La vida en su tinta

Luis Antonio Rincón 0 comentarios

—Ya no deberían traer más terremotos del fondo de la Tierra —dijo el querubín—, hay que decirle a quien lo hace, que tiran casas y le dan miedo a las personas.

No lo corregí en ese momento, comprendí que mis explicaciones sobre el origen de los sismos no habían sido suficientes, pero teníamos poco tiempo para aclarar el punto y preferí ayudarlo a ponerse la mochila y subir al auto. Esa mañana su mamá lo llevó a la escuela por primera vez después de los terremotos del 7 y 19 de septiembre.

Mientras les decía adiós, fue inevitable recordar las palabras de una amiga, quien nos comentó que prefiere mantener a su hija a su lado, a luego tener que buscar su cuerpo entre escombros.

Pensé que una aseveración de ese tipo está sustentada en las réplicas que con tanta frecuencia se han dejado sentir, pero también en la psicosis que nos han dejado los dos sismos y las imágenes terribles, desoladoras, que vimos e imaginamos a partir de las experiencias que testigos y afectados nos narraron. Sin embargo guardé silencio, como lo hizo ella al enterarse de que nuestro niño sí volvería a clases.

Esa fue una decisión tomada en familia, apoyándonos en los dictámenes que distintos organismos han hecho sobre los edificios y bajo la convicción de que es más sano recobrar la rutina a permanecer encerrados en casa.

De cualquier forma sentí cierta congoja al decirles adiós al querubín y a la dueña de mis quincenas, y en mi interior rogué por tener la suerte de volverlos a ver al mediodía, cuando nos reuniéramos para comer, pues aun cuando empujen con fuerza las razones de la lógica —que me indican la poca probabilidad de que un sismo de igual magnitud ocurra pronto—, mi lado emocional también juega fichas en el tablero de mi ser.

Esa tarde salimos los tres a realizar varios mandados, vimos a un maestro del niño, le indiqué que debía saludarlo y hasta le sugerí qué palabras usar. Cuando estuvimos frente a frente el niño sólo saludó con un arqueo de cejas y siguió de largo, se lo permití, pero a los pocos metros le metí una buena regañada por su descortesía.

Esa noche mi esposa me confió que había estado de acuerdo con la reprimenda, no obstante tenía una duda:

—¿Hasta dónde vale la pena hacerlos pasar malos ratos si…?

No terminó la pregunta, pero dadas las circunstancias no era difícil de imaginar el final de la misma: “si después una desgracia te los puede arrebatar”.
A mí no se me ocurría una respuesta adecuada, y creí que nos alejaríamos del que considero el lado correcto, cuando pusimos sobre la mesa un pensamiento común: “¿Cómo se sentirían los padres que perdieron a sus hijos en el sismo y que se había despedido de ellos con un regaño, así éste fuera justo?”.

Por suerte no nos quedamos dibujando escenarios apocalípticos, preferimos desenmarañar la madeja de nuestras emociones, y hasta fuimos capaces de llegar a una conclusión: “Deben estar profundamente tristes por la pérdida, pero no tienen nada qué reclamarse por el regaño, pues estaban educando para la vida, y a la vida no se le entra con miedo”.

Hoy volví a despedir a la dueña de mis quincenas y al querubín, también volví a sentir cierta congoja al verlos partir, sólo que esta vez creo que era más pequeña. Hasta la próxima.

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