Cotidianidades

Luis Antonio Rincón 0 comentarios

Era diciembre, comenzaba la Feria Chiapas, la década de los 90´s estaba a la vuelta de dos semanas y un gran amigo de aquel entonces, deseoso de reconciliarse con la exnovia, la invitó a caminar entre los juegos, el olor a ganado y las vendimias de churros y golosinas.

Cuenta que iba nervioso, lo cual no fue pretexto para estar atento a encontrar el momento adecuado en que formularía una declaración sincera y que sintetizó en una palabra:

—Volvamos.

Inclemente en su inocencia, ante la propuesta inesperada, la todavía adolescente giró el rostro para preguntar:

—¿A dónde?

Mi amigo, con tal de no quedar en ridículo, señaló hacia los carritos chocones mientras agradecía que al menos la chica no respondió: “bueno” para de inmediato ponerse a volver el estómago.

Él se quedó sin novia, pero a cambio nos regaló una anécdota que nos sirvió para reírnos muchas veces, hasta que pasaron los años y comprendimos la profundidad que encerraba aquella respuesta lanzada sin querer en un diálogo absurdo, el cual, por cierto, hemos usado muchas veces para cuestionarnos a nosotros mismos cuando pretendemos volver a lo que alguna vez fue y seguramente ya no existe.

En este sentido, en la película “Cilantro y Perejil”, German Dehesa decía —palabras más palabras menos— que las parejas que se han separado y luego intentan regresar ya no vuelven a ser las mismas, en tanto durante la separación las personas se fueron al infierno, estuvieron ahí un rato y después retornaron tan trasformadas que quizá no se reconozcan ni a sí mismas.

Una situación similar ocurre con quienes han pasado un tiempo idílico en una ciudad, pueblo, villa o barrio donde vivieron felices y sin embargo deben abandonarlo. Cabe la posibilidad de que algún día intenten regresar para continuar con la alegría que ahí sintieron, sólo para encontrarse con que nada podrá volver a ser como antes.

En todo caso deberán construir una nueva historia que ha de hilvanarse entre nuevas personas, espacios distintos e, incluso, con un espíritu diferente, porque ni siquiera el que vuelve es el mismo de antes, y es que —parafraseando a García Márquez— el pasado no tiene caminos de regreso

Eso no quita que valga la pena echarse un clavado en la aventura del volver, esto no invalida la necesidad de satisfacer el deseo de regresar, al contrario, habrá que verlo como un reto que incluye la relativa ventaja de que no todo será ajeno y desconocido, pero también bajo la conciencia de que tal vez todo se haya transformado.
Vayan pues estas “Cotidianidades…” como un guiño para aquellas personas cerca de mi corazón que pronto emprenderán travesías que implican un regreso, sirvan como un saludo para quienes están en medio de un retorno, y las aprovecho también para saludar a quienes me leen, para contarles de este modo que acá estamos de vuelta, dispuestos a disfrutar la aventura de escribir y de desmenuzar aquello que de repente nos salta en medio de lo cotidiano. Hasta la próxima.

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