Minuto cero, de Rudy Alfonzo Gómez Rivas

Balam Rodrigo 0 comentarios

Estoy varado en la cafetería El Buen Gusto, ubicada a unos metros de la carretera Panamericana, en la intersección vial que tiene el curioso nombre de Las Vegas y donde confluyen los caminos que van hacia Huehuetenango y Quetzaltenango, Guatemala. Hace unos minutos descendí del pequeño bus que me trajo aquí desde La Mesilla, pueblo chapín enclavado en la frontera México-Guatemala. En este lugar, que pertenece territorialmente a Huehuetenango, espero a Elder Guillermino Herrera, encargado de recogerme y llevarme desde esta encrucijada hasta Aguacatán, donde participaré en el Festival Internacional de Poesía 2017, cuyo tema central, en esta ocasión, es el de los migrantes y la migración. Al traspasar el umbral de la cafetería, varios muchachos sentados en una mesa —alrededor de ocho—me miran con aguda extrañeza, pues están comiendo y platicando, tomando el sagrado almuerzo, pero no siento, en realidad, ninguna actitud hostil en sus miradas. Los muchachos mastican despacio y tragan rápido —pollo campero y tortillas recién hechas—, aunque hablan bajo, como en susurros, sobre todo en kakchiquel, y a veces también, de modo entrecortado, alzan al aire desde su boca unas cuantas frases en castilla. Ríen. Yo no puedo hacer otra cosa sino sentarme en una de las mesas disponibles y esperar a quien lleva por nombre Elder, pues aunque logré comunicarme vía telefónica con Rudy Alfonzo Gómez Rivas —amigo mío y quien me invitó a viajar hasta Aguacatán para compartir en estas tierras un puñado de poesía—, no podrá venir personalmente por mí y en su lugar envió a Elder, amigo suyo.

Ayer por la tarde, mientras caminaba con mi mujer y mis hijos por las calles de San Cristóbal de Las Casas, pasé a la oficina de Correos de México a retirar de mi apartado postal dos paquetes de libros: uno de ellos enviado desde Jocotlán, Jalisco, por Juan Manuel Uría y Sihara Nuño; el otro, enviado sin yo saberlo, por Herminia Alemañy desde San Antonio, Puerto Rico, y que contiene un paquete pequeño con 40 ejemplares del libro que estoy leyendo justo aquí, en este crucero llamado Las Vegas. De hecho, antes de iniciar a escribir estas líneas he leído ya Minuto cero, título sin tiempo, pero cincelado con gruesas letras naranjas y bordes azules sobre la parte superior de la portada de este poemario escrito por Rudy. Así, sin yo tener idea alguna de que Herminia Alemañy había enviado desde hace días a mi apartado postal el libro de Rudy Alfonzo —sabedores ambos de mi próxima estancia poética en Aguacatán— pasé ayer por obra de la casualidad (nunca recibí aviso alguno) a mi apartado postal, y justo ahora tengo en las manos el paquete poético para dárselo a Rudy. Seguro se alegrará cuando le cuente el periplo y la travesía terrestre y trasatlántica que debió sortear su plaquette para que la tuviera entre las manos.

Luego de masticar algunas presas de pollo campero, un pequeño rimero de tortillas y dar cuenta de una taza de café —este sí, muy ralo, una suerte de anémica infusión de café—, inicio con estas líneas que intentan dar cuenta de mi lectura.

Cuarenta y tres brevedades conforman Minuto cero a la manera de pequeñas reflexiones, algunas amorosas, otras ecocríticas, escritas todas con un lenguaje claro y sencillo, incluso rayano, ciertas veces, en la franca simpleza y con resquicios y dejos de cursilería, pero mostrando destellos luminosos y notables:

[…] la lluvia con bisturí verde
abre mi corazón:
siete libélulas de oro
juegan con la miseria del mundo.

O como en esta otra pieza:

[…] sé que el movimiento de las hojas delata al viento.
Después de las caricias ya nada es igual.

