El demoledor de paradigmas

Aunque perseguimos, por extraño naturaleza, el orden, la vida es el escenario perfecto para que exista la contradicción. Como para morir basta estar vivo, así para que la paradoja se reproduzca, es suficiente existir. Todo es, entonces, según nuestra mirada ordenadora, imperfecto. El escritor que muere -lo acabo de leer en un artículo de Juan José Millás- comienza lo que podría ser su verdadera vida, ya que en este paradoja interminable que hemos producido, y a la cual llamamos vida, hay que morir para empezar a vivir. Ahí radica la imperfección del constructo que hemos hecho de la sociedad contemporánea. Pero en esa contradicción radica también la fina belleza de estar vivo. En los pequeños huecos que se sistema de pensamiento tiene, gracias a un vez excepcionales, radica la explosión de posibilidades de la belleza, y por ende de la poesía. Esa ruptura fue la que hizo Raul Renán a lo largo de su vida y de su obra.

Un día me lo encontré, fue la única vez que saqué estuvimos cerca, afuera del Centro cultural del Bosque, al término de un homenaje que le hicieron a Enriqueta Ochoa. Ataviado con un saco de cuadros y un gasné, hablo durante un largo rato sobre cierta teoría que tenía sobre la humedad de las vaginas. A mí me parecía que discurso y emisor que contradecían; un señor tan mayor profiriendo tantos carajos era, por decir lo menos, desconcertante. Luego lo leí, y advertí el espíritu de un demoledor de paradigmas. No hubo orden posible nunca en lo que Renán fue para mí como lector. Solo una tenaz paradoja, un recordatorio perenne de que la vida, y tú y yo, y la vida pese a nosotros, es siempre una contradicción.

Por eso voy a celebrar que su vida, sin signos de puntuación, está comenzando hoy.

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