Cómo se pasa la vida: “El asombroso Hombre Araña”

Hugo Montaño 0 comentarios

El año pasado tuve la suerte de presentar un libro de Imanol Caneyada. Ahí comenté que alguna vez fui a comprar casettes a la “discoteca americana”, y de paso recordé otros sitios legendarios sobre la avenida central, como “FrontLine” (donde jugaba maquinitas), y la agencia de revistas Velazquez. A esta última iba cada quince días por las aventuras del asombroso Hombre Araña. Tuve los números del uno al cien. La portada era de papel brilloso aunque delgado, y los interiores de papel periódico.

Con mi amigo y vecino (de barrio y de pueblo) Isaac Marina, grabábamos episodios del asombroso Hombre Araña contra el Doctor Pulpo, el Hombre de Arena o El Duende Verde, y después escuchábamos nuestras “producciones”, que nos parecían una chingonería. Salí de la primaria. Llegué a la secundaria y mis revistas se quedaron en una caja, bajo la cama.

Mi cuarto era pequeño y tenía las paredes tapizadas de posters. Había bastantes cosas que mi madre, sabia, me aconsejó tirar o regalar, antes de que ella lo hiciera. Con ese poder de convencimiento, topé con mi caja de revistas. No iba a tirarlas. Algo inexplicable me ataba a ellas. Yo, un adolescente de secundaria, valemadrista, no debía de tener debilidades por una colección “infantil”. Ya estaba grande para esas ternuras, pero me estaba costando deshacerme de ellas.

“Las regalaré”, me dije. Y me prometí a mi mismo que se las daría a quien las apreciara y le diera el valor cercano al que le daba yo. Atrás de los ejemplares había una historia, y hasta me atrevo a decir que me sentía un poco Peter Parker, aunque “atuxtlecado”. Después de mucho pensarlo, decidí regalárselo a “M”, mi vecino de andador. Lo llamé, le di la noticia, y aún recuerdo sus ojos abiertos de la sorpresa, su sonrisa franca y las pecas que parecían resaltarle del gusto. Yo me sentía muy pedorro dando la estafeta de una colección que llegaría a ser memorable en sus manos.

Después de algunos meses se me ocurrió visitar a “M”, para preguntar qué tal le iba con la colección. No lo hallé, pero sí a su hermana, con quien él peleaba un día sí y otro también. Luego de informarme de la ausencia de “M”, me preguntó si era yo quien le había regalado las revistas. Muy pedorro le dije que sí. Entonces, con la mirada de quien tiene un as bajo la manga, me dijo: “Se puso a recortar las portadas, y las pegó en su trapper. Ya le quedan pocas por recortar… ¿verdad que no se las regalaste para que hiciera eso?”.

Mi estómago era un amasijo de gases digno de una analogía de Aristófanes. Pasé del espanto y el encabronamiento a la resignación en segundos. ¿Qué culpa tenía “M”? Yo decidí regalarle mi colección. Esa misma sensación siento ahora, al enterarme de que la Agencia de Revistas Velazquez ha cerrado sus puertas. De vez en vez iba a comprar revistas para mí o para mi hijo. Sé que más de uno fue a “la Velazquez” alguna vez. No sé decir más. Dijera Aristófanes, “ni pedos”.

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