Los muchos bosquejos de Fabián Rivera

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En fechas recientes el poeta y periodista Fabián Rivera (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1984), obtuvo los Juegos Florales de Poesía San Marcos 2017, con el libro Y de pronto fui sólo página y bosquejo. Después de algunos años de dedicarse en tiempo completo al periodismo cultural, Rivera no había dejado a un lado su quehacer poético. Por eso platicamos con él acerca de su camino en el periodismo y su retorno al oficio poético, tanto en la escritura como en su nueva faceta de editor.


Y de pronto fui sólo página y bosquejo es un conjunto de poemas en el que recopilo diversas imágenes, con una temática transversal: la visión de un estudiante cuya vida disipada choca con el orden de la vida burocrática, llena de obligaciones y formatos.

La idea surgió en 2008, año en el que conocí el Ulises de James Joyce. El libro me llamó tanto la atención que dije, ¿por qué no intentar escribir lo que sucede durante una noche, algo así como un “día en la vida” de un estudiante desmadroso, de poca monta, con más sueños que dinero? Por supuesto, los alcances de mi osadía en nada se comparan con el famoso título, pero, vamos, de algún lado tenía que partir.

Todo iniciaba con un poema cuyo título era “03:49”, cifra que consigné como el minuto exacto en el que dejamos, a escasas cuadras de su casa, a un amigo sumamente ebrio. “Yo-me-voy-solo, hic, usté’s-no-se-preocupen”. Bien, al otro día no llegó a la Facultad, lugar donde cursamos la licenciatura en Lengua y literatura hispanoamericana, en la que, hay que hacer hincapié, el fomento a la creación literaria era prácticamente nulo. (Dicen que ya no es así. Dicen.) Inclusive uno de los docentes nos dijo, al inicio de la carrera, “ni crean que aquí vienen a ser escritores, aquí se vienen a aprender cosas serias”. (Mi dulce y novato corazón casi se constipa esa ocasión, en serio.)

Bueno, el asunto es que no supimos de nuestro camarada por algunos días. Apareció poco después, para contarnos que, rumbo a su casa, tropezó y cayó en un canal de desagüe, y que salvó el pellejo gracias al monte salvaje que ahí crecía, alimentado por las aguas del drenaje. “Me sentía tan bolo (borracho, en chiapaneco) que me quedé dormido y desperté como a las tres horas”. No sé ustedes, pero a mí me parece un excelente motivo para escribir. ¿Qué pasa por la mente de un ebrio que duerme debajo de un puente? Escribí entonces: “recuerdo que la rabia me preñó con su saliva/ con su antiguo beso/ vomité una y otra vez los relámpagos de su pobreza”. Así surgió ese texto inicial, al cual se unieron varios más, con el paso de los días, los meses, e incluso los años.

Tiempo después egresé de la licenciatura y tuve que buscar, como todos, trabajo. Aquella gloria de estudiante, en la que te sientes intocable, pero nunca te percatas de que eres un triste mantenido, pasaba frente a mí como míseros recuerdos. Esa es la pared con la que todos vamos a topar, que está más cerca de lo que imaginamos, y nadie te advierte de su presencia. Por eso les decía a estudiantes de la misma facultad, a la que asistí como público, como conferencista y como jurado de un premio de narrativa en el marco de la Semana del Libro realizada a finales de abril: raro es aquel maestro que les enseñará el camino para que, fuera de la burbuja estudiantil, logren obtener un empleo e implementar los conocimientos que obtuvieron en las aulas. Si dentro de la escuela tienes que arreglártelas para estudiar, escribir literatura y promover cultura (como fue en mi caso), en el exterior el asunto se pone peor: uno pasa de ser estudiante a ser competencia laboral directa. Entiendes, pues, el por qué se protegen y solapan entre ellos, el por qué muchos solo llegan por cumplir el horario y listo. Por supuesto, no todos son así, hay excepciones notables, pero el sistema, por lo general, así funciona.

Mi primera experiencia laboral formal fue en un centro de educación a distancia, en el área de corrección de estilo. Hablo del año 2010. Fue ahí donde obtuve mi dosis inicial de burocracia: horarios establecidos, contratos, y la vigilancia continua de un jefe (cuyo nombre omitiré) que siempre encontraba el modo de reprender nuestros errores. Era una suerte de arriero que siempre sabía que terminaríamos en el matadero, pero al parecer gozaba de sabernos ignorantes del destino que nos deparaba. Lo que agradezco de ese lugar es aprender una metodología precisa para corregir documentos, tratar con autores que nunca reconocen sus errores, saber que se puede vivir de un modo honesto (y asalariado), las buenas amistades que aún conservo y, por supuesto, a revalorar mi escritura.

