Cuatro poemas de Adriana Ventura Pérez

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(Cruz Grande, Guerrero, 1985). Realizó estudios de licenciatura en la UAG, de especialidad en la UAM-A y de maestría en la UNAM. Ha publicado las plaquettes Geografía negra (Verso Destierro, 2013), La rueca de Gabrielle (Editorial de otro tipo, 2014), Elogio a las rain boots que no tengo (Editorial de otro tipo, 2015) y Café Bausch (Colección La Ceibita, FETA, 2015). Fue becaria del FONCA en el periodo 2015-2016.

Poemas

A la ciudad más grande vine a dar,
a esta urbe que nunca cicatriza;
la lengua aquí se esconde
bajo tantas heridas
que hablar es lastimarse…
Fabio Morábito

Toda la noche lleva cruzar esta casa. Y su temperamento sombrío se instala en el pecho para depositar el alma en un estanque. Hay peces rojos en el embalse, se mueven lento, con miedo. El miedo despierta puntual en septiembre: el otoño moja sus pies en el lago y entra a la casa. Toda la noche cayendo del tejado para terminar en una habitación, no en la casa. Rendidas las piernas por la travesía, entran, manchan los pasillos, van hasta el fondo, en busca del miedo. En la habitación ya no está el amigo, ni la sombra de la hermana. Sólo queda el aliento, la prisa de una tormenta que agredió con su noche toda la casa.

*
Si tuviera un centro, una casa, paredes de concreto, de madera, guardaría el calor de mi aliento. No tengo. Voy hacia la grieta donde un cuervo me dicta estribillos. Siempre se va hacia una hendidura. El pulso de una boca que reniega con fuerza. No tengo la llave para abrir los candados de la noche. No podré asentarme nunca. Me quejo y ladro, no muerdo. Ya no sé cómo esconder esta rabia que me hace salivar en seco.

*
Era septiembre y el tezontle opacó mis pupilas.
Era el mes nueve y alguien suplicó una promesa.
Era el cielo descargando sus máscaras
y después el alba con sus hombres enamorando mis huesos.
Era la ciudad una casa para el miedo.
Construcción a plazos, en siglos.
Tejado de dos aguas, completa y grande.
Siempre con sus tentáculos,
con los versos medidos de sus poetas.
Era mi odio temblando de frío
ante un puesto de tacos.
Eran mis piernas recorriendo las calles,
tocando puertas
y la misericordia jamás ante mis yemas.
Era peregrina cerrando la puerta de mi cuerpo
para que el hambre no alcanzara mis encías.
Desde el suelo,
cada mes nueve,
levanto plegarias
para que las esquinas de esta ciudad no me quiebren.

*
Desánimo. Más frío. Más hambre.
Por fin los roedores y parásitos ajustan el hueco,
les basta una cáscara, semillas, migajas.

No tengo casa,
lo admito,
me perforan los dedos del viento,
hacen anillos en mi carne
y tiemblo.

Hambre. Frío. Mas ánimo.
Quizá desde antes ya estaba rota.

Del libro Boceto de una vida sin casa

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