Tres momentos de la fuerza, poemas de Abraham Ibáñez

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Estudiante de Literatura en la BUAP. Nació el 13 de diciembre de 1990 en la ciudad de Puebla. Obtuvo el primero y segundo lugar en cuento y poesía en las XV y XVI ediciones del premio Filosofía y Letras que organiza la FFyL-BUAP, y el segundo lugar en el Premio Nacional al Estudiante Universitario, José Emilio Pacheco en la categoría de poesía organizado por la Universidad Veracruzana. Algunos de sus poemas fueron antologados en la Antilogía, 26 poetas poblanos (Ed. Tiempo-que-resta, 2016), otros circulan por la red.

Poemas

Ah, pensar com delicadeza,
imaginar com ferocidade
herberto hélder

Tres momentos de la fuerza

I
Mi cabeza fluctúa, se estremece, restalla;
en cada idea el universo emerge,
y no sé si ha sido Einstein o Gokú tal vez
la raíz del saber esa luz una fuerza,
un impulso que confronta en su medianía
los cuerpos; digamos: tu sombra
impacta contra mi sombra, y en ello
la energía pese a la oscuridad
nos subyuga, nos dilata, nos hiere,
nos acerca, nos acorrala, nos fusiona;
hallamos que en un movimiento
de manos e=mc2, y el aire
se incendia al pronunciar la palabra
-sagrada como todo estrago-
¿y no estamos en la eclosión de nuevo,
es decir, de la nada al algo,
del big bang al cosmos,
del beso a la conflagración?

II
En mi cabeza nada sucede fuera de ti.
Y al elevarte en mí por encima de todo,
cuando por fuera el silencio es rigor,
se instaura la tensión que presagia
la muerte de todo astro:
es el arrojo de la vida a la vida,
el despliegue de un espacio sin huellas:
un pensamiento como un rayo
que fulmina el movimiento del yo
-te quedas quieta; no existes y existes
para mí como un dolor de antiguo origen,
la historia de una ciudad arrasada,
el fin de un planeta del que nada queda:
la inercia del desastre nos lleva a tu boca,
donde el tiempo no cree en nosotros;
vuelvo a decir tu nombre y en teoría
todo recomienza y en los hechos
nunca nada ha terminado

III
Porque en mi cabeza el deseo es un dragón
y el recuerdo es un golpe, un desvarío;
y nada tiene arraigo sino tu nombre:
ese error en los cálculos que me arrastra
a niveles atómicos: un kamehameha!
en la curvatura de mis pensamientos:
luz que se hace carne: carne que revive
y revela el secreto de lo relativo:
vida y muerte se dicen aceleración:
caída vertical hacia el todo que emerge
contigo desde mí, desde mi sangre,
el poder tuyo es para hundirme
igual que a una estrella en la noche;
en el último de nuestros tiempos:
a millones de años serás emblema
de la memoria y el mito: un solo símbolo
del movimiento en mi cabeza
que fluctúa, se estremece, restalla…

 

Alguien tendría que hacer algo con estás lágrimas

Son tantas las posibilidades de la sal y la humedad y son tantos los ojos,
nuestros ojos, los que lloran, que alguien ya lo habrá pensado:
sistemas de captación lacrimal cotidiana diseñados para el ojo promedio, para la lágrima fácil:
tratamientos químicos en grandes laboratorios dedicados a la sustracción de sus nutrientes,
compuestos y propiedades – materia prima de empresas transnacionales que transforman
el dolor, la rabia, la impotencia y la amargura en productos que atemperan su origen,
pero también lo llorado sin querer al bostezar, en la lágrima sulfúrica
de las cebollas recién cortadas, o en la alegría, al ver que la vida no es siempre
un baño de lágrimas: la retórica de la publicidad haría lo suyo: el Estado
no tardaría en intervenir: Lagrimex, empresa federal anunciará su apertura
al capital privado: Lagricorp, Llantorum, Llorimart, sociedades anónimas
de capital fraguado en el confiable desagüe de nuestras miradas,
potenciales formas de vida dedicadas a soltarse las penas, el rencor, la tristeza
en el autobús, en el supermercado o en el abandono de los gestos al llegar a casa.
Además de dejarlas caer, secarlas, dejarlas consumirse,
además de guardarlas, retenerlas en las repisas del orgullo,
además de desgarradoras armonías, escenas fulminantes y malos poemas,
alguien tendría que hacer algo con estas lágrimas.

 

Que me quisieras como Marge a Homero

Estoy pensando en la noche del Coyote Cósmico
en la locura del desierto, en los ojos vivos
y distorsionantes de H.J. Simpson;

¡busca a tu alma gemela!, grita el recuerdo
del espíritu guía, furibunda alucinación
de los chiles de la locura;

que me quisieras como Marge a Homero
y que de noche salieras a buscarme,
pensando en las cosas que me gustan
en mi desgastada condición de hombre
pegado a la tierra por la gravedad
de sus pisadas, sus deseos, sus miedos,
pensando que en un faro o en una taberna
podrías hallarme aullando luz, hambre
desoladas frases, necesidad y miseria;

gordo, calvo, idiota, comunista, nunca una estrella del porno
aunque mi espíritu guía me diga otras cosas
¡escribe, vive y muere fuera de ti, rompe toda atadura!,
y aunque el alma gemela sea la invención
de una necesidad que no te pertenece,
que me quisieras como Marge a Homero.

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