Cuatro poemas de José Antonio Banda

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José Antonio Banda es un poeta mexicano reflexivo, dueño de una poesía que al mismo tiempo que describe un episodio vital, busca la introspección. Es un poeta en cuyos textos todo al mismo tiempo ha sucedido y está sucediendo. Su trabajo es delicado y lento, porque su poética es una búsqueda existencial: escribe para entender, para entenderse, y para luchar con la circunstancia. De verdad, no tiene desperdicio acercarse a los poemas que ahora les presentamos.

Poemas

NIEBLA ENTRE RUINAS

La niebla camina sobre las ruinas
de lo que he perdido
Esos ojos esa noche ese sueño
Ese nombre impronunciable
entre los dientes del silencio íntimo
Ese querer decir sin abrir los párpados
las sombras del espejo
Ese lugar donde se quiebra el horizonte

No sé si he comprendido
la terrible vastedad de las olas
Invento el silencio o la noche
las dulces campanadas o la lluvia
Ese instante inocente
Ese canto al mundo o a la nada
Ese rumor de vidrios quebrándose

La niebla cárdena me impide hablar
decir las cosas con soltura
intentar el poema o el insomnio
la quebrada lejanía del paisaje
Este pensar a solas tan a solas
en habitaciones alquiladas al olvido

Una estrella hunde sus raíces
en el golfo de México
El mar golpea la quietud de los muelles
Esa línea de la mano que adivino
tan recta en los sueños
Esa hora condenada a la muerte
Esas ruinas de la memoria
que la niebla poco a poco descubre.

De Teoría de la desolación (Azafrán y Cinabrio, 2012)

CASA PATERNA

Enero iluminaba la ciudad
cuando mi padre herró las puertas de la casa.
Un sueño maduraba en nuestras vidas
cuando mi padre reforzó aquellos muros
que protegían el horizonte.
Con manos dolorosas, mi padre
tomó sus bienes más preciados:
la cama, los floreros, una silla,
el comedor donde usualmente departíamos
entre duras conversaciones;
y todo lo guardó en su memoria
como quien de pronto oculta cicatrices.

Arribando de muy lejos,
las sombras tapiaron las ventanas,
despegaron los muebles de los muros,
las huellas que dejamos
para encontrarnos siempre
en caso de perdernos en el tiempo.

Mientras mi padre, fuerte aún, escalaba
los peldaños últimos del sueño,
la casa se vaciaba de nosotros.
En el cuidado de sus manos
jamás llegamos a tocar la incertidumbre.

Pero la vida, un filo de navajas,
era, en casa de mi padre,
un río que atardecía
navegando por el mundo
hacia su propio fin.

 

ALMA MÁTER

No hay memoria de lo que sucedió antes.
Eclesiastés 1:11

Era el verano del año dos mil,
ya entrado agosto,
cuando llegué a un sitio
de forajidos y ladrones;
a ese lugar ahora dominado
por animales que rumian en la hierba
de bajos vuelos eruditos;
que únicamente conservan su empuje
para atacarnos
en el instante del silencio.
Se podría decir que entonces
era temprano
para mirar de frente al alba.

A veces recuerdo
ciertos detalles púdicos
de esa universidad de artes y oficios
propios de hombres tuertos,
entronados de pronto como reyes
de alguna tierra yerma y provinciana,
y aquel presente
pesa demasiado en mi cuerpo.

Se podría decir
que el lenguaje de ese lugar
no era el adecuado
para ciertas especies en peligro:
los árboles en piedra,
los frutos de salvaje aroma,
o una ardilla gozando sus pasiones
bajo la mirada de un sol delirante.

