Del libro Aquella última tarde en Hill Valley, del poeta sonorense Manuel Parra Aguilar, ganador del Premio Iberoamericano de Poesía Minerva Margarita Villarreal 2026, presentamos cinco poemas que recorren centros comerciales, mercados de pulgas y aeropuertos del suroeste estadounidense, en una voz que se dirige a un tú y que, entre la observación minuciosa y el desconcierto, encuentra en lo cotidiano y en lo que apenas se dice una forma de mirar la frontera, la lengua y la memoria.
Libro realizado con el apoyo del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales, a través del Sistema Nacional de Creadores de Arte 2023-2026 en la disciplina de Poesía.
Aquí hay demasiado por ver, el ojo
anda tan aprisa, anticipándose a aquello que se mueve, buscando algo entre los legos de los aparadores—las manzanas amarillas junto a otras verdes—para entonces contentarse; los padres han decidido intentarlo de nuevo, eso se aprecia en el tono de piel; los jóvenes empleados están en la lucha contra el ángel, en lo oscuro; una niña, un niño, suben con precaución la escalera eléctrica; si no te acercas a llamarles la atención, a preguntarles por sus padres, habrá sido una lástima el haber venido; con el calor de las voces, es inútil preguntarse de dónde vienen; los rostros se opacan entre la arquitectura de tucson mall, pronuncian palabras confusas; entran en escena nuevas voces—son ansias de regresar a casa—pero solo el Altísimo saben lo que dicen; no vas a repetirlas, no vayas a repetirlas
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En el mercado de park’n swap, tu padre
compra una tostadora de pan; ha hecho la conversión de los ajustes de sombra, del amarillo metálico de los pesos, los impuestos; decide que es una buena compra; arriba, ningún pájaro ha cantado todavía; para el joven vendedor—cuyas púrpuras ojeras delatan su edad, lo mismo que el tatuaje del ancla clisé sobre el hombro al descubierto—es la primera venta de la mañana; sopla el viento; lo que aquí te digo es cierto, pudiéndose extender un par de páginas más; yo no he sabido de algo parecido; allá arriba, bajo el techo del mercado de park’n swap, cantan algunas aves, no sé decirte cuáles
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Esto sucedió en corpus christie, todo
el mundo sabe la historia, te dice el vendedor de zapatos en saratoga town, con una exaltación de elogios populares, dirigidos al blue ghost, exaltación que te recuerda un par de fantasías al intentar convencerte; aun con la imagen en la mente, al mirar hacia los aparadores solo ves otros aparadores, zapatos, más zapatos, desfile de pasos, la cruda luz de los anuncios color guayaba; recuerdas haber escrito un poema donde todo se resolvía distinto, un poema donde tu mirada atraviesa la estatua conmemorativa de selena, más allá de north beach; conversas largamente en inglés con el empleado casi a punto del llanto; estás por cumplir los cuarenta; no sé si lo has notado, pero aún tienes el talento de mantener largas conversaciones con lo que no se dice
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El joven decora pan de plátano que
más tarde, a pesar del susto en las turbulencias, el páncreas descompondrá los carbohidratos; con excesiva modestia, sigue las indicaciones que dicta la monja, a quien llamarás la clienta, café en mano, expresión algo confusa; en el bolso, icónicos llaveros de una blanca estrella solitaria en un fondo azul; en la vitrina te observan las prisioneras rodajas de pan; llevándose consigo parte de atención, pasa san antonio; tu vuelo está por despegar, por lo que en la última llamada se aprecia el encono al extraviar el ticket, no está claro; la voz casi efímera de la clienta te recuerda otras alturas; miras el paisaje de reojo, al joven, a san antonio, a la monja; todos siguen las indicaciones en inglés, no son fáciles de entender; no hay diálogo, solo indicaciones cuando se preparan para abordar el avión; en la vitrina del local, se ha estropeado la limpieza con la cual los viajeros se han acostumbrado
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Tú voceas al empleado para que limpie
el pasillo de los desinfectantes—un cliente ha roto una botella—en el jingle, es tuya la voz de la joven sorprendida por los descuentos, eres quien hace un puchero irreal, luego dices palabras confusas; tú quieres domesticar culebras, liebres, coyotes—no sé cómo decirlo—o tal vez tranquilizarlos—quisiera saber cómo explicarme—a la hora del almuerzo, tú pones el mandil sobre tus hombros, con la intención de descansar de tanto peso; tú luces tu camisa estampada con trenes que se vacían en l.a. o san diego; tú fumas laramie ligeros; tú prefieres salir a comer huevos duros que estar encerrada en la cocina de ross; tú respiras el aire medido en fahrenheit antes que el ambiente climatizado de ross; tú piensas que ha valido la pena levantar cada ceniza de las medias tardes antes de regresar a casa; tú recuerdas el jingle; incluso cuando sueñas, sueñas esa canción; ¿de qué otra manera podrías cruzar remando en tu bote de jolly rancher todos los días?
Manuel Parra Aguilar (Hermosillo, Sonora). Maestro en Estudios de Arte y Literatura por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Ha ganado el Premio Iberoamericano de Poesía Minerva Margarita Villarreal; el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines; los Juegos Florales Iberoamericanos Ciudad del Carmen; el Premio Internacional de Poesía Oliverio Girondo, organizado por la Sociedad Argentina de Escritores, SADE; el Premio Nacional de Poesía Amado Nervo; el Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal, entre otros. Libros de poesía: Los muchachos del Guinness Book, Permanencias, Pertenencias, Breves, entre otros.





