Un hermoso animal es la tristeza, de Beatriz Pérez Pereda —o el regreso ineludible a la memoria—*

Armando Salgado 0 comentarios

Solemos visitar un libro con la paciencia de quien busca lo distinto no sólo para imaginar lo que no existe, sino para identificar en esas páginas lo que uno suele ser pero no reconoce, o no lo da por hecho porque no se logra identificar ese detonante sorpresivo, el cual muchas veces cambia nuestra percepción sobre algo. Hay otros lectores agudos, saben buscar lo que necesitan, quizás dentro de ellos la paciencia es un pretexto para suponer lecturas y adivinar los posibles vericuetos de ese libro, y así saber con exactitud qué es lo que nunca leerían. Hay otros lectores que no son pretenciosos y simplemente disfrutan el acto creativo entre páginas y hurgan con asombro cada renglón. Diría Francisco Hernández: “¿Quién es el visitante, quién me mira de frente en el espejo?” Los lectores determinan con el tiempo qué leer. La poesía al tener múltiples definiciones va traspolándose a la carga cultural de cada lector. Lo que para algunos podría corresponder a ciertas particularidades, para otros conlleva a distintos imaginarios, y por lo tanto a diversos significados. Muchos de ellos sin la necesidad de mostrar su peso, o los cortes con los que fueron trazados, o las bastillas con las que alcanzaron su medida. En el peor de los casos, los significados son artefactos. Artilugios que buscan lectores que puedan adivinar sus mecanismos. Malabares. Flores sintéticas. Fuegos artificiales. El lector es quien elige. Y uno se hace lector con buenos libros, en este caso de poesía.

El libro Un hermoso animal es la tristeza, de Beatriz Pérez Pereda, es un tratado amoroso que nos permite dimensionar de diversas manera la idea que se tiene de nuestro cuerpo, su calor y su dolor. La firmeza de la figura femenina es un bastión que enlista diversos personajes donde la autora dialoga y al mismo tiempo padece los estragos donde el amor es otro hermoso animal. Beatriz Pérez nos invita a mirarnos en ese espejo para revivir las cenizas que hay dentro de nosotros, de aquellos cuerpos que alguna vez fueron la única pila de oración. Este libro es una composición auténtica que permite reflejarnos en su espejo para entablar un propio conversatorio con las cosas triviales que nos conforman y que en el fondo tienen la sensación de esos siglos de tristeza acumulada. El maestro Baudelio Camarillo podría sintetizar la idea con algunos de sus versos: “Seis o siete minutos recordándote oscurecen la tierra totalmente”. De esta manera, inicia el primer capítulo del libro de Beatriz Pérez, con la sutil melodía para leer la Música de saxofón para Betty Blue, basada en la película de 1986, donde Betty y Zorg comparten sus reflexiones, para muestra algunos fragmentos del poemario:

DECLARACIÓN DE ZORG

No eres tú
es el viento incontrolable
el olor a libro enmohecido
el mar
mi corazón lleno de vidrios

No
es el radio de algún loco
que escucha música a las tres de la mañana

Créeme
son las pastillas que un dios blanco te ha dado
esta cama de fuerza
el insoportable olor a indiferencia con que envolvieron tu cuerpo

No eres tú
quien mutiló su propio rostro
fue el espejo
charlatán
fascinador
mal consejero
que obligó a tu mano

Pero despierta
mírame
te pienso
escribo

Rainer Maria Rilke en su libro Cartas a un joven poeta comentó: “No escriba poesías de amor; evite ante todo los temas más comunes: son los más difíciles, porque hace falta una gran fuerza madura para dar algo propio donde se establecen en la multitud tradiciones buenas y, en parte, brillantes. Por eso, sálvese de los temas generales y vuélvase a lo que la cotidianeidad ofrece…” Beatriz Pérez nos entrega un libro con fuerza y madurez. Da de sí misma la capacidad de oscurecer la tierra al recodar. Y su deseo “se vuelve una obsidiana inútilmente filosa”, y entre el fresco gesto al que hilvana tristeza con el sudor de los que ya no están, la autora escribe el siguiente poema:

