El robot novelista

Manuel Iris 0 comentarios

La noticia puede encontrarse en diversos sitios de internet: un programa de computadora al que le fue encargada la tarea de escribir una novela quedó finalista de un concurso literario en Japón. Los jurados, por supuesto, no tenían idea de que el libro había sido escrito por un programa de inteligencia artificial.

 La novela, titulada precisamente “el día que un computador escribe una novela”, fue elaborada en colaboración entre un programa de computadora y un grupo de seres humanos, sus programadores, destacando entre ellos el profesor Hitoshi Matsubara, de la llamada Future University de Japón. El equipo creó un menú de frases y estableció algunos elementos de “estilo”, en forma de parámetros de escritura en el programa. Luego de calibrarlo todo, dejaron que la novela fuera escrita “libremente” por la computadora. Concluida esta primera fase, los humanos realizaron la corrección del escrito.  El resultado no logró ganar el premio final, pero se acercó sorprendentemente.

Esta anécdota real puede darle un significado distinto y casi terrorífico a la llamada muerte del autor, tan importante en los estudios literarios a partir de Barthes, y al mismo tiempo puede recordarnos el departamento de pornosec subdivisión del departamento de ficción descrito por George Orwell en su novela 1984, en el que Julia, coprotagonista de la narración, tiene un trabajo puramente mecánico (sus manos están llenas de aceite y lleva siempre consigo una llave de tuercas) relacionado con una máquina que produce breves novelas pornográficas falsamente clandestinas, hechas para el uso casi exclusivo de los proles. En Oceanía, Orwell lo deja claro, las novelas son escritas por máquinas: el gran hermano ha abolido la imaginación.  

 La idea de que una inteligencia artificial pueda escribir por sí misma una historia coherente es apenas una de las muchas variantes con que la ciencia ficción ha señalado la posibilidad de que las maquinas lleguen a desarrollar cierta humanidad, o de que incluso se revelen contra sus creadores. Por eso la noticia de la novela japonesa nos llena de intriga y de incertidumbre: la hemos escrito antes.

Sin embargo, una novela valiosa es mucho más que una historia coherente con ciertos estilemas igualmente bien definidos. La novela que ahora discuto ha sido el resultado de la combinación de elementos anteriores, y con ello se ha creado una buena imitación, una combinación placentera pero no punzante de elementos aceptados. El resultado debe ser (hablo sin haberla leído, tal vez pueda sorprenderme) una obra aceptable, como pueden serlo las pinturas genéricas que uno encuentra en los hoteles o restaurantes.  La diferencia, que no necesariamente se entiende todo el tiempo, es sencilla: lo decorativo puede salir de la imitación, mientras que el arte es necesariamente hijo de la invención, de la novedad.

Muchos autores humanos actúan con el mismo principio que el programa de computadora novelista: imitar un estilo y repetir historias falsamente nuevas. Algunos logran con eso consolidar su mediocridad y su fama, y otros usan la imitación inicial para llegar a su propia voz, y logran crear literatura. En general, si bien es verdad que no hay nada nuevo bajo el sol y que todo es una reescritura, la intención del autor es al mismo tiempo innovar el estilo (hacerse uno propio, al menos) y descubrir alguna verdad (una verdad no es una certeza, se puede descubrir una pregunta) interna o universal.

Lograr la escritura es una cosa, y lograr la literatura otra. La literatura exige, creo yo, que el autor y el lector experimenten cierto conflicto consigo mismos o con la historia, la realidad que viven y los afecta. La escritura literaria es el resultado de las obsesiones del autor, y la lectura literaria de las del lector. Como lo entiendo, el punto de encuentro entre ellas es propiamente la literatura.

El lector de la novela escrita por una maquina es, al menos hasta ahora, un lector humano, y muchos lectores mejoran con su inadvertida colaboración los textos que leen. Ha sido gracias a esos lectores que este texto (que hasta ahora no puede ser escrito de modo completamente individual por un programa) ha alcanzado algún rango de consideración estética. Concordantemente, es de esperarse que pronto alguien diga que lo escrito por computadoras es otra forma de literatura, y se crearán los marcos teóricos para disfrutar o entender esa novedad. Eso siempre sucede y sirve no para cambiar literatura misma, ni para acompañar a un lector en su soledad, sino para justificar tesis, becas, encuentros y muchos otros modos de ganarse la vida en la academia, que cada vez lucha más contracorriente por poder seguir llamándose literaria. Y aquí me detengo, porque este artículo es sobre otra cosa.

La exploración de la naturaleza humana, la búsqueda de la belleza en la articulación de la soledad y todo lo que hay entre la angustia y de la epifanía, son los combustibles de la escritura y, dado que no van a desaparecer jamás, la literatura tampoco. En todo caso, si en algún momento la escritura hecha por programas de inteligencia artificial se convierte en un artículo de consumo de masas, no será eso una sustitución de la literatura, sino otra cosa con otro nombre y otros fines.

Dicho lo anterior puedo terminar diciendo precisamente que los combustibles y motivos de la literatura no son compatibles con la maquinaria de las computadoras, y que estoy seguro de que la mejor novela acerca de una computadora capaz de escribir, y tal vez de sentir y enamorarse, será escrita por un ser humano.

Addendum:

Quizá el lector interesado en estos temas disfrute de la Marbel Machine, una máquina de hacer música que funciona con dos mil canicas. Aquí un video:

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