Poesía,

3 poemas de Nilton Santiago 

NS copia
Foto: Caroline Vogel.

Nació en Lima, Perú, aunque reside en Barcelona hace varios años. Es autor de El libro de los espejos (2003), La oscuridad de los gatos era nuestra oscuridad(2012), El equipaje del ángel(Visor Libros, 2014), Las musas se han ido de copas (Visor Libros, 2015) y, finalmente, de Historia universal del etcétera (Valparaíso Ediciones 2019). Ha obtenido, entre otros premios, el Tiflos de Poesía, Casa de América de Poesía Americana y el Premio Internacional de Poesía Vicente Huidobro. 


ARTE POÉTICA A FAVOR DE LOS MILAGROS Y EN CONTRA DE LOS AGNÓSTICOS

Y es así como “todo lo contiene todo”
y todas las estrellas
son en realidad el mismo miedo que huye de tu corazón
cuando despiertas por las mañanas
y vas a la ducha con la misma sonrisa que tendrías
frente a un pelotón de fusilamiento.
Si os fijáis bien, hace años que hemos dejado de ser nosotros.
Ni siquiera el reflejo del espejo nos reconoce,
ni la maquinilla de afeitar que recorre nuestra piel cada día
como si fuese un pez que tiene que aprender a nadar
una y otra vez.
Pero como “todo lo contiene todo” y nos arrastra hacia su vacío,
hay que ponerse la corbata y salir a trabajar
con el corazón aún en el friegaplatos.
Terminar de leer en el autobús
aquel poema que empezaste a leer cuando tan solo eras un niño.
Y de pronto descubrimos que hasta un poema tiene que callar
para decirnos que, en realidad, el tiempo no es más
que un hámster que gira incansablemente dentro de la rueda del vacío.

Entonces el poema lee la historia de Shoden Yamazaki,
aquel sacerdote del templo budista Choshoji
que acaba de ser arrestado por el robo de unas pantimedias,
y también lee que en Magelang han construido una iglesia con forma de gallina
y es cuando el poema se deshace de las palabras
y empieza a reír camino a la esquina de esta página en blanco
mientras piensa que, si todo es al fin y al cabo vacío, “nada existe”
que nada parece haber sido creado.
Pero de pronto el poema nos mira
desde el fondo de la página en blanco
y nos recuerda que Dios montó el paraíso y todo lo demás en 7 días,
y que los seres humanos tardamos miles de años
en imaginarnos a un barbudo
cuyo único mérito es caminar sobre el agua.
Vaya, dice el poema,
mientras piensa que la imperfección de unos y otros
hace de la creación el único milagro creíble.

Entonces el poema mismo es el vacío que crea,
el vacío que lo llena todo.

¿O es el poema que no existe el único verdadero?

 


SOBRE EL PORQUÉ ALGUNOS PANDILLEROS SECUESTRAN BALLENAS

Es hora del desayuno y Balam Rodrigo y yo
compartimos una gota de lluvia que alguien ha partido a martillazos.

No deja de llover
y un perro zapoteca nos trae en el hocico un tren lleno de salvadoreños.
No hablamos.
El silencio sacude sus ramas, como si fuese un árbol
que acaba de ser tiroteado al intentar cruzar una valla de equinoccios.
Al sacudirse, el árbol nos ha mojado de rocío
y ha hecho que varios peces caigan a nuestros cafés humeantes.
Me acerco a él para pedirle fuego, aunque sé que él no fuma.
Balam sonríe y saca de su bolsillo una estrella de mar
que migra cada día de un bolsillo a otro, de un corazón a otro (por reparar).
Su padre se la regaló hace varias vidas pasadas,
cuando los quetzales sabían hablar y lloraban.
Balam me pone la estrella sobre las manos
y un nuevo tren lleno de salvadoreños cruza esta mañana fría.

Balam dice que jugaba al futbol vestido de monje franciscano
y que, en Chiapas, los pandilleros secuestran a las ballenas
para enseñarles a pasar las fronteras con el estómago lleno de crack.
No muy lejos de nosotros,
la Mara Salvatrucha acaba de secuestrar a otra ballena centroamericana.
Lo sabemos por la forma en la que lloran los peces –asustados–
en nuestros vasos descartables de café.

