Nota a mis lectores (velada disculpa a mi editor)

Julio César Toledo 0 comentarios

Escribo sobre la muerte. Es decir, sentado en su regazo, porque tengo claro que ella me amamantó con su leche negra, que atiende mis pasos como la nana atenta que es. Escribo de muertos porque eso somos, como dijo Unamuno alguna vez. No es que en ella encuentre inspiración particular o tenga deuda alguna anidada en el miedo matutino de que coja mis patas o las de los que amo. Hoy que la vida se pulveriza constante sin que haya remedio para el dolor, y que el absurdo crece en la intención y en las acciones, escribo sobre la muerte para invocar su lánguida caricia y tender andamios para alcanzarle en su altura.

Voy a la caza de muertos célebres para inventar un recuerdo con ellos, y que yo pueda acomodar los satines que me han de juntar con ellos más pronto que el regreso de un cometa. Imploro (sin desearle mal a nadie) otro difunto a quien extenderle mis esdrújulas, mis ratos de camión en los que escribo. He fracasado con los aún vivos. No sirvo para ellos, pero tampoco tengo vocación de sepulturero. Y como de suicida todavía no me gradúo, tengan la certeza de que estaré atento, si mueren, para escribirles algo “bonito”.

Últimamente se me han ido varios muertos famosos sin que les haya podido escribir, es que, curiosa contradicción, la vida me trae asoleado y me he vuelto incapaz de atender las dos dimensiones al mismo al tiempo. También es que, excusa plena, hay muertos que no me inspiran. Pero entiendo que mi oficio no deberá sujetarse nunca a una inclinación personal, las necrológicas deben ser democráticas y existir para cualquiera, siempre cuando cumpla con el requisito imprescindible de morir, como en aquella libreta de Fernando Vallejo. Ahora bien, no se me tilde de haragán, pero en mi defensa debo decir que en este país hay mucho muerto cada día, ni yo ni una legión de escribidores podríamos cubrir dicha demanda. Sean pacientes. Si saben que morirán, háganmelo saber (pueden contactarme vía Carruaje de pájaros) para ir programando su nota con las metáforas que se merecen, y no me agarre desprevenido ni se me junte la chamba. Si su muerte no es cosa planeada, yo trataré de estar atento y hacerme espacio entre lágrima y gotita de sangre, para cumplir con el compromiso que adquirí con mis editores.

Yo a cambio no he pedido nunca nada. No quiero para mí letras ni pompas funerarias. Quiero acaso prolongar un poquito la dicha efímera que me dan cosas triviales, y luego partir, toda vez que haya arreglado el chiquero que en vida, al día de hoy, he hecho con mi vida. Una herencia de desastre. Por ello pido paciencia, porque en esos menesteres ando, y mi retraso es consecuencia. Pero igual, siempre y contento, sobre la muerte escribo; muéranse, entonces, en paz, que tienen mi palabra de que me las arreglaré para escribirles.

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