Cotidianidades…

Luis Antonio Rincón 0 comentarios

Tenía rato de no reírme tanto, un amigo nos contaba al teléfono que para adelgazar, además del ejercicio, decidió tomar una de esas píldoras mágicas que prometen hacerte perder kilos por semana.

—Apenas llevaba un kilómetro —nos contaba por el altavoz—, cuando sentí la urgencia de regresar a casa. Volví trotando como patito, apretando el cuerpo y con los ojos a punto de chispárseme. ¡Ni cuando terminé el maratón me sentí tan aliviado como hoy al llegar al baño!

No pude responderle no sólo por la risa, sino porque sentimos una ligera vibración y la dueña de mis quincenas, todavía sonriente, me pidió que subiera a ver al querubín, “no vaya a ser que despierte y sienta miedo”.

Apenas llegué a tiempo para abrazarlo, porque la intensidad del sismo creció hasta provocar un rumor trepidante que escaldaba el ánimo, escuché los gritos de mi esposa pidiéndome salir a la calle y no sé bien cómo bajé las escaleras con el niño en brazos. Ella nos esperaba en el quicio de la puerta y avanzó unos pasos delante de nosotros, hasta que llegamos al centro de la calle para finalmente sentamos sobre el pavimento a esperar que el temblor pasara.

Recuerdo como entre brumas el movimiento de las casas, la salida de los vecinos, un tenue cambio de color del cielo, el oscilar de los postes, la mirada fascinada de mi hijo ante ese fenómeno para él relativamente nuevo.

Después llegó la quietud, que no la calma. Fuimos por los teléfonos para llamar a nuestras familias y no descansamos hasta saber que todos estaban bien, aunque luego sabríamos que era un “todos” egoísta, pues casi cien familias perdieron a un ser querido y muchas, muchísimas más, se quedaron sin casa.

Esa noche dormimos en la sala, con la ropa puesta, algunos armamos una mochila con documentos, las llaves y un botiquín, y la dejamos cerca de las puertas entre abiertas, que ante un sismo mayor no serían impedimento para salir corriendo.

De inmediato comenzaron los chistes y memes burlándose de la situación. También leí reclamos a que hubiera bromas frente a la desgracia, pero en mi caso las entendí como un festejo ante la vida: aquí sigo para reírme mientras la muerte no me alcance.

Puedo asegurar que durante el sismo —yo, como muchos— no sentí un miedo profundo, en todo caso la adrenalina me ayudó a estar alerta para tomar decisiones que aún considero correctas.

Sin embargo, las múltiples réplicas posteriores han estresado y minado los corazones, lograron trasformar los chistes en súplicas porque deje de temblar, y nos siguen recordando que si bien algunos salimos enteros la noche del 7 de septiembre, los abismos se nos pueden aparecer en cualquier momento.

Poco a poco, y a pesar de los temores y de que continúan las sacudidas telúricas, vamos retomando nuestra vida cotidiana, ya sea trabajando, cooperando para los damnificados o trabajando directamente con ellos. Entiendo que no puede ser de otro modo, pues más allá de la lógica, pueblos como los nuestros están siempre prontos a encarar los desafíos de la vida. Hasta la próxima.

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