Columnas, Necrológicas literarias,

2×1 en el morir

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Foto: Rogelio Cuéllar.

El humo de un cigarro largo y mentolado envuelve el rostro de esa  “Mujer inconveniente “. Es Thelma Nava que con su voz de fumadora me habla de los poemas que leí. Va de la calidez del trato al -casi- regaño, enérgico y concreto, por algún aspecto formal del que no di cuenta, u omití. Y luego vuelve a la ternura, y pregunta por mí, por mi familia. Raquel me abraza y me susurra: ella no está tan bien. Estábamos en Minería. No me acuerdo el año, fue la última vez que las vi juntas, y la última que abracé a Thelma.

Raquel y yo nos vimos varias veces más. Tomamos café en el Dalí, cerca de su casa, para hablar del proyecto maravilloso de re-publicar los números de Cocodrilo Poeta. Comimos en Coyoacán después porque leyó la última versión del relato sobre su papá y mi abuelo que incluí en el libro El fervor de la material (UANL 2019).

-qué pena que no lo vio publicado, me hubiera encantado verla en la presentación del libro hablando de esa escena en la playa de Oaxaca que ambos oímos de niños de distintas voces y que por la magia que -sólo- propicia la poesía se juntaron en la coyuntura de nuestra amistad.

El pasado Día de muertos escribí una calaverita, boba y simple, que Raquel festejó. Me escribió para decirme que le había gustado y que Thelma había reído mucho. Nos prometimos vernos pronto y no pasó, la muerte se nos puso en medio. Recordé esos días en que nos veíamos mucho; yo apenas si sabía qué escribir y cómo hacerlo y ellas dos me acogieron, me dieron consejos, me presentaron gente. Me llevaron una vez (íbamos en mi vochito rojo) a una casa en las lomas, muy fifí (se diría hoy) de una poeta cubana cuyo nombre no recuerdo y no he visto nunca más. Comimos delicioso y hablaron (yo me limité a beber) del futuro del PEN México. Luego, saliendo, Thelma dijo que todo aquello había sido una pérdida de tiempo. Excepto por lo bien que habíamos comido. Que hermosa familia fuimos esos días con ellas, Roxana, Lucía, Sergio y Will.

La mayoría de esas veces yo miraba a Thelma con el asombro de quien se enfrenta a la historia en carne viva. Repetía en mi cabeza y el verso hermosos de : ciudad antropófaga… y siempre admiré el valor, valor de veras (del que hace falta hoy en lo hombres y florece en las mujeres que toman la calle con la furia de quién está harto) de haber escrito “Mujer Inconveniente”:

Y, sobre todo,
usted no sería capaz de compartir a su marido
como lo hago yo
tranquila y resignadamente con usted.

¡Qué poema! Qué historias se cruzan en él, que nos lega la redondez de la vida con la humanidad en el centro de ella y su misterio.

No se puede regatear el deseo y eso lo supo Thelma, y se lo enseñó a Raquel.  La vida no puede estar sujeta a los mercados porque acaba en esta mierda, llena de machitos que se creen superiores y chicas que salen con miedo a la calle. Y no podemos permitir ni un segundo más que ello pase. Y, sin embargo, la muerte sí que nos sorprende con su oferta. Un dos por uno que nos deja en desamparo, sin las dos queridas amigas que ya harán tertulia en aquella dimensión. Allá donde Efraín quizá.