Cómo se pasa la vida: “Material de los sueños”.

Shakespeare escribió lo siguiente en la pieza teatral La Tempestad: “Estamos hechos de la misma materia que los sueños. Nuestro pequeño mundo está rodeado de sueños”. Recuerdo esto porque de unas semanas (por no decir meses) para acá, los sueños me han habitado lúcidos, corpóreos y aromados.

No retengo la totalidad de la trama, pero sé que han sido sueños completos, y si el tiempo es largo, hasta se inician otros “episodios” distintos con finales redondos, o al menos no inconclusos… eso es lo que yo creo.

Después de contar esta situación en una reunión de café, me dijo un amigo: “Leer te ha chupado los sesos, igual que a don Alonso Quijano”. Otro me dijo que es mi inconsciente el que habla, y me pide atender los temas que sueño, otro más me preguntó si creía en dios, y otro, con tono de misterio, me dijo que era un mundo paralelo, una realidad alterna que asegura existe, porque los teóricos de los antiguos extraterrestres lo sostienen. Insisto en que son sueños “acabados”, que no me levanto con aflicciones o pendientes por resolver.

Intenté hacer “consciente” mis sueños hace dos noches. Recuerdo que soñaba en un lugar que sé es mi casa, aunque no se parece al lugar donde vivo. Miro a través de la ventana hacia un jardín donde hay muchas plantas. También hay árboles. El color verde es radiante y oloroso. Una mujer a mi lado ve también por la ventana. Me dice que está lista para marcharse. Volteo a verla y le pregunto quién es, qué hace ahí. Tiene el cabello teñido, viste de rosa oscuro (¿rojo?) y aunque no la conozco, sé qué no es ajena a mis ojos. Ella contesta que se acaba el tiempo, que debo darme prisa. Insisto en saber su nombre al menos. “No te hagas tonto”, me dice.

La ventana desaparece y estamos frente a un vehículo. “Sube”, me ordena. No lo hago. “Estoy soñando”, le digo. Ella me mira de nuevo con esos ojos que no me son ajenos, aunque no termino de reconocer su rostro. “Sé que estoy soñando, así que si no me dices quién eres, me despierto”. Ella ríe y su risa se mete en mí como algo querido, entrañable. “¿Quién eres?”, insisto, mientras comienzo a reír también, divertido por no sé qué cosa. “Contaré hasta tres, y si no me dices quién eres me despierto”, amenazo. Ella transita de la risa al hilarante llanto. Yo sigo riendo, quiero cumplir mi ultimátum, pero no despierto. Y no porque no pueda hacerlo, sino porque no quiero. Me siento tan bien ahí, rodeado de la vegetación y de ese olor a hierba tan peculiar, similar al de mi barrio en el Niño de Atocha, o al conocido en el ZooMat. No solo veo y huelo el color verde, también lo escucho y lo siento. Me despierta el apetito, me dan ganas de comer algún fruto, algo vegetal.

Ella se recarga en el vehículo y me llama. No me resisto. “Voy a escribir esto para recordarlo”, le digo mientras me acerco a ella, quien me abraza. Siento palpitar su pecho. Huelo su cabello, su piel… su rostro. “¿Quién eres?”, le pregunto, aunque ahora en tono implorante. Ella en lugar de hablar, me besa. Siento que la conozco, que es alguien de siempre. Una maga que es todas y una. Ella con mayúscula, una fuerza a la que pertenezco de alguna manera.

Despierto, tranquilo. No me queda ninguna insatisfacción después del sueño. Y aunque pregunté muchas veces no siento dudas. Algo en mi interior me da respuestas que no son verbales sino sensitivas.                      

El transcurso del día lo vivo sereno, relajado. Me digo: “Hoy que duerma me subo al carro con ella, para ver a dónde quiere llevarme”.

Hace varios sueños que la espero. Pronto contaré las lunas transcurridas. No quiero ver el calendario ni el reloj, sino el paisaje… las pequeñas cosas. También contaré los soles.

Hace ya muchos sueños que Ella no aparece. He logrado controlar mi presencia en los sueños. Estoy consciente de dónde estoy y lo compruebo saltando distancias enormes, cruzando paredes o desapareciendo. Pronto dejaré la vigilia, estoy seguro. Prometo venir a decirles adios como si los conociera.

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