Cómo se pasa la vida: “¿Yo por qué?”

Hugo Montaño 1 comentario

No sé si ustedes perciben lo mismo que yo a la hora de escuchar o leer las noticias. No importa el comunicador o el canal, termino siempre con una incomodidad parecida a la culpa. ¿De qué? Del “calentamiento global”, de la “contaminación ambiental”, de la “inflación”, de la “política”, de la “economía”, y hasta de los “temblores”.

Los señores que administran ciudades y naciones nos piden que dejemos de generar basura, de deforestar, de quemar montañas, de usar de manera indiscriminada la energía eléctrica, porque todo eso está derritiendo a los polos, calentando al planeta y provocando que la Tierra tiemble de manera indiscriminada, lo que genera sunamis… y surimis, etcétera.

Las noticias proyectan fotos de fábricas y centrales nucleares emitiendo gases, además de automóviles e incendios. Pienso: “no se compara con el humo de mi anafre (que prendo seis veces al año), cuando aso cebollas, chiles, tomates y carne”. De la basura ni qué decir. Esas mismas fábricas producen envases que van a parar, por ejemplo, al Río Grande del Cañon del Sumidero.

Agudos economistas sostienen que se fabrican productos a bajo costo para que casi todos nosotros podamos adquirirlos (?), aumentando así nuestro “poder adquisitivo” (y pensemos que no estamos tan jodidos). Producen plástico por millones para millones y son arrojados a la calle por millones mal educados, inconcientes y obtusos (nosotros), que ejercen su pequeño poder al adquirir un producto barato y chafa (en mi barrio la basura ya es parte del paisaje, arrojada a la calle sin pudor alguno por el poder adquisitivo).

Mi madre reciclaba utensilios y recipientes, entre otras cosas, y los reusaba. Yo aprendí de manera “natural” a hacer lo mismo. En esa época comprar desechables era un lujo. Los recipientes eran de vidrio o metal, casi no había plástico, salvo honrosas excepciones. Por consecuencia la basura era menos. Además, las cosas se usaban hasta quedar “para la basura” (en esa época los pepenadores del barrio nos hubieran odiado, y si lo pienso un poco, antes había cacharreros y ropavejeros; no más), y el humo del fogón no se compara con el humo de una fábrica o de una central nuclear.

De niño usé y reusé muchas cosas, y de esas recuerdo con cariño y furia unos zapatos de nombre PUNK, de calzado CANADA. Eran rústicos, negros, de cuero grueso y agujetas, con la suela (imagino) de orígen extraterrestre, ¡porque no se desgastaba nunca! (si se despegaba, el zapatero lo cosía y voalá, se volvían literalmente eternos). Los usaba igual en fiestas que para un partido de fucho en tierra, grava o pavimento, excursiones a la Cueva del Tigre y en la escuela; es decir, eran los verdaderos “todo terreno”, y cuando se descarapelaban se les daba una boleada, y listos de nuevo. Me los compraban un número más grande (o dos) y después de unos años los dejaba, no porque se hubieran acabado, sino porque me apretaban. Esos ejemplares eran entonces heredados a un familiar o vecino, o ropavejero (¿Dónde andarán mis PUNK, despues de casi cuarenta años?).

Lo más pedorro de los PUNK eran sus “túneles” en la suela, siete para ser exactos (¿era por cábala… o magia?… ¿por eso duraban un chingo?), ni los Air Jordan se comparan con esa pinchi tecnología ochentera. Pero lo más chido era su peso, de medio kilo el par (no exagero), y a la hora de ponerte a los chingadazos con quien fuera, si no traía unos PUNK y tú sí, era una ventaja decisiva.

Cuando llegaba a casa y me quitaba los “todo terreno” sentía los pies ligeros. Flotaba sobre mis chanclas “pata de gallo” (calzaleta, obvi). ¿Que si me apestaban las patas? Sí, a quién no se le apestaban despues de años de uso diario y a cualquier hora. No había talco ni jabon que quitara ese olor a PUNK, tan entrañable.

En suma: no es usted ni yo, es “el progreso” quién genera la basura, la contaminación, el calentamiento global, la economía y la política que nos habita (de los temblores no estoy tan seguro). Casi todo es desechable… hasta nosotros. Mi querido maestro Emilio opinaba (en una huelga de recolectores de basura en Tuxtla de los Conejos) que si el problema en la ciudad era la basura amontonada en colonias y barrios, dejáramos entonces de generar basura. ¿Y cómo? Dejando de consumir basura (¡tómala!). Eso ha resultado imposible, ¿por qué? ¡Porque tenemos el Poder! Pero no se emocionen, no es ese “poder”, sino el otro, el adquisitivo, el de consumo… aunque sea de basura.

1 Comentarios
  • Antonio Reyes

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    “Que si me apestaban las patas? Sí, a quién no se le apestaban despues de años de uso diario y a cualquier hora. No había talco ni jabon que quitara ese olor a PUNK, tan entrañable.”

    Jajaja, genial artículo, Master, abrazos!

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