De César a César, querido Gandy

César Trujillo 0 comentarios

En la música todos los sentimientos
vuelven a su estado puro y el mundo
no es sino música hecha realidad.
Arthur Schopenhauer

Conocí a César Gandy hace ya poco más de 17 años: yo recién llegaba a Tuxtla Gutiérrez, con 20 años de edad y con la maleta cargada de sueños buscando estudiar Lengua y Literatura Hispanoamericana en la Universidad Autónoma de Chiapas (Unach). Lo vi por vez primera en el Biocafé. Entró desandando su sombra, reflejo de la tenue luz de las lámparas que anunciaban la tertulia. Se acomodó en un banco. Abrazó, con apasionada ternura, su guitarra y se dispuso a cantar.
Poco a poco, mientras César hablaba y daba una introducción a una melodía que posteriormente supe se llama Azul y gris, el bullicio generado por las risas y las charlas entre mesas fue disminuyendo. Junto a mí se encontraba el maestro Pablo Esquinca Ávila, con quien compartíamos los sueños de la literatura y con quien, junto a Gandy, posteriormente, desandaríamos muchas noches la eterna Avenida Central y sus calles alternas.
Recuerdo que esa noche Pablo César Gandy saludó a mi amigo Pablo y al César, que era yo reposando frente al escenario. Dos Pablos y dos Césares que se convirtieron, por mucho tiempo, en cómplices de letras, amores y desamores, y que ahora, como señala la canción de Gandy, aunque en un tópico distinto, “la vida nos puso en distintos caminos que un día se cruzaron”.


No olvidaré que coreamos, sí, como cuando uno va a esos conciertos donde te desgargantas (valga la palabra), con Distintos caminos, Bienvenido yo… a mí mismo, La duda, Dilema, Dos con tal poder, Bastón y lisiado, entre muchas canciones más. Veíamos, supongo, parte de lo vivido reflejado en sus letras. Sí, porque si algo reconozco de Gandy es eso: la honestidad brutal (diría Calamaro) de sus letras, de conmover hasta el tuétano a quien escucha, de poner la piel chinita con su interpretación.
Desde que nos conocimos pasamos del Biocafé a la Casa de las Ranas, del extinto Gato Garabato al Chía y a un sinnúmero de restaurantes y cafés donde César Gandy llegaba a ser él mismo. Porque recuerdo, hace tiempo ya, que en una noche de tertulia me confesaba que César Gandy era pleno, era otro, en cuanto las cuerdas de la guitarra sonaban y las notas se agolpaban en su pecho. Y sí, siempre fue así: uno el Gandy que se sentaba en la mesa, que nos contaba los chistes de la infancia, que se ponía serio y atento al escucharnos leer poesía, al escucharnos narrar nuestras peripecias; otro, el Gandy que estaba en el escenario y que al cerrar los ojos cantaba poéticamente lo que nosotros también podíamos sentir,
Hoy estamos en la antesala de que presente este viernes 20 de octubre el evento César Gandy ¡El Unplugged! Celebro esta aventura que planearan el poeta Fernando Trejo y el colectivo Carruaje de Pájaros. Lo celebro porque Gandy siempre ha sido un creador con mucha madera que nunca se ha mareado por los logros. Lo celebro porque he visto a Gandy crecer durante 17 años hasta convertirse en el cantautor chiapaneco que hoy es y que no ha recibido el apoyo que debería tener de las instituciones en la entidad y, pese a ello, ha florecido y avanzado a pasos agigantados sólo con sus letras.


El tiempo no pasa en vano y ahora, 17 años después, Pablo César Gandy y yo convergemos caminos similares: el del amor a la palabra, el de abrazarnos fraternamente cada que coincidimos, el de sabernos plenos y llenos de vida, aunque sean sólo instantes.
Hoy, a 17 años de aquel primer encuentro, de aquel día en que empezamos a hermanarnos, César y yo, deambulamos las periferias de la poesía, reposamos en las notas musicales y tratamos de componer el mundo para dejarlo menos hosco a nuestros hijos.
Te abrazo, Pablito. Bienvenido vos, a ti mismo.

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