Hay una nostalgia del mundo niño en estos versos, una mirada tierna de las cosas comunes observadas y diseccionadas con el bisturí de la agudeza y desde la quietud del silencio, un silencio que rebota por las calles de Aguacatán y que tropieza con los pasos del que camina por la noche en pleno monólogo silente con el corazón. Sí, las calles, porque Rudy es un flanêur que deambula apoyado en el bastón de la mirada, sus ojos capturan instantes, momentos, imágenes, colores, pequeños objetos imperceptibles, en apariencia, para quien no mira, para el que tiene ciego el corazón, pero que Rudy suele recoger como si fuesen pepitas de oro hasta sacarles brillo humano, lustre poético. Sin embargo, el niño que escribe, camina y habita estos poemas es un niño triste, nostálgico, un patojo encanecido por la amargura del mundo, desolado, monológicamente solo. Pero justo ahí, en la nocturna y desierta calle desde la que escribe, y camina, las visiones de su amada —sumida en su elemental umbral doméstico— sacan al flanêur de su gris visión:

Te veo pasar con escoba en mano una y otra vez
barres lo inservible
tu sonrisa es cómplice del amor.

En otras ocasiones, el asfáltico lenguaje del paraíso artificial de las calles —cuasi vacías— por las que ambula y discurre el yo lírico de Minuto cero, cede ante los símbolos e íconos del edén primigenio, perdido, y que sólo vuelve a florecer sobre el concreto citadino que cubre al pueblo gracias a las artes de la fértil poesía de Rudy:

[…] a mi piel le brotan maíces multicolores.

Al igual que en este verso:

[…] cien colibríes transparentes buscan mi corazón.

Por otra parte, algo que es digno de mencionarse de este libro es su postura ecocrítica, es decir, los elementos del entorno natural —los seres no humanos y el mundo físico— hallados en estos poemas no son meros ornamentos, sino que, desde una ecopoética posmoderna, Rudy critica el capitalismo salvaje, el materialismo individualista e incluso la guerra: “Wall Street está de moda” o “las madres quiebran sus vientres artificiales” o mejor aún: “Deseo que el viento sea un monstruo amigo / y se trague los misiles”. Hay en esta obra del poeta aguacateco, testimonialidad y discurso ecocrítico, tanto como fuego humano, aunque sobremanera perdurable y que arde interminablemente desde la hoguera de sus versos.

Saudoso, cercano al silencio y la reflexión poética meditativa, este caminar las interiores calles del mundo onírico y literario de Rudy Alfonzo nos permite conocer de cerca la emotividad de este poeta guatemalteco que lucha contra su propio silencio, contra sus propios demonios ahogados en aguas de melancolía, pero que es capaz, sin aspavientos, de desentrañar con inteligencia y buena poesía las míticas calles de Aguacatán, lugar donde deambulan los fantasmas que persiguen sin descanso al poeta, uno que no se cansa nunca de exorcizar el mutismo y la banalidad de todos los días a golpes de palabra y de grafito.

Publicado en tierras caribeñas bajo el editorial cuidado y las laboriosas manos de Herminia Alemañy y Edgardo Nieves Mieles —sendos escritores boricuas que han publicado en sus colecciones la obra de decenas de poetas, muchos de ellos desconocidos y originarios de diversas latitudes de América Latina—, este pequeño libro es lo mismo una plaquette amorosa y emotiva, que un breve manual del desencanto:

En estos días grises llenos de pólvora
no amar es la consigna.

Tal es el monólogo lírico del flanêur asfáltico y metafórico en que se ha transformado —quizá durante los largos siglos de un minuto— el poeta aguacateco Rudy Alfonzo Gómez Rivas.

26 de julio de 2017, 15:30-16:59 hrs.
Las Vegas, Huehuetenango, Guatemala, C.A.


Minuto cero (Espejitos de Papel Editores/Indómita Editores, Colección La Cólera de las Erinias, No. 10, San Antonio, Puerto Rico, 50 p., 2017).

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