primero, a no apretar tanto el cordel de la máscara, porque la tenía empapada de sudor y era bastante incómodo; segundo, que uno puede andar sin máscara siempre y cuando sea uno discreto; y tercera, una palabra que luego de repetirla en el gimnasio, llegó a oídos de un reportero local y se la apropió, y creo se usa hasta el día de hoy…

―¿Qué palabra es?

―Pancracio.

―¿Es el nombre de un luchador de la Antigüedad?

―No señorita, es como se nombraba a la lucha entre los griegos… ¿no ha escuchado usted en la tele “Los ídolos del Pancracio?”…

―No…

―Pues esa palabra es la que usan, y muchos sin saber, y bueno, yo me puse a leer más al respecto y, sin darme cuenta, ya había leído muchas hojas relativas al tema… y no es que hubiera leído mucho, sino que hacía pausas… me imaginaba esa época, y en mi mente se recreaba el calor del lugar, la gente eufórica, los luchadores hechos un manojo de nervios por agradar al respetable y a los dioses…

―¿Igual a una película?

―Si, señorita, como en una película… y ahí estaba embobado mirando los dibujos de vasijas antiguas, reflexionando el porqué antes no usaban máscaras, y además, luchaban desnudos…

―…que interesante…

―Luego del Pancracio, vino otra palabra: El Pancrasiastes, luego rollos etimológicos y nombres de dioses y combatientes, semidioses, algo totalmente distinto a lo que me habían enseñado en el catecismo…

―¿Y cuándo decidió usted realizar el Fomento de la Lectura en bibliotecas?… ¿O luchaba y hacía trabajo de promoción? Cuéntenos…

―Pues yo no sabía que lo que comencé a hacer en la biblioteca de mi barrio tenía un nombre, menos que por hacer eso me darían más y más libros y que me llevarían a viajar por varios estados de la república…incluso viajo más como promotor de la lectura que como luchador…

―Eso es interesante, comenzar como luchador y terminar hablando de libros… ¿Y por qué no ser un promotor de la lectura con su verdadera identidad?

―Ya ni recuerdo, lo que sí recuerdo es cuando me preguntaron, en Guadalajara, cuál era el nombre que le pondría a mi proyecto de Fomento a la Lectura, y yo respondí sin dudar: ¡Lees o te madreo!

―¡Que fuerte!… ¿Y se lo aceptaron?

―No solo eso, ¡hasta me lo celebraron!

―¿Y por qué ese nombre?

―Pues más que idea fue un recurso… o mejor dicho, falta de recursos… Agotados los recursos para la promoción de la lectura, me vi orillado a pensar en mis opciones, y encontré que aún no se intentaba lo que a mí me funcionó tan bien en mi crecimiento personal y como luchador.

―Pero más que un recurso suena a una agresión… una grosería… ¿No cree usted?

―Puede ser, si atendemos a la palabra Madrear como golpear o arruinar algo, pero, señorita, en mi caso es solo una advertencia, una amenaza si usted quiere, pero es de dientes para afuera, aunque estoy listo para darme de costalazos con quien sea… pero lo cierto es que funciona solo como un pretexto para decirle a los oyentes que sí es posible aprender leyendo, yo soy el vivo ejemplo de que no solo a golpes es como entiende uno…

―Siento curiosidad por conocer su método… ¿En qué se sustenta?

―En mi propia experiencia lectora, y en los cursos de capacitación del PNSL; nada más.

―¿Hace usted recomendaciones de lecturas?… ¿Cómo decide qué si y qué no leer?

―Yo no decido qué NO leer… eso sería una barbaridad, soy luchador y si usted quiere un salvaje, pero no de ese tamaño…

―Cuéntenos entonces, por favor…

―Yo recomiendo lecturas que a mí me gustan, nada más. Antes de comenzar una charla sobre Fomento a la lectura y la escritura, les leo sus “derechos”…

―¿Cómo los derechos que lee la policía a los detenidos?