En los ratos libres solía leer vidas de escritores, y me encontré con la historia de un poeta, víctima de los tristemente célebres gulags de la Unión Soviética: halló el modo de escribir a pesar de estar en prisión, con trozos de grafito que le facilitaban de contrabando. Después de ser ejecutado, mientras limpiaban su celda, alguien encontró un extenso pergamino en el cual había escrito un puñado de textos que reflejaban la angustia, pero sobre todo la fe del autor en que su mensaje llegaría a las manos adecuadas. Ese era el sentimiento general dentro de aquella oficina. Todos estábamos ahí por necesidad. Claro, las condiciones eran diametralmente opuestas, pero, yo me repetía una y otra vez, ¿encontraré de nuevo la libertad que me hace falta para escribir? ¿Es posible escribir a pesar de la adversidad?

Comencé la escritura de la segunda parte de este conjunto de poemas, espacio en el cual reflejo parte de las vivencias de aquel entonces. ¿Será posible construir una épica de la oficina? Fue la pregunta clave. Reconozco que mis textos no alcanzan semejante altura, pero tratar de dar testimonio de aquel lugar hostil, donde todo era orden y cuadratura, me ayudó a sobrellevar esos días que, para ser franco, fueron solo una prueba inicial para lo que viví tiempo después.

Ahora bien, este conjunto de textos se llamó, en principio, “La esquina de la carne”, tratando de aludir a un ambiente barriobajero y de mala muerte. Sin embargo, el título no terminaba de convencerme. Puedo decir que la versión definitiva de los poemas data del año 2015. Una costumbre que considero pésima fue la de modificar más de una vez los textos, en atención a más de una convocatoria para premios literarios. Fue en ese año cuando decidí dejar de “meterles mano” y esbozar un punto final para ese conjunto.

Durante el 2016 me dediqué a trabajar en una dependencia de gobierno en la que tuve una amarga experiencia, pero que me animó a buscar alternativas para financiar no mis proyectos, sino mi quehacer cotidiano. No es un secreto que el Gobierno del Estado de Chiapas realizara despidos en masa a principios del 2017. Yo no fui víctima de esa guillotina gigante; yo tomé la determinación de dejar mi empleo al no haber condiciones para seguir laborando ahí. Así que, por decirlo de una forma elegante, “renuncié a mi plaza”, aunque, como me hizo ver un amigo, “no puedes renunciar a un trabajo que, en teoría, nunca existió”.

En ese ir y venir por la necesidad cada vez más apremiante de sostener mi hogar a como diera lugar, me animé a participar en la convocatoria del Programa de Estímulo a la Creación Artística (PECDA) 2016. Retomé una idea que conservaba desde el 2013: la biografía de Jusep Torres Campalans, cuya historia habré de relatar en otro momento. El apoyo económico de la “beca”, como todo mundo le llama, me permitió contar un respaldo económico para trabajar “más tranquilo” y dedicar horas formales a la lectura y la escritura. Agradezco que programas como éste existan, así como el equipo de profesionales que sacó adelante y al pie de la letra todo este ciclo; sin embargo, pensar que un estímulo de esta naturaleza resolverá todas las necesidades de un creador artístico es una idea fuera de contexto. No es culpa de ellos, sino quizá de quien diseñó los lineamientos que dicen que un creador artístico solo amerita recibir estímulos de este tipo hasta los 34 año, y que, en una ciudad como Tuxtla Gutiérrez, cada día más cara, los gastos corrientes se pueden sobrellevar con una cantidad así. (Y en las edades subsiguientes, la tramitología se torna más hostil, al grado que es más fácil trabajar en Wal-Mart que obtener una beca.)

Por otra parte, un creador de arte, en cualquiera de sus manifestaciones, es un ciudadano más que contribuye a la sociedad, a su manera, pero sí lo hace (y por supuesto, debe hacerlo). Es una persona que tiene necesidades físicas como todos, y no es un ser venido de otro planeta; por el hecho de dedicarse a lo que se dedica no tiene derecho a sentirse alguien bendecido y, por ende, superior a lo demás. Pero hay que pide a gritos ser reconocido: no lo conseguirá. (Peor aún: que olvide la fama si cuenta con un físico poco agraciado.) El respeto y el aplauso se ganan a pulso, jamás a la fuerza, ni poniéndose de tapete. También hay quien prefiere cultivar la vida bohemia, en vez de la lectura y la escritura: se están ganando un lugar en el mundo de la literatura solo como personajes, y no lo saben. Seguramente, a pesar de llevar una vida despreciable alguien los recordará: somos cómplices del homenaje fácil y ramplón, que valora más las leyendas que la obra misma.