 

RÍO A LA DERIVA

Vuelve a ser inútil el pensamiento
Rubén Bonifaz Nuño

Toda la noche escribo contra la noche,
contra el silencio de un día absorto en sí mismo.
Pero mi pensamiento golpea y no avanza,
el lenguaje no levanta su puño contra el hábito que hiere su cuerpo,
olvida las palabras que decimos en la oscuridad de un cuarto a solas
para probarnos que es verdad,
que habrá un destino
escribiéndose en los muros abandonados por el hombre.
Pasa la hora de esperar la llegada del tiempo que fue, será y es siempre hoy.
Hoy corre por campos sembrados en una rutinaria labor de incertidumbre,
rumor de agua entre calles devastadas por máquinas de sombra,
una banca o precipicio a la espera de nadie,
una oficina arrasada por la lluvia,
la terca vanidad de escribir el poema que jamás habré de comprender.
Hoy no es muerte ni vida, no tiene rostro ni nombre,
aprisiona los brazos, cae sobre los hombros,
rasga el cuerpo como el embargo de muebles amados a vista de pájaro.

Yo camino por el silencio nocturno
que quiere ser ventana o nube,
pensarse árbol o río a la deriva,
yo camino por calles y edificios y no tengo a dónde volver los ojos.
Toda mi juventud se la tragó este instante de claridad.

Nadie me sigue, nadie llama a la puerta
o grita desde el patio como un gallo a la distancia.
El porvenir es un escritorio enfermo de presente,
un muro deteniendo estas palabras a la espera de nadie,
una puerta que nunca mira al mar,
o al río que por años me empeñé en recorrer,
en perseguir como a una imagen presentida en el insomnio,
estrella cuyo rostro imagino a la vera de la noche.

A lo largo del poema algo se quiebra,
algo se rompe cuando un soplo de luz toca nuestra piel,
o nuestro corazón enrojecido de gritar una sola palabra,
una sola imagen discutida demasiado con nosotros mismos;
nada rehace las nubes,
la claridad que silencia la negrura.
Tanto se ha hecho desde entonces.
Tanto se ha visto desde entonces.

Todo es lejano, la noche no es el alba ascendiendo por el cuerpo del día,
y hay un parque, una iglesia, una casa, un precipicio
que ahora mismo me gustaría recordar.
El mundo es un escritorio empotrado en una pared sucia de miradas,
de hábitos que tardaré mil años en borrar de mis ojos;
traqueteo de agujas perforando los pensamientos,
aullido sonoro reverberando en los muros,
arañando la tierra de mis padres.

Hoy es siempre, nada alcanza la ruptura del tiempo,
y no conozco una sola imagen que devuelva al mundo su esplendor.

La noche es un cementerio de frases en una hoja de papel.

De Río interior (Ediciones Atrasalante / ISC, 2016)
Premio Nacional de Poesía Sonora Bartolomé Delgado de León 2014


 José Antonio Banda (Coatzacoalcos, 1982). Ingeniero en Sistemas computacionales por el Instituto Tecnológico Superior de Irapuato. Diplomado en Estudios Avanzados en Ingeniería Informática por la Universidad Pontificia de Salamanca, campus Madrid. Maestro en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Guanajuato. Miembro de la Red de Arte Joven de la Comunidad de Madrid durante los años 2007 y 2008. Miembro fundador de Fomento Cultural Irapuato y del Consejo editorial de la Revista Argonauta. Colaborador asiduo del periódico Correo, en el suplemento Expresso, y del AM de Irapuato con la columna Bitácora interior. Poemas y narraciones suyas han aparecido en diversas publicaciones impresas y electrónicas de México y España, como Dulce Arsénico, Asamblea de Palabras, Círculo de poesía, Colectivo Anomalía, El Sol de Irapuato, El Canto del Ahuehuete, entre otras. Ha publicado Cuaderno en ruinas (Plataforma, 2011), Teoría de la desolación (Azafrán y Cinabrio, 2012), El pozo abierto (Cartonera La Cecilia, 2014; Quemar Las Naves, 2016) y Río interior (Ediciones Atrasalante/ISC, 2016). Becario, en la categoría Jóvenes creadores, del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Guanajuato, en su edición 2013. Ganó el Premio Nacional de Poesía Sonora Bartolomé Delgado de León 2014, en el marco de los XXII Juegos Trigales del Valle del Yaqui. Recientemente ganó el Premio Ramón Figuerola 2016, en el marco de los XXX Juegos Florales de Coatzacoalcos, Veracruz.

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