Cómo se pasa la vida: “Pokepictes”

A mediados de agosto del 2016 disfrutaba de la sombra de las bugambilias en Convivencia Infantil, frente a la maqueta del remozado Castillo de Chapultepec. Era medio día y uno que otro ocioso igual a mí deambulaba por los meandros del parque. ¡Qué frescura! El suelo era un amasijo trémulo de sombras y luces. Cerré los ojos rememorando aquellos días cuando de niño visitaba ese mismo sitio, pero repleto de animales. Sí, ahí estuvo alguna vez el zoológico de Tuxtla Gutiérrez. Otros recuerdos me relajaron por no sé cuántos segundos… minutos…

…Abrí los ojos y me descubrí rodeado de una “jabalinada”, quienes, teléfono en mano, caminaban en círculos. A mi lado había un par de ejemplares hablando sobre cebos, carnadas, y sobre una estación de no sé qué, rematando con la palabra “pokemon”. Me puse de pie. Vi alrededor y pude contar a más de quince “jabalines”, todos con la cabeza gacha, manipulando su teléfono mientras otros, errantes, iban y venían por los andadores. Pronto fueron muchos más.

Don Joaquín Miguel Gutiérrez, personaje histórico de Chiapas, asesinado y arrastrado por las calles tuxtlecas, tenía esa mañana más visitantes que nunca. Había “jabalincitos”, “jabalines” y “jabalinzones” acostados, sentados o de pie, dentro y fuera del mausoleo. Visitantes atentos a los aparatos telefónicos, ensimismados. Apenas y hablaban, y cuando lo hacían era para festejar no sé qué.

Mi natural y extraordinaria curiosidad (los envidiosos dirán que soy un exagerado y un chismoso) hizo que me acercara a uno de ellos para preguntarle en lenguaje “jabalín”, ¿quésquéspué? “Acabamos de cazar un prendefuegos”, contestó. ¡Ah chingá!, ¿ydóndeocómooqué?, insistí. “Le pusimos un cebo”. Dicho lo anterior, se levantaron para continuar “cazando”.

En la primaria me gustaba la materia de historia, tanto, que no necesitaba estudiar para el examen. Recuerdo cuando aprendí sobre gregarios y sedentarios. Imaginaba a los nómadas sin hogar ni terruño dónde enterrar su ombligo debido a la caza, razón por la cual tenían que desplazarse cada vez que el hambre apretaba, persiguiendo a sus potenciales presas kilómetros y kilómetros de distancia. Comer era de verdad algo serio, y afinaron su técnica cuando se hicieron de herramientas para diferentes quehaceres, incluido, claro está, el cazar. Ya no tenían que correr grandes distancias, perseguían de manera más eficiente a sus presas, logrando incorporar a su dieta especies que antes parecían inalcanzables.

Imberbe, recuerdo haberle contado a mi tío Óscar “El Furibundo” sobre los nómadas. “El Furi”, de mal humor, me dijo: Estudia informática, ahí está el futuro. Y como a mí no me gustaba (ni me gusta) que me dijeran lo que tenía que hacer, ignoré su consejo y me incliné por las “humanidades”. Recordé también otra etapa feliz de mi infancia, cuando iba de pesca con mis cuates al río. El cebo o carnada lo hacíamos del almidón de los bolillos, o de tortilla tiesa, emulando a nuestros ancestros, y de paso viviendo la emoción por comer lo capturado: entrenábamos para ser unos sobrevivientes. Pero de eso a cazar con un teléfono…

Alcancé a los “jabalines” para preguntarles qué hacían con lo cazado. “Nada”, me contestaron. ¡Archirrequeterrecontraputamalle! Salen a cazar no sé qué, para… ¿nada? Lo que vino después fue como una escena de película de zombis come cerebros. Una especie de estado hipnótico, ansiedad desconocida invadiendo a los habitantes de Tuxtla de los conejos. Un contagio que había alcanzado a personas cercanas a mí, a quienes por estar “cazando” pokemones llegaban tarde a una cita, se desviaban de ruta buscando “estaciones”, “gimnasios”, o lo que fuera, y no te prestaban ninguna atención. Pronto descubrí que si de “cazar” cosas intangibles se trataba, no importaba el costo de la gasolina ni el calor endemoniado, con tal de atrapar “algo” para “nada”. ¿No era una estupidez encantadora?

Hoy doce de mayo del 2017, camino de nuevo por el parque de Convivencia Infantil, libre de “cazadores” a diestra y siniestra. Me acomodo cerca del Castillo de Chapultepec y veo hacia el mausoleo de “don Joaquín”, donde meses atrás estuvo repleto de gente, teléfono en mano. No hay ningún “jabalín” cercano al sitio, ni siquiera para dormir una pequeña siesta bajo la sombra de las bugambilias.

Mi natural y extraordinaria imaginación (los envidiosos dirán que soy un exagerado y un mamón) me lleva a teorizar sobre la suerte de aquella “jabalinada” tuxtleca y su actual destino. Quizá les sucedió igual que a los primeros nómadas, y siguen tras los pokemones caminando kilómetros y kilómetros, desde agosto del 2016… Quizá están por llegar a la Patagonia, o cruzan Alaska al tiempo que veo a una ardilla cruzar frente a mí… Quizá fue solo otra actividad inútil para el sedentario promedio, que generó millones a unos cuantos sedentarios invencibles, la punta de la pirámide en la cadena alimenticia cibernética. ¡Pa’qué pictes!

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