Me enfoqué a seguir al pie de la letra todo el proceso de la beca, a sobrellevar mi condición de autoempleo; me dediqué a la corrección de documentos, y a la elaboración de proyectos poéticos alternos. Los poemas de la vida estudiantil quedaron guardados en el cajón de los buenos deseos, como muchas ideas que tengo atesoradas. Finalmente, salió la convocatoria de los Juegos Florales de San Marcos Tuxtla Gutiérrez, un concurso que, para quienes vivimos en esta ciudad, tiene un significado muy especial pues forma parte de la tradición literaria local que había sido injustamente olvidada.

No pensé que ganaría el certamen, porque soy mal concursante, y no por qué no sepa reconocer la victoria ajena, sino porque el mundillo de los premios literarios tiene mecanismos y lenguajes que pocos saben interpretar (yo, por ejemplo). En este sentido, obtener este premio es muy significativo para mí porque me permite tener más foco para el trabajo que hoy en día realizo, y por supuesto, porque la bolsa de 10 mil pesos me ayudó a solventar diversos gastos.

Haciendo un breve resumen de mis actividades, ahora mismo estoy impulsando un taller de periodismo cultural, y uno de escritura creativa; construyo una agencia de difusión y gestión cultural, la Agencia Cultural de Chiapas; me integro al programa de trabajo de una asociación civil de arte y cultura, Tramando Sueños; impulso una editorial independiente, Surdavoz, que fundé en abril pasado al publicar una plaquette cuyo título es De vértebras y ocasos, misma que presentaré en próximas fechas, además de tener en agenda a un autor chiapaneco y en pláticas con autores centroamericanos para dar espacio a su obra… Díganme si no tengo facilidad para andarme inventando trabajo.

Por otra parte, como ya signé en una entrevista publicada hace algunos días, hay que observar este concurso en su justa dimensión. Lo reafirmo. Muchos dirán: ganó porque sólo eran 10 concursantes, porque sólo fue para Tuxtla Gutiérrez y además dieron muy poco tiempo para preparar un libro y concursar. Para mí, ninguno de estos argumentos es válido, ya que los tres jurados, Balam Rodrigo, Roberto Rico y Carlos Gutiérrez Alfonzo son escritores de renombre a nivel regional y nacional, pero sobre todo grandes lectores de poesía, además de ser personas con una ética intachable, que optarán siempre por la literatura antes que la amistad o cualquier dejo de compasión por un trabajo a medias tintas. Eso se agradece, sobre todo en tiempos en los que hace falta tanta dignidad en todo sentido.

En Tuxtla Gutiérrez hay una efervescencia cultural muy interesante, y por supuesto literaria, así que, para ser honesto, esperaba más competencia. No fue así. Tal parece que se fueron de vacaciones, pero para la literatura, y mucho más cuando la necesidad apremia, no hay vacaciones ni periodos de asueto.

Cierta ocasión escuché decir a un colega que él necesitaba de becas y concursos para sentirse motivado a escribir. Pero la escritura misma no siempre se ejerce sobre el papel o el teclado: se escribe todo el tiempo, sin necesidad de ambas herramientas. Es un estado de consciencia, un modus vivendi que no toma en cuenta horarios establecidos. Pobres de aquellos que se consideren burócratas de la escritura.

Los premios son válidos por dos razones: el incentivo económico, que permite a los escritores contar con un buen tanque de oxígeno para seguir en lo suyo, y la confirmación de que el trabajo que se hace, si bien amerita correcciones y comentarios, está bien hecho y pasa el filtro de expertos en la materia. De otro modo, las cosas no funcionan. Puedes ser conocido y celebrado, puedes ser amigo de todos y ser, incluso, un mal necesario, de esos que tanto abundan en el medio artístico local; sin embargo, la literatura no miente, es la parte más pura de nosotros y en eso no hay vuelta de hoja.