Dos policías que nos oyen hablar nos dicen que los migrantes
nacieron de la costilla de un perro zapoteca
y no de las lágrimas de las ballenas.

Balam les sonríe porque cree que los países
no son más que pájaros en migración desde la creación del mundo.
Balam cree que yo me río de los pájaros migrantes
y que no me creo eso de que algunas ballenas duerman de pie.

Entonces se acerca a mí y me pide que cierre los ojos.
En ese mismo instante aparecemos en Tecún Umán, Guatemala.
intentando cruzar el río Suchiate.

Mi corazón es una estrella de mar que flota lejos de mí.

Nado para cogerla y, sin darme cuenta, llegamos al otro lado de la frontera.
Una ballena jorobada que me ve cree que soy un pez que llora.
No lloro, no, pero quizás sea verdad que soy un pez.
Cuando alcanzo la orilla alguien me apunta con su chimba y dispara
porque no llevo dólares americanos.
Balam coge la bala en el aire
y ésta se convierte en un quetzal de terciopelo.
Cuando me lo enseña abro los ojos.
Entonces veo que Balam Rodrigo está a lo lejos, mirando el vacío que nos separa.
Aún no hemos acabado de desayunar
ni hemos intercambiado palabra alguna.
No sabe quién soy (ni yo tampoco).
Sin embargo, hace siglos que ambos estamos muriendo
porque siguen matando a los perros vagabundos con veneno para estrellas.

 


EPITAFIO PARA EL ÚLTIMO PINGÜINO EN EL DESIERTO

Heme aquí,
como el búho aquel al que vimos una vez estamparse contra un árbol
y hacerse añicos las gafas,
el cuarto menguante de tu lado de la cama vacío,
como una estantería de un supermercado comunista
(o neoliberal, para el caso da lo mismo)
aquí estoy, heme aquí, pero estoy tan lejos como un agujero negro
a la hora del almuerzo de las estrellas:
dos docenas de ostras con todo tu lado del mar bajo el sofá
y es así como nos engaña la vida (o lo que queda de ella)
porque también la soledad es una mentira de las estrellas,
las llaves de una habitación de hotel al que no iremos nunca.
Tontos los peces y tonto yo por querer apagar el incendio que nos separa
con las lágrimas de la libélula que rescataste del atrapasueños
que usabas como pendiente
y que compramos hace años ya en aquella feria callejera en la ciudad del Cuzco.

Cierto, mi corazón necesita otra mano de pintura
y mis amigos nuevas historias de mis metidas de pata para partirse de risa
y seguir pensando que siempre hay una vida peor que la suya
como si ser una rata de segunda en el laboratorio de la mala suerte,
sea más divertido que ser un personaje de tercera
salido de una película de Woody Allen.

Heme aquí, dos cuartos de lo que fui ayer
aún naufraga entre el tren y la cena de ayer,
cuando te ventilaste dos besos
con el que decías que era sólo un buen amigo
mientras que yo recogía los platos sucios después de haber hecho la cena,
limpiando los restos del espagueti a la boloñesa
con las mismas manos que acariciaron los sueños de los gorriones
que solían dormir entre tus muslos, llenos de lágrimas.

Todos saben que entre tú y el infinito han pasado más de 150 veces
tus 15 minutos de fama
y no sé por qué demonios sigo intentándolo,
por qué diablos sigo volviendo una y otra vez
aunque nadie me pida que vuelva
a pesar de que no paro de lanzar mi corazón al aire,
una y otra vez,
como un náufrago que lanza una bengala cuando ve pasar de cerca un barco.

Aquí me tienes,
sé que ya no hay más neveras para que congeles tu buen humor,
ni tampoco oficinas de correos bajo tu cama
para que me sigas mandando (contra reembolso) al otro lado de la luna.
Tranquila,
todo lo que queda de mí
ya se lo han llevado a aquella oficina de objetos perdidos
en la que alguna vez nos conocimos, allí
donde también tú estás a punto de llegar
y donde el búho con las gafas rotas y tú y yo y tu ex
descubriremos, finalmente, que el “sentido de la vida”
está en la dirección contraria.