―Algo así…

―¿Y cuáles son esos “derechos”?

―Pues son varios y variados, pero el primero y fundamentales el siguiente: El derecho a No Leer… y tienen derecho a retirarse en ese momento si así lo desean…

―Pero… ¿no corre el riesgo de quedarse sin escuchas?

―Pues sí, pero es mejor tres o dos… o uno, interesado, que treinta o cincuenta sin interés alguno, porque el mensaje que se lleva no se recibe bien, y puede ser contraproducente, alejando a los potenciales lectores…

―¿Por qué los alejaría?

―Por ser estos mal entendidos… algo obligado, y eso no es verdad, a mí nadie me obligó, y lo que ahora sé, se lo debo a las bibliotecas, a los libros y a la experiencia de otros en este trajín de la promoción lectora…

―¿Y luego de recomendar las lecturas… qué sigue?

―Pues sigue lo que sigue… ¿o qué desea usted saber?

―Si solo se lee o si también se escribe…

―Ah, ya… disculpe, parece que hoy me apreté de más la máscara… pues no es solo leer, sino escribir… desafortunadamente se tiene a estas dos actividades como separadas, sin saber que son necesarias ambas, sin una no existiría la otra.

―¿Y como vincula usted lectura y escritura?

―Uy señorita, no tengo un método propio, es decir… no he desarrollado algo personal, pero me apoyo en la experiencia de otros, y ahí le busco, de acuerdo al público al que me encuentro.

―¿Que tipo de público es su especialidad?

―¿Mi fuerte?

―Veámoslo así…

―Pues mi fuerte son público mayor de edad… no es que no pueda con los niños, pero a veces ellos me tienen miedo, ya sabe, por la máscara, pero si se da el caso, no los abordo, dejo que ellos se acerquen a mí, y me pregunten lo que deseen…

―¿Algunas preguntas que recuerde?

―Sí, ahí está la de un niño de cinco años, quien me preguntó que si antes de que él naciera, todos los demás éramos monos. Otro me preguntó si sabía de dónde venían los niños.

―¿Y qué respondió a esas preguntas?

―Al primero le dije que sí, y que nuestro abuelo se llamó Australopitecus, luego regresó con su mamá, quien me reclamó la confusión que había provocado en el niño… no tuve tiempo de aclarar nada. Al segundo le respondí con una historia del Popol Vuh, lo que nos llevó luego a charlar sobre la creación de las cosas…

―Supongo que la historia contada es el medio… ¿Cuál es el fin?

―Pues la finalidad es la de estimular la imaginación, lo fantástico.

―¿Los niños aportan ideas nuevas a los cuentos? ¿Son sesiones dinámicas?

―No sé eso de dinámicas, pero sí sé que no son aburridas. Nos alejamos de los formalismos. Hay que contar, inventar, esto a partir de una palabra clave, un detonante. Ellos hacen el resto. Luego de contarlo lo dibujan, al final, si da tiempo, se escribe, o queda el compromiso de escribirlo y enviarlo luego a mi correo electrónico o postal. Guardo cuentos de todo tipo, muchos impensables en un aula con la rigidez que dan los programas escolares. Y volviendo a los públicos que prefiero, me gusta trabajar con adultos, porque ahí es donde está oculto, agazapado, el niño que alguna vez fueron… despertarlo es un privilegio.

―¿Cuándo lo veremos presentarse, en un escenario más abierto, donde puedan asistir quienes lo deseen?

―Espero pronto en una Biblioteca… será gratis, aclaro, pero no por ser gratis es algo menor. Será con cupo limitado. Imagino la biblioteca a la que le interese mi aportación, organizará la logística.

― ¿No tiene usted un espacio ya establecido?

―No… ando a salto de mata… la promoción de los libros, curiosamente, no le interesa a quienes trabajan con libros…

―Muchas gracias, señor Haragán Ramírez.

―A usted…

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