A cierta profundidad

Raúl Vázquez 0 comentarios

Si nos sumimos en el mar a cierta profundidad, no tardamos en vernos privados de luz: se penetra en un crepúsculo do sólo persiste un color, el rojo siniestro; y aun al poco rato este color desaparece y sobreviene la negra noche. ¡Qué obscuridad tan absoluta, exceptuando tal vez algunos accidentes de horrorosa fosforescencia! Aquella masa, inmensa en extensión, enormemente profunda, que se extiende por la mayor parte del orbe, parece un mundo de tinieblas. He aquí lo que sobresaltó, lo que intimidó a los primeros hombres.
Jules Michelet, El mar

Era de noche cuando llegué al puerto. Yo no conocía el mar; soy un sujeto urbano, podría decir que con el paso de los años, mi vida se había encarpetado al grado de sentirme cada vez más sometido a las paredes, al grito, al tumulto, a las avenidas contenidas en ese ocre angustioso de la calle. Llegué al puerto rodeado de turistas, algunos de ellos agradables, pero con esa curiosidad desesperante que me hace sentirme ajeno a su mundo de viajes y hoteles. Llegué al puerto para recuperar datos sobre la salud del Sistema Arrecifal Veracruzano. Sin embargo, desde el segundo día de mi llegada, había pasado el tiempo recostado en la arena, diría que en estado vegetativo, solo, sin casi mover el cuerpo. Apenas me importaba el total de arrecifes que tenía que estudiar. Yo no bucearía, al fin; yo sólo me encargaría de vaciar los datos que los biólogos me traerían de sus inmersiones e interpretarlos. No soy biólogo, estudié geografía, y sobre todo me interesa la población. En realidad llegué a este trabajo por mi facilidad para la estadística y las bases de datos. A pesar de lo tedioso de mi trabajo, me gusta ver cómo una curva estadística crece y las formas en que nuestras poblaciones transforman el entorno, lo intervienen. Sin embargo, no he hecho nada relacionado con el motivo de mi llegada al puerto. He dormido. Tampoco he caminado por el puerto. Pero sí he pensado mucho en el oleaje del mar; trazo una turbulenta caída y luego pienso en la espuma de la orilla. Siempre el mismo patrón mental. Espero que al final de esta semana no tenga que atiborrar de golpe mi computadora con todos los datos que me hayan traído los biólogos. Seré sincero, yo venía con mucha actitud; al fin, obrero de las cuentas y las curvas estadísticas. Pero eso cambió cuando uno de los biólogos, Renán, me habló de un amigo suyo que vivía cerca de la playa, en San Juan de Ulúa. Cerca de la Fortaleza. No me dijo de qué se trababa. Sólo dijo ve, ahí vive un amigo mío. Me indicó la forma de llegar y que preguntara por Maximilien.

―¿Maximilien? ―dije tímido en la entrada del lugar.

―Max… sí… oui… soy yo…―me contestó un sujeto pequeño de voz pastosa.

―Renán me dijo que…

―Renán… ahhh… el biologiste… no ha venido desde hace un mes… pero tú pasa, tener visitas es bueno…

completamente… ―interrumpió Maximilien.

Atravesé el umbral sin prisa. La casa era de piedra y de una altura considerablemente pequeña. Las paredes tenían libreros que las cubrían del piso al techo. La habitación no tenía muebles. Todo era libros. Algunas sillas y una hamaca enorme al fondo. Esta es toda la casa, pregunté. Sí, oui, dijo casi susurrando. El lugar era pequeño, al parecer todas las paredes eran de piedra, por lo menos lo que no estaba cubierto por libreros. Maximilien me pidió que me quitara los zapatos. No entendí por qué, pero obedecí automáticamente. Al sentir el frío del piso supe la razón. De golpe, me sentí mejor, menos calor, menos cansancio. Fue hasta ese momento en que me percaté que Maximilien iba descalzo.

―¿Entonces tú eres amigo de Renán? ―preguntó Maximilien.

―Lo conocí en la universidad. De conferencias y cosas de ese tipo ―Respondí.

―Es hermosa la biología, ser biologiste me ha llevado a conocerme, incluso a mí… pero eso no es tan importante, ¿tú, también, eres biologiste? ―me preguntó con cierto desdén.

―No, yo soy geógrafo de poblaciones… estudio los cambios históricos que ha sufrido el espacio ―Dije sin más explicación.

―Es interesante… y qué mundo prefieres… oui… qué espacio ―dijo sin mucha emoción. ¿De qué estaba hablando? ¿Mundo?― ¿Qué mundos prefieres, los que existen ahora, en esta tierra o los antiguos, las tierras otras, las que son solo datos en tus registros? ¿Te has metido al mar, ese otro espacio?

