Cotidianidades

Luis Antonio Rincón 0 comentarios

Keno rompió los límites de la realidad y era difícil saber en qué mundo habitaba. Lo conocí en un pueblo polvoriento de Chiapas, y si bien ese hombre de huaraches de cuero y sombrero de palma me provocaba cierto temor, también me resultaba atractivo estar cerca de él —siempre escondido atrás de algún adulto— para escuchar alguna de sus explicaciones fantásticas del mundo.

En aquel entonces yo era un niño de ocho años, con la ingenuidad suficiente para creerle que él era amigo de los duendes del río, que alguna vez logró vencer el abrazo de la Mala Mujer (un espectro que robaba el alma de los hombres) y también le creí que fue una persona muy rica a quien el diablo le robó su ganado entre luces fantasmales.

En cierta época le dio por contar que su familia vivía a las orillas del pueblo. Describió a su esposa como una mujer rubia y nos habló de dos niños a quienes por culpa de su alcoholismo había perdido.

Nunca pudo señalarnos dónde quedaba su casa (en realidad dormía en cualquier granero), y cuando las preguntas burlonas sobre su familia fueron muy insistentes, se inventó un romance con una señora que supuestamente llegaba a visitarlo los fines de semana.

Era verdad que él desaparecía desde el mediodía del sábado, pero todos conocían la cañada donde quedaba tirado de borracho, y sólo se le volvía a ver hasta el lunes, cuando iba casa por casa pidiendo alimentos para calmar su cruda.

Una ocasión vi cómo una mujer lo insultaba de frente y hasta se paró delante de él con la posible intención de golpearlo. Keno ni siquiera volteó a verla, y apenas se fue lo único que comentó era su deseo de cruzar nadando el mar.

Cuando desapareció del pueblo muchos lo extrañaron, se corrió la versión de que había muerto en una de sus borracheras, otros dijeron que vieron su cuerpo tirado en las montañas, y alguien más confesó haberlo llevado a Arriaga, ciudad donde según Keno lo esperaba un antiguo amor.

Ese hombre se perdió entre la bruma de historias tan fantásticas como las que él inventaba. Sin embargo, nos dejó su recuerdo, al menos a mí, y cada vez que he visto a alguien perdido entre fantasías o que se niega a aceptar la realidad, he pensado que el espíritu de aquel ser delirante lo anda rondando, y en lo íntimo hasta bauticé al fenómeno como “el efecto Keno”.

Es así como el efecto Keno me sirve para describir a quien inventa vivir entre riquezas o se hace llamar “licenciado” con un título falso, y también se le puede aplicar a un gobernante que dice no ver la corrupción desmedida a su alrededor, que finge no ser partícipe de ecocidios, que desdeña el crecimiento de la inseguridad y que no escucha las voces de funcionarios secuestrados por pobladores a quienes se les debe recursos, y que para cobrarlos incurren en un delito terrible. Así que como usted comprenderá, el efecto Keno está muy presente en nuestras vidas.

El fin de semana pasado fuimos con mi esposa y el querubín a San Cristóbal de Las Casas, mientras caminábamos por los andadores vi a un anciano mendigo sentado en una banca.

Mi corazón latió acelerado porque en él creí reconocer a Keno. Pronto calculé que no podía ser, por los años transcurridos aquel hombre ya debía estar muerto, pero en su memoria decidimos comprar unos tacos para ese anciano.

—Gracias —musitó al recibirlos y para mi espanto me tomó con firmeza la mano para entonces decirme: —Sabes, Luisito, todavía sigo con ganas de cruzar nadando el mar.

Hasta la próxima.

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