¿Será el silencio?

¿Valdrá la pena todavía aferrarse a las palabras? Hoy que parece haber fracasado la verdad, que el sentido ha abandonado el lenguaje, y la lengua es un lastre cuyos símbolos no nos alcanzan para decir “madre” (como a Celan). Pero nuestros asesinos fueron criados con la misma leche materna. Les enseñaron a decir café con leche, y saben, si hubiera que saberlo, qué significa polvo, o tina o avestruz.

Pero, también, ¿será el silencio? Habremos de ceder calladamente a estos poco humanos y mortíferos hablantes aquello que llamamos (equivocadamente o no) vida.

Hace unos años comencé a  escribir una novela (sonrío al acordarme del título: La Jiribilla) que hablaba sobre el narco. Y esa andanza me llevó a tocar la puerta de Javier Valdez. Amable, suelto, generoso, la leyó: más se parece a Escobar que a un capo mexicano tu personaje, dijo. Aunque le gustó mucho la parte de unos niños reclutas de un cartel.

Ayer que la noticia de su muerte… corrijo: la noticia de su puto asesinato llega hasta mí, impreco, miento madres. ¡Carajo! Y me acuerdo de  Escobar y de Colombia en ruinas, y creo que ya, sin ánimo de presumir parceritos, nos la pelaron; hemos hundido más a este país que a cualquiera nunca en la historia de la humanidad.
Ya estamos muertos de bala. Ya estamos sordos de metralla. Ya nos callamos de miedo, nos silenciamos de horror. Pero no, el mundo no es suyo, y volverá la verdad a aparecer en boca de los que aprenderán una lengua nueva, libre de oprobio y corrupción, limpia de nosotros quienes cedimos el paso a narcos y políticos. Y esos recordarán a Javier, y a los miles de periodistas y luchadores que cayeron aferrándose a las palabras.

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