Cómo se pasa la vida: “Bésame”

Hugo Montaño 0 comentarios

A los amigos les digo que en mi casa hago lo que yo quiero. Si quiero barro, trapeo y “sacudeo”. Los días de aseo son los domingos. Y he de confesar que hace ya tres fines de semana que no hago tal cosa. Sí, pueden juzgarme flojo, güevón, y lo que se acumule. No es algo voluntario. Sucede lo siguiente.

Frente a mi casa dos apasionados muchachos se besan con desenfrenado desenfreno. Literalmente se comen a besos y yo no tengo el valor para abrir la puerta o la ventana (bastante grande por cierto) y matarles la pasión tan apasionada que les obliga a comerse el uno al otro, al amparo del poste del alumbrado público. Sí, sucede los fines de semana.

Los he visto, he de confesarlo, largamente. Ellos no pueden verme porque el cristal es ahumado, y gozo de cierta impunidad. Casi puedo tocarlos, abrazarlos, casi puedo sumarme a ese deleite que solo quienes lo vivimos sabemos de qué trata. Amores de preparatoria… preparatorios disimulos gozosos de una sexualidad que amenaza con estallar, incontenible.

Se besan y se acarician. Él frota los diminutos senos de la muchaca. Ella le acaricia la cintura, no sabe hacer más. Él juega con los pezones de la chica, erectos, listos para lo que sea. Ella quisiera atreverse a más pero no se atreve. Son las doce del medio día, calor infernal a un costado del Río Grande, que cruza el pueblo mágico de Chiapa de Corzo. Río que nada sabe de la pasión tan apasionada frente a mi ventana, donde soy testigo y voyeur.

Antes barrí y sacudí algunos enseres de la casa. No puedo abrir la puerta para botar la basura porque ellos se encuentran ahí, deleitándose, y no me siento con el derecho de asustarlos o de correrlos. Yo también viví esos menesteres, y no hay nada más sabroso que besar a una mujer y acariciarla, con casi cuarenta grados de calor encima, con la entrepierna amenazando reventar la mezclilla y la adrenalina subiendo a topes irracionales.

Se dan una pausa, apenas la necesaria para tomar aire, ventilarse, otear la cuadra ausente de vecinos, quienes nos encontramos parapetados en la comodidad del ventilador y el agua fresca. Ellos no, ellos siguen batallando con humedecer sus cuerpos, con alterar el orden celular, con reafirmar lo que antes Oparin y Darwin dijeron de la selección natural de las especies, porque la vida se abre paso de cualquier manera, y ellos estan listos para perpetuarse pero no se puede en medio de la cuadra, en la calle pura y dura, que castiga con su paisaje lleno de cemento y lágrimas, llanto de los niños que son castigados por no sé qué maldita razón. Encerrados, prisioneros de la voluntad materna y paterna, del cuidado a contracara.

Ellos siguen besándose y yo mirándolos. Me turbo. Es inevitable. Quisiera estar en el sitio del chico que a lo sumo tendrá 17 años. Soy el lobo feroz acechando a la caperuza. El día y su calor infernal con dientes, los míos y los de la adolescencia. Me catapulto y renazco en esas tardes de furia, días de fiera infancia, cachondo, lujurioso, intenso. Soy de nuevo, por un instante, aquel que fui, fajador. Fajador en el cine, en la calle bajo la lluvia, o bajo el inclemente sol chiapaneco. Soy un hombre que pasa de los cuarenta años, y desea igual que un muchacho de 17, sin remedio. Debo sacudir, barrer y trapear, pero no puedo porque afuera, frente a mi ventana, la naturaleza eclosiona, avasalla y alimenta mis instintos más primitivos. Soy un hombre, y estoy, impune, mirándome.

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