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Narrativa

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Ojos amarillos, cuento de Said Vladimir Ramírez Téllez

(Guerrero, México, 1991). Es licenciado en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Guerrero. Su línea de estudio se centra en la literatura ecuatoriana contemporánea, en particular en la generación del 30. Ha publicado los ensayos: Don Balón de Baba, Vigencia de una literatura invisible: La obra de Alfredo Pareja Diezcanseco y Modernidad narrativa en El Muelle (1933). Ha participado en talleres de creación literaria celebrados en el estado y ha publicado cuento en diversas revistas nacionales e internacionales.

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Ella nunca llora

Mi madre es la persona con la que he tenido las mayores discrepancias. Ambos nos movemos en mundos distintos, a pesar de eso hemos aprendido a no juzgarnos tanto, la expectativa ya no nos mata ni nos envenena, por el contrario creemos, y damos por hecho, que estar aquí es un pretexto para acompañarnos y vernos tal y cual somos. No hay carta debajo de la manga, ni plan emergente, soy la prolongación de su sombra.

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Elefantes, cuento de Marcelino Champo

Una vez alguien que amo me contó que cuando las cosas no van bien, dibuja elefantes. “En la India —me dijo— la gente acostumbra a bañar elefantes como una especie de ritual para la paz o la prosperidad; y como yo no tengo ningún elefante a mi alcance, pues, lo dibujo”. Nunca me he dado a la tarea de averiguar si esa historia sobre la India es verídica, si por aquellos rumbos la gente tiene la costumbre de hacer aquel ritual con matices paquidérmicos, pero quiero pensar que así es. A veces es mejor una bonita ilusión que una realidad insípida.

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Una Margarita deshojada

“Eran las dos de la mañana cuando Augusto llegó hecho un guiñapo. Apenas y podía sostenerse. Tocó el timbre. Mis hijos –Laura y Ernesto- y yo lo recostamos en el sofá de la sala. Habíamos estado llamándole para avisar que su madre se había puesto mal y que el médico había dicho que era muy probable no pasara la noche. Nunca contestó”, cuenta Margarita con una sonrisa que muestra cierto dolor, mientras arrodillada acomoda flores y enciende una vela en el panteón municipal de Tuxtla Gutiérrez, la capital de Chiapas, en México.

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Tincho

Esa zurda era envidiable, amenaza constante en la portería adversaria. No era Platiní, ni mucho menos Maradona, pero las canchas del Seguro Social en la Balbuena no han conocido a otro jugador de ese calibre. Una saeta, un depredador del área. Hijo de panaderos, Agustín Ramírez Carbajal, alias Tincho, vistió durante tres temporadas la playera del Deportivo Santa Rosa en el campeonato local. En la década del noventa no hubo rival que no conociera su sello. Dotado de un gran carisma y de picardía en el drible, Tincho alcanzó

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Línea 3, de Eduardo Cerdán

La tarde cae a plomo y tu turno en el trabajo está por iniciar. Urge que mandes el Platina al taller, pero, mientras que la UNAM no deposite, tendrás que usar el Metro. Te encaminas, arrastrando los pies, hacia División del Norte. Vas algo retrasada, pero la puntualidad nunca ha sido lo tuyo. Cargas tu bolso imitación de Tous en el hombro derecho, llevas tu anonimato a cuestas. El sol escurre por tu cuello y te sudan, secretaria cliché, las medias de tela opaca.

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El último discurso de los muertos

Cuento que mereció el segundo lugar en el 17º Concurso de Cuento Letras Muertas 2016 organizado por la UNAM en homenaje a Rufino Tamayo, y será publicado en la antología de dicho certamen.

Escuché a mi esposa intentar decir algo desde su ataúd, un débil susurro que no alcancé a entender. Sus palabras eran amordazadas por el olor a rosas y cempasúchil. Conforme llegaban más familiares, aumentaban las coronas de flores apiladas detrás y a los lados del féretro. Cada vez iba a ser

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Las tribulaciones de matar con una cuchara de plata

No muchas veces destrozo el cráneo de un hombre con una cuchara de plata. Es un acto brutal que no tiene sentido. Hasta donde sé, nadie más lo ha realizado y no creo que muchos se atrevan. Yo no lo recomiendo. Matar es un crimen sancionado por toda autoridad, pero matar con un utensilio de cocina es aún más abominable. Al menos a esa conclusión llegué después de ver el cuerpo de la víctima. ¿No es de por sí vergonzoso morir a manos de otro, para que además, en el colmo del absurdo, lo hagan con un objeto