Del mapa de los signos a la palpable materia

¿Significaba algo decir que una bandada de
miles de cuervos revoloteaba con estrépito
bajo el cielo de Samarcanda antes de posarse
en sus arbolados parques y avenidas? ¡Nada!
Era necesario ver aquellas turbas de azabache
para que los números dejaran de contar y se
abriera paso una informe pero perceptible
noción de infinito.

Nada es tan materia como el cuerpo, y sus exigencias. Comer y defecar, beber, dormir y, quizá besar. Pero con tino, las cosas que tocamos y creemos poseer, les llamamos mundo material, y todo ello está signado por el dinero. De alguna forma, el dinero me permitió conocer a Sergio Pitol. Yo estudiaba en la escuela de escritores de Mario Bellatin por las noches, y trabajaba en la Secretaria de educación pública por las mañanas. Una mañana, camino a la oficina, a una junta importante donde (suponía) me ofrecerían un cargo mejor y más importante, me di cuenta que había olvidado mi cartera en la sede de la escuela. De un volantazo, dirigí rumbo hacia allá, con la confianza de que mi puntualidad daba para recogerla, y llegar a tiempo. En la cafetería estaba Mario, con un señor mayor: Sergio Pitol, dijo Bellatin, presentándomelo. Yo había leído en la facultad “El desfile del amor”, sabía quién era, qué significaba. Tenía prisa, pero me invitaron un café.
Hubiese querido preguntarle más sobre escritura, traducir, sobre estructuras complejas de narrar, las cuales le llevaron a escribir “El tañido de una flauta”. Pero en cambio le pregunté por Xalapa, lugar de mis entrañas. Me dijo que llovía. Me dijo que había decidido vivir en Veracruz, a su regreso definitivo a México, porque descubrió que amaba el sol, que, pese a su alma polaca-moscovita, le gustaba la floral primavera y el sol. Pero eso es pura materia –dijo–, puro lujo el poder decidir dónde vivir, en función de dónde se siente uno mejor. Y peor aún –continuó–, en función de dónde se siente uno mejor para escribir. Luego habló del día en que viajó en una caravana de autos familiares de Puebla hasta Potrero. Narró una escena de ese viaje, donde los autos, en mitad de un puente, posiblemente cerca de Coatzacoalcos, los autos se detuvieron, y él y su hermano fueron cambiados de auto, y en ello se sellaba un destino ineludible y para él inefable: el cambio también de familia; la muerte de su madre y de su pequeña hermana, y por ende también, se sellaba un destino de la vida como narración, de la narración como vía para poder vivir. Estaba emocionado, pero fue prudente e hizo una pausa, sonrió (quién no va a recordar por siempre su sonrisa, pues sabía muy bien que era el amuleto más evidente que tenía), y comenzó hablar de un perro suyo. Dieron las doce y ellos tuvieron que irse. Yo había perdido mi junta, mi trabajo (aunque eso no lo supe sino hasta el día siguiente) y mi cartera, que ya no recuperé. Y me fui, sin dinero a mi casa, a leer a Pitol, como un loco sediento.
Lo vi una vez más, en una feria de libro de algún sitio, ya bastante más viejo y enfermo. Se acordó de mí, y fue amable. Hablamos brevemente de lo que yo había escrito, pues preguntó cómo me había ido. Y luego, caballerosamente me interrumpió: eso es cuanto al mapa de signos que construyes, yo me refiero a lo palpable; ¿a dónde has viajado? ¿Qué lugares te han hecho suspirar? Luego no nos vimos nunca más.
Y así, otra vez, la vida (y hoy su muerte) me enseñaba que escribir está fundamentalmente fuera de las páginas. Que las buenas páginas (para leer) están fundamentalmente fuera del libro. Que no hay espíritu posible sin la materia que lo amolda y le concierne, que cada número es la forma racional del infinito. Hoy comienza su viaje a los lugares que trazó en el mapa de esos signos.

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