No sé si exististe
si alguna vez tuvo cuerpo esa imagen
que ahora miro con el volumen apagado
para que nadie escuche tus gemidos
y no pregunten qué hora es
y rompan el hechizo de demorarme en tus ojos
en tu pelo puntiagudo como este dolor
que pusiste sobre las manos de Zorg
sobre las mías

Qué hermoso animal es la tristeza

Y no entiendo bien mis lágrimas
tal vez porque en mi adolescencia yo soñé para el amor

El segundo apartado de este libro, Foto/grafías, hace alusión desde su título y es clara la intención de abordar con palabras la obra de Diana Arbus, quien: “fue una fotógrafa fascinada por la belleza no convencional, personas excéntricas, marginales, gemelos, gente de circo, enfermos mentales, pordioseros, nudistas: freaks”. Beatriz Pérez halla en estos paisajes humanos el dolor constreñido por siglos y deja el obturador abierto para que al leer estos poemas comprendamos que “la fotografía también es hacia adentro, y que cada imagen revelará lo que en verdad somos”:

Mírame directo
no importan las risas
el resplandor insoportable

Mírame
soy el espejo de tus miedos
y este juego de luces
es casi un autorretrato

Respecto a la tercera parte del libro, Memoria de Alejandra, Beatriz Pérez además de dialogar con la poeta argentina Alejandra Pizarnik provoca a las aves del miedo para darle sentido a las rupturas personales que se esconden entre las ramas del viento, y la mayoría de las veces, en el silencio:

Algo en el ruido se desploma
algo filoso que desgarra los labios
una caja de música sin cuerda
una señal de alto entre el grito y el silencio

Posteriormente la poeta nos interroga: “Pregunto, si hay algo que en verdad pueda llamar silencio, si la palabra que me persigue existe fuera o dentro del papel”. La figura de Alejandra Pizarnik no es un artefacto ni rellena las páginas. Hurga, quiebra, palpita entre las hojas porque existe dentro y fuera del papel. Beatriz Pérez responde: “Alejandra: Pienso que tu corazón era una jaula y tu propia mano tiró la llave”.

El cuarto y último apartado del libro, Todo es ceniza, relata en nueve poemas el suplicio de la primera reina de las coronas de lo que hoy es España, Juana I de Castilla, mejor conocida como Juana La loca, quien prefería amar a Felipe en lugar de a cualquier divinidad, quien fue obligada a recibir las señales impostadas que no correspondían con sus creencias. Beatriz Pérez recrea esos escenarios de angustia humana y muestra al amor como única salida aunque el salto sólo conduzca hacia el vacío:

He de ensombrecerme, castigar mi juventud, la osadía de sobrevivirlo, porque ha muerto y no hay en este castillo pared más fría que mi sexo.

Ante estos escenarios donde no alcanza el amor y tampoco recordar, Beatriz Pérez nos remata con otro de sus versos: la ropa es inútil para disimular la locura. Quizás ella intenta decir que lo que hay que disimular es la lectura y que no necesitamos cubrir nuestros gustos cuando de amor se trata, o de preferencias literarias, o de estilos de escritura porque la poesía es diversa, polifónica y ante todo, anda por la vida sin ropa para disimular su locura, y el rubor de nuestros ojos en cada renglón desnudo. O la manera consiente de cubrirse cuando lo que drena son lágrimas y no el sudor entre caricias, o rescoldos sin doblez donde el sudor es el único amante. Porque al leer lo que menos importa es la ropa que vestimos sino la locura que se expande o contrae según nuestros fantasmas.

Por último compartiré que di a leer a varias personas unos poemas de este libro. Me dijeron que hallaban el vértigo que permite recordar a otros. Ante esto, Un hermoso animal es la tristeza, tiene la virtud de los retornos constantes a los sitios únicos de nuestra memoria, por lo que conviene regresar a sus páginas para volverlos a palpar, darles nuevos aires, inventar posibilidades, y perder el tiempo en esas costuras. Porque el amor, es ante todo una prisión que nos cautiva. 


*Las palabras y versos que aparecen en cursivas y que no especifican autor pertenecen a Beatriz Pérez Pereda; son fragmentos tomados del libro de poesía Un hermoso animal es la tristeza publicado por Laberinto ediciones y la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco en 2016. Texto  leído en la presentación de este libro en el marco del XIV Encuentro Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer Cámara en 2018.

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