Seis poemas de Rossy Evelin Lima

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Lingüista, escritora y traductora. Sus poemarios Ecos de Barro y Aguacamino han recibido el International Latino Book Award en el 2014 y 2016 respectivamente. Recibió el premio Orgullo Fronterizo Mexicano por la Secretaria de Relaciones Exteriores, el premio Gabriela Mistral 2010 por la Sociedad Nacional Hispana Honorifica y el premio de Poesía Carta Altino, Italia 2015. La autora ha sido publicada en numerosas antologías y revistas literarias en España, Canadá, Estados Unidos, Argentina, Chile, Venezuela, Italia y México. Lima es fundadora de la asociación Latinoamericana para la Cultura y las Artes, el Festival FeIPoL y la feria de libro Sin Fronteras Book Fest. Es propietaria de la editorial Jade Publishing. Rossy Lima ha realizado presentaciones estelares en la Universidad de California LA, Nueva York, La Florida y Texas. Su ultimo libro, Migrare Mutare, fue publicado por Artepoetica press, en Ny.

Poemas

No nos querían

“No nos querían” me dijo.
A las doce de la noche
lo despertaron los aullidos del perro
que agonizaba, un can pinto que los seguía
todos los días de camino a la milpa.
A las once él y sus hermanos se habían ido a dormir
con hambre, con el dolor de un hueco
que pesaba más que el machete
en sus manos de niño de ocho años.
A las nueve les habían traído un plato con comida,
“Tamalitos para los cubanitos” y cerraron la puerta.
Su mamá le dio todo al perro.
A las doce se habían despertado,
los más chicos apretaban fuerte otras manos,
los más grandes hundían los ojos
en el perro que se desdoblaba.
Su mamá les jaló la nariz a los seis
y los mandó a dormir.
“Así te estarías retorciendo”
le dijo su hermano Flavio.
Mi abuelo se imaginó de cuatro patas
y soltando alaridos,
“A lo mejor sí,
pero sin hambre.”

Perro negro

El perro negro que me ladra
es un espejo.
En el brillo de la calle, su alboroto
expulsa la baba que escurre en mis pasos.
mi abuelo decía que ese perro era el diablo,
un trato por tu alma.

El filo de mi espalda
busca la mano del perro diablo
para estrecharla
un alma por un trato,

el ladrido interminable,
mi espalda que corta su gruñido,
no hay mano que estrechar,

apenas y escucho los pasos,
el lomo se hace una caricia que bruñe.

Detrás del cancel
todos los hombres son diablos blancos.

Linaje

Mi abuelo nunca le arrebató
su rostro a la tierra,
se levantaba por las mañanas
con la suavidad de los girasoles.

Mi abuelo de azúcar
jamás combatió sus pasos
cuando arrastraba los huesos
y tiraba la caña a la molienda.

De apellido Aquino.

Mi abuelo jamás quebrantó el aliento,
levantaba la mano derecha,
transparente,
y recibía las piedras para hacer su caldo.

Los libros dicen que este apellido
proviene de Italia.
Para mi abuelo su apellido
se encarnece entre paja y junco.

Aquino, igual que sus hermanos,
herencia única de sus padres,
declaración de la condena
a la que siempre supo sobreponerse:
Aquí no.

Una promesa

Mar, si suelto la fuerza
prometes tragarme en un todo,
en un suspiro descarnado,
abrazarme con rombos corsarios
que me envuelvan en mi viaje hasta tu penumbra,

prometes lavarme primero los pies y los ojos
regresarme el asolado recuerdo de mis padres
y quitarme el temblor de estas compuertas
cerradas para siempre,

Mar, si mis manos no salen al combate de la vida
prometes sumergirme en el túnel desgastado del golfo
hasta encontrar el camarón de oro
que iré a ofrendarle a la Virgen de los Lagos,

prometes, mar, quedarte envuelto en esta caja
como una encarecida ofrenda, si decido no volver,

si decido que mi cuerpo descansará en tierra
y no en el nácar ensortijado de tu pecho.

Lancha

La pinté de azul para que entrara en sintonía con el río,
que los peces construyeran sus casas en ella.

Creyendo que soy su guía,
escriben historias con sus pequeños tridentes,
me avisan cuando se acerca
el diablo del mar para cambiar el agua
de mi cantimplora
por sal.

Mi herencia

Mi herencia es el dolor del mundo,
un fuego encendido y combatiente
dentro de costillas incisivas, como las lenguas
que en su desarrollo evolutivo
se convirtieron en alas.

Cansado de mirar al suelo, digo, al cielo,
me precipito descarriado y agónico, pero sonrío.

No es nada la pena si entre la bruma
ahondo con dos manos esta sonrisa,
esta sonrisa que mata soledad,
esta sonrisa que mata pasado,
que hace salvable esta vida tunca y tullida,

esta herencia mía, la cargo sin pena,
los viejos dicen que la vida terminará por acabarme,
que mi herencia me hará una joroba grande,
montañosa. Ya quiero que pase, sembrar en mi joroba
tres árboles de limón, un poquito de ruda,
que mi perro se canse de escarbar en mi espalda
y de enterrar huesos que no encuentre nunca,

esta sonrisa mata suerte,
rescata almas inundadas de estaño.
Ya siento mi joroba, haciéndose camino,
llenándome el pecho, estirándome el cuero
para hacer más amplia esta sonrisa,
esta sonrisa que mata.

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