Maximilien era de esos sujetos que de tanto viajar se quedan en un tiempo perdido. Sombras. Y a mí, tanta complicación me aturdía; tanta pregunta, el andar buscando un ir y venir de las cosas que no necesitan tanto. Pero, ese día, algo quedó en mi cabeza. Cierta profundidad, algo que no podía explicar. El mar. Apenas una idea, el sueño de algo que nunca había siquiera presentido.

Después de esa breve plática no quise quedarme más tiempo. Salí de la casa con ardor en los ojos. Caminé sin rumbo, ni mi hotel ni las calles turísticas; solo avancé. Cuando vi la playa decidí acercarme. El año pasado había estado a punto de ir a Puerto Progreso en Yucatán. Iba a acompañar a una amiga; pero la boda de mi hermana, en la misma fecha de mi viaje, me arrancó de Progreso. Mi amiga era de Campeche, ella creció con el mar. Yo, he sido un elemento más del espectáculo de la ciudad; un bache que a diario aparece y desaparece. Mi amiga tiene el tiempo dividido; entre la vorágine y la calma. Yo sólo habito la vorágine. Pero siempre soy obediente, trascurro; me coloco en lo que debe ser, alumno perfecto, trabajador afanoso. Y ahora que viene a cuento, mi amiga no tardó mucho en Progreso. Regresó a la semana de haber partido. Me dijo que había estado lloviendo y simplemente tuvieron que regresar. Tal vez, eso fue lo que me impulsó a meterme al mar al salir de la casa de Maximilien. No lo sé. Tenía la imagen fresca de Maximilien descalzo. Pero no me quité los zapatos. Me sumergí con ellos puestos.

La luz, no sé… apenas veo, el agua no es fría… una oscuridad que no reconozco, cuánto puedo aguantar bajo el agua, no lo sé; cuánto puedo aguantar… el agua… la oscuridad… no siento miedo… uno… dos… tres… por qué cuento… no respiro, no puedo respirar… el agua… a cierta profundidad… en la profundidad

Ahora estoy un camastro. Sé que haré mi trabajo. Los datos, las cuentas. Sé que correré para entregarlo todo. Sé que voy a correr. Los días han pasado lento. He conversado con algunas personas. Renán ha venido a decirme que vaya a ver a Maximilien otra vez; para hablar de geografía. No iré. A pesar de su “sabiduría” no me interesa la plática entre dos tipos que no saben dónde se encuentran parados. El mar ha cambiado. El oleaje es más fuerte. Agua estalla en la arena. Restos que caen de mi propio naufragio personal. Estoy cansado de la luz del día, torpe, clara, exuberante. Música atroz por todos lados. Un dato más que no necesito. De pronto, las costas del “mundo” me son más extensas. Tengo sed, tengo sueño. No me levantaré en un par de horas. No debo dormirme.

«Mira esto y cierra tus ojos. Todas esas luces que te recorren por dentro. Relájate. Duerme. Deja que todos esos cuerpos caminen, se asoleen y deban. Duérmete. O abre los ojos. Ve a tu alrededor. Escucha los ruidos que te ensordecen. Hay una burda canción de amor. Paredes, sexo, ritmos monótonos. Abre bien los ojos. Siente. Es una canción de amor lo que escuchas. Yo quiero hacerte el amor sudando, bailando/ Yo quiero hacerte el amor/ En el cuarto, yakiando/ Yo quiero hacerte el amor/ Tú y yo/ Tú y yo/ Yo quiero hacerte el amor/ Apretándote, pegándote. Una canción de amor. ¿Yakiar?»

Veo a un par de meseros con filipinas blancas correr por todos lados. “¿Otra bebida, señor?”, me dice uno de ellos. Pero ya no necesito escuchar palabras. No me importa escuchar esos vocablos; apenas respondo, el cuerpo puede dejar el ritmo carente de sentido de la inercia. “A la deriva”, esa frase me gusta, apenas veo de reojo al mesero que se mantiene a mi lado; siento un poco de alivio, y no quiero dejar pasar este instante. He sido cortés, modesto, correcto podría decir. Ahora me encuentro a cierta profundidad sin estar sumergido; el agua en la oscuridad es azul, se desploma en una especie de meseta abstracta. A simple vista no logré ver gran cosa. Destellos de luz, oleaje; ir y venir, caída. El mar es origen de todo cuanto hay. La respiración y el tiempo; la voz distante del mesero y mi propio organismo. El celular timbra. Es el número de otro de los biólogos. Datos. Corrientes. La proximidad de la costa. El viaje es al centro de uno mismo. La tierra adentro ha de perderse, por lo menos, hoy. El celular. Una canción de amor. De nuevo el celular. Es Renán. Ya regresaron los biólogos. Qué mundo es el que realmente me importa. ¿Los que registro? No contestaré. El celular. Mensaje: «Contesta. Ya tenemos la info, hay que llenar ya las bases.» En el aliento de la confusión todo se vuelve oscuro. El mar se precipita.

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