Cotidianidades

Debí trasladarme a San Cristóbal de Las Casas y en tanto manejar no es mi máximo, decidí recurrir a un transporte público, con la ilusión de tener tiempo para relajarme y disfrutar el viaje.

No necesité que avanzáramos mucho para comprender que en realidad tendría una buena dosis de estrés y ansiedad. El chofer parecía dispuesto a romper su marca personal de velocidad al volante sin importarle destrozar el auto. No había bache, curva, auto o peatón que lo hiciera frenar, en todo caso daba un “gracioso” volantazo y, por si ese obstáculo le hubiera quitado ritmo, de inmediato presionaba más el acelerador.

Cuando se detuvo en la caseta de cobro pensé comentarle que ahí había baños, por aquello de que le fueran “ganando las ganas”, pero apenas pude incorporarme de mi asiento y allá voy de regreso, gracias a la ley de inercia y del arrancón de ese descastado.

El colmo llegó pocos kilómetros adelante. En una curva un auto iba rebasando a otro —lo cual ya implicaba imprudencia—, cuando nuestro Autralopithecus al volantis calculó que era buena idea ganarle a quien rebasaba, y sin medir consecuencias llevó a la práctica su propósito.

Guardamos silencio durante los larguísimos segundos que duró la maniobra, pero apenas retomó el carril, le cayó una lluvia de insultos, así como de firmes propuestas para bajarlo del pelo.

—Con mi vida no juegas, ¡cabrón! —le gritó una señora a la que luego vi manotear fuera de la ventana
El tipo, pálido, musitó una disculpa y le bajó a la velocidad. Más adelante nos detuvo una patrulla, el federal se acercó a preguntar qué ocurría y varios pasajeros se destornillaron quejándose del conductor, quien estaba cada vez más pálido.

¿Cómo se enteró el federal de que algo no estaba bien? La señora manoteando fuera de la ventana le había hecho señas con la lámpara del celular. El chofer fue regañado, multado y además la patrulla nos acompañó hasta nuestro destino. Como dijera mi abuelita, “santo remedio”.

Ya que el resto del viaje sí fue tranquilo, tuve unos minutos para imaginar otras esferas en que con un reclamo conjunto podríamos alcanzar objetivos comunes.

Irremediablemente pensé en nuestros políticos —que ni son nuestros ni son tan políticos, pero ahí andan—, y recordé lo derechito que caminaron —y a veces corrieron— en los días posteriores a los sismos, cuando en lugar de encontrarse con personas con la sonrisas comprada por sueldos, despensas y programas sociales, se toparon con la realidad inconforme y crítica a su paupérrimo actuar.

Pensé también en lo interesante que sería si a cada acto que lleguen, en lugar de aplaudirles se les cuestiona las decisiones que toman, exigiéndoles además a los árbitros legales que cumplan su función junto a nosotros, en tanto ya ha quedado demostrado que la corrupción no sólo detiene el avance del país, sino que además provoca muertes y, como decía la señora, con nuestra vida no se juega.

Los sismos cimbraron nuestras casas y nuestras almas, nos demostraron la mezquindad y el tamaño de nuestras autoridades —incluido el “señor de las tandas”—, y nos recordaron que no tenemos que bailar al ritmo que nos toquen otros, porque además tomamos conciencia sobre nuestra finitud, la cual no combina con conductores irresponsables, ahora nos queda, creo, continuar actuando en consecuencia. Hasta la próxima.

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