Cinco poemas de José Gustavo Melara

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(Usulután, El Salvador, 1969). Reside en Estados Unidos desde 1983. Hizo sus estudios secundarios y postsecundarios en Nueva York, Colorado y Cincinnati. Actualmente reside en Boulder, Colorado donde, desde 1995, es profesor lengua española y filosofía y letras en Front Range Community College. Sus poemas se han publicado en varias revistas literarias y ha participado en congresos de poesía por todos los Estados Unidos. Además ha dirigido talleres de traducción y sus traducciones de poetas como Walt Whitman y Wallace Stevens han sido publicadas en revistas en México y otros países. Recientemente, en un congreso en Colorado, presentó un trabajo sobre arquitectura y música barrocas. Su poemario, En sus pupilas una luna a punto de madurar, fue publicado en el 2015 por la Élitro Editorial del Proyecto Zompopos.

POEMAS

K. 299 (ANDANTINO)

Acechando y extasiado en leves movimientos de diamante,
el cerezo dispersa pétalos, notas de arpa, suspendidas
a mitad del viento. Caen y quedan.
La carrera hacia el claro recorre la habitación, y la llena de espuma rubí
mientras en el vano de la puerta oscilan partículas de ceniza.
Ojo y campo (cercas), la ventana se prolonga y llega a matizar
armonías que se disuelven y transforman: la memoria, en fin,
la convierte en más claro de bosque que letanía.
Alguna vez la mano se posó en sus contornos
y rodeándola le lanzó un carámbano que,
en su trayectoria, devenía flauta:
“Chato instrumento”, decía el Maestro. El, claro,
lo eleva y lo llena de matices y caracoles, piano, piano, desarma.
Sus movimientos se trasladan y se prenden,
y el arpa va figurando la flor del cerezo, incierta y hermosa por sus variaciones.
Vaya la piel sin esfera: es capaz de corroborarse sin Lázaro
y de sobrecogerse en barras, bisagras del (este) idioma,
leves bocanadas de ánima que salen por la ventana y arremeten contra el cerezo
que en menos de diez se vislumbra inaudito.
Las bocanadas han transfigurado la habitación y las paredes de ladrillo
en ánfora de un deseo.
El arpa dura, dura la flauta,
la orquesta rezuma y se resigna, prolonga
el suceso que a cada momento nos sorprende entre un libro y una tarde.

 

ROMANCE DE LA ENAMORADA

Ella se arreglaba el pelo,
sonreía frente al marco;
él la vivía y callaba,
lo desbordaban los años.

Ella, en blusa de domingo,
vestía un deseo blanco;
su bolso negro escondía
versos de tardes y ocasos.
Se sabía de memoria
cada verso enamorado,
y mientras iba a la iglesia
se olvidaba recitándolos.
De pie, al ala del almendro,
él la estaría esperando,
soñando que ella pasara
con la flor roja en la mano.
Insinuaba él su presencia,
ocultaba el pelo blanco;
ella pasaría sola,
no volvería a mirarlo.

Era domingo y esperaba
que ella pasara callando;
el amor se quedaría
en un gesto postergado.
Caminando en la mañana,
no se volvía a mirarlo;
él llevaba en los bolsillos
un poema y dos geranios.
Se quedaban sus palabras,
ella pasaba de largo.
El no sospechaba, no,
que ella lo quisiera tanto.
El, que quería olvidarla,
quererla como un gitano,
la contemplaba marcharse,
ella se marchaba amándolo.

Es domingo y no se olvida,
primero piensa en el campo;
la marea se le sube,
piensa postergar sus años.
Ella viene con su bolso,
su blusa esconde geranios;
va camino de la iglesia
y él, él la estará esperando.
Ella lo busca en la sombra,
él ha pasado de largo;
bajo el ala del almendro,
él ya no la está esperando.

 

SAUCE LLORON (PENDANT LA GUERRE)

La cal del lugar se arrojó desde una ventana
y se inventó y dispersó un rojo zafiro.
Así los hilos invisibles de mis días entre tus dedos:
vastedad de telas, harapos del corazón que hacen camisas,
luz de tus muertos que un día encendiste al lado del patio.
La muerte supone lágrima de ámbar;
la arquitectura de las rosas, una luna sangrienta.
Me alcanzas un sueño de cal ocre,
rezumando tinta que se encarama al cuerpo de un papiro.
Eso sí, la marca a fuego lento, salta
entre horno y horno, un cuchillo (haz de cáncer)
-valiente soldado- atraviesa una sonrisa de luz:
es el colmo, damn country de turbia índole.
Y tú me siembras la piel, ajenos los dos
a las marcas, a una casa, a unos caracoles.
La mirada se cansa de ser vista,
se cansa el polvo de las rosas, rosa abierta,
y al filo de un cuchillo el horno crepita y
corta años y niños.
En fin, el fin, que el muerto se encarama a los ojos,
mueca de un rizoma aventurero,
de un eucalipto que nació para ser tocón.

 

AZACUANES

A Mario, claro

La nube se reconoce rapaz,
el vértigo anima su arquitectura;
va acarreando vientos, mayo y un haz
de sombras que estallan desde la altura.

La nube irrumpe –acordeón tenaz-
e insinúa estelas de su hermosura:
el cernícalo se siente capaz
de ser a la vez aura y águila pura.

Un milano se transforma fugaz
en halcón, y emerge de su envoltura
circus cyaneus, dejando detrás
kilómetros que el tiempo hoy configura.

Convocan vórtices de alas y esferas;
sus inviernos rezuman primaveras.

 

CONCIENCIA

Hay y está un bosque que se filtra en la ranura del lago.
El nenúfar se altera, sobrevive el canto del pinzón
que baja hasta la ciudad. Con sus alas de escarcha,
el aliento del monte arrebata (reflejo)
las mudanzas a las que aspiran las ramas.
Arden, y ciegas, las farolas: se entretienen interrumpiendo
pasos que se disuelven en el alma de las piedras.
Está el pez extendido y parte el agua. Calla
resuelto a sumergirse en las profundidades de un sicomoro.
Responde a las ondas, la sombra se seca la piel,
y sigue el pez con sus nervaduras.
Repara en las pepitas blancas de la noche,
y emprende el camino, a decir: ahora un murciélago parte la noche.

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