Los juegos florales de San Marcos son una tradición en Tuxtla Gutiérrez que debe quedarse como parte importante de nuestra identidad local. Nos conecta literariamente con una gran ciudad: Aguascalientes, cuyo patrono fundacional, de raigambre católica, también es San Marcos, y cuenta con una de las ferias de enorme tradición para la cultura mexicana. Aguascalientes es también hogar del Premio Nacional de Poesía que, con el paso de los años, se convirtió en el máximo certamen de poesía y permite a muchos escritores integrar su nombre a las grandes ligas de la literatura nacional e internacional.

Tuxtla Gutiérrez es cuna de escritores como Jaime Sabines, Enoch Cancino Casahonda, Juan Bañuelos, Eraclio Zepeda y Óscar Oliva. ¿Vale la pena, entonces, seguir fomentando este certamen? Claro que sí, inclusive su monto debe aumentar y pasar de lo local, a lo regional y por qué no, a lo nacional. Además de ello, debe observar hacia otros géneros, como la narrativa, que tiene un auge muy importante a nivel estatal, y que encuentra un foco muy interesante en las generaciones recientes de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Chiapas, lugar donde por desgracia la creación literaria sigue siendo relegada a segundo término.

En el caso de los Juegos Florales de San Marcos, fue un acierto que este concurso retornara, y que personalidades como la de Daniel Roque Figueroa, presidente del Patronato de la Feria de San Marcos, tuviera la visión para dar el espaldarazo que este certamen requería, y por supuesto la asesoría de la maestra Socorro Trejo Sirvent, promotora, gestora cultural y poeta cuya presencia es esencial para el Instituto Tuxtleco de Arte y Cultura. Personas que ofrecen razones de peso para que proyectos de este tipo se consoliden, son las que le hacen falta para que nuestra ciudad, culturalmente hablando, tome el rumbo debido.

Poemas

Y de pronto fui sólo página y bosquejo

*

Mi hogar es éste,
no mi refugio,
no mi llanto.

Este trozo de banqueta,
la correcta forma de trocar
el himen del asfalto
con las suelas

Sí, esta es mi casa
y no hay frutos,
sólo piedras sin memoria

*
y de pronto fui
sólo página y bosquejo
me hallé fuera la cama
con el aire que
/brado y mi libreta [iluminada?]
enarbolé desde el instante
el mar de las ausencias
dejé sobre la mesa un ……….libro abierto
[una mirada que mis piernas prometieron caminar hasta las dudas]

/abierta en el ayer dejé
una palabra cual sangre
sin lavar en el sudor
de mi camisa
………………….: la camisa que el sol mismo prometiera

*
Respeto el misterio
que rodea aquella lámpara
persistente a medias con su flama.

Borro de un zarpazo lo que tengo
como tú que borras al mirarme
la dicha de tu ansia,
de huir por la ventana,
ser tu propia algarabía.

El día, qué noble oficio el de sellar
su lento proceder con una firma,
equilibrar en el teclado
nombres y palabras,
ofrecer sin resquemor
la espalda al enemigo,
compartir el agua,
beber hasta morir la cafeína,
ofrecer a quien visita el entrenado choque
de la goma en el límite de los oficios:
la tinta no escurre
(es cosa del pasado).

Volvemos a jugar
con el sopor del mediodía,
volvemos a jugar lo mismo
aunque sea en el recuerdo
de las once al rechinar
de nuevo la campana,

la infancia que se antoja
—en el ahora—
una inhóspita guarida:
tan cercano el golpe,
la furia que detuvo en ocasiones
una mano diminuta
congelada a punto del hervor,
pasos antes de golpear
la espalda del amigo.

Atrás quedaron los raspones,
carcajadas, travesuras,
interminables correrías.

Los achaques de escritorio nos aguardan,
reconocer a quien soporta estoicamente desvelarse.

Quién gana esta batalla ahora.
Qué o quién celebra las horas consumidas.
Qué estadística registra el peso
que ganamos por estar aquí

ejercitando el ocio más ameno;
qué o quién goza
la labor inestimable
de morir sobre la mesa,
compartir el mismo cementerio.

2 Comentarios
  • Edson cruz

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    Muy merecido reconocimiento has sido y sigues siendo un hombre de trabajo y talento felicidades amigo

  • JULIO ZAVALA DE LOS SANTOS.

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    ¡FELICIDADES, FABIÁN! No tengo el honor de conocerte, pero amo las letras. No entiendo de poesía, pero le entro, porque a veces, me conmueve. Ignoro por qué, a veces, en poesía, se tienen que omitir los signos de interrogación, como cuando dices: ” Quién gana esta batalla ahora”.

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