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Acervo de Poetas Chiapanecos: Juan Carlos Cabrera Pons

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Foto Dahil Melgar_
Foto: Dahil Melgar.

Poema que no dice nada

Nada nuevo puedo yo decir de ella.
Todo lo que en ella se confirma
ha sido escrito ya para otras tantas.
Nada hay que pueda yo decirle.

Sus pies son dos nidos donde abrevan
las aves su discurso matutino.
Su espalda es un arrollo en que discurren
a un tiempo la humildad y la soberbia.
A veces al sentarse una frontera
confusa pero luminosa
abre su falda para bien del mundo.

Nada que no le hayan dicho hay
que pueda yo decirle. Nada
novedoso en estos versos. Nada más:
tropezar con la escritura
y nada.


Miraflores

siempre supe que te encontraría
en alguna vieja calle de Lima.
desde entonces
preparo cuidadosamente nuestro encuentro.

María Emilia Cornejo

Vamos, démonos el tiempo para celebrar
la niebla que se reúne en torno a los faroles silenciosos.

Para distender el manto de la hora, en vano
queremos penetrar la materia hermética del pensamiento,
y de nada ha de servirnos descifrar su paso.

Mira: recluido dentro de sí mismo, el parque se contiene.
Con el vaivén de sus maneras, las parejas
tensan la curva de sus márgenes. Acaso no sea
también su borde, como el nuestro, sino objeto
de una casualidad mudable. Démonos el tiempo
de conmemorar las curvas de su margen.

La marea amasa el borde de la Costa Verde. ¿Quién
ha signado sus aristas? ¿Quién delineado los sus cantos?
Mira cómo va creciendo el parque dentro de sus ramas,
como el cuerpo vivo por entre las venas,
y sus jardineras se dilatan. La orilla,
finamente recortada por una mano hábil, quizá imite
los pasos de dos sombras en la noche.

El parque se hiere de susurros. Yo te sigo entre sus andadores
como el vaivén de las luces en el malecón
al mecedor de la marea. Vamos,
démonos el tiempo de velar
la delicada confección de este minuto:

la niebla se reúne alrededor de este silencio
y arrastra entre las calles el olor del mar.

(Para Dahil Melgar)


La violinista

La forjaron en la más oscura sombra
del húmedo rincón de una caverna.
Para que mejor supiéramos temerle,
hicieron de la violinista
una copia animada de su infierno:
sus ochos patas como los angostos
túneles al centro del prosoma.
Quien primero la miró, un solitario,
supo guardar distancia.
En una lengua aún no escuchada,
erigió para ella un monumento:
con los ojos quietos la nombró
…………………………………………………araña.

Alejada del resto, no quiso para sí
las geometrías en que reposan
el rocío y la luz de la mañana.
Antes buscó los rincones,
la insospechada esquina, el hueco
justo al borde de mi cabecera.
Y se quedó esperando. Ahí
aprendió el silencio. Ahí practicó
el arte de esconderse. No
la hallaré esta noche. Y no perdona:
fiel a sí misma,
es tan callada que ni quita el sueño.

Y como no llegara con su anatomía
a predecir mi insomnio, jamás
supe temerle ni por cerca ni por lejos.
Y al recostar las sienes casi al borde
de su esquina, me acosaron más bien
otros temores: no de su luz la sombra
sino el estridente bochorno de las horas.
Cómo hubiera querido
que brillara sólo para mí el minuto
que es la vida. Que me alumbrara: vos,
más que ninguno,
sos un singular entre la especie.

Calladita, la violinista no distingue
las promesas del siglo.
Sabe que hay un segundo, el suyo,
que no perdona. Quizá esta noche
al fin descifre su caligrafía.

VI

Pero si el tiempo justo
–su balanza de seda milagrosa–
no depara fortuna a mis papeles
dirás:
Nunca fui suya,
jamás entró sus manos en mis aguas tranquilas,
no me tocó al tocarme;
y además era feo:
su imagen aumentó mi astigmatismo.

Eduardo Lizalde

No persistió mi palabra en la distancia, no deparó fortuna
el tiempo a mis papeles.
Jamás la amada se bañó en mis aguas turbias.
Manco y torpe, feo astígmata,
mi imagen alentó el olvido en su memoria. No deparó fortuna
el tiempo a mis papeles.

Para que mejor pudieran escucharla, cubrí sus oídos de antemano sordos,
pero ninguno supo distinguir su canto del agitado canto de las olas. Para mejor vencerla,
caí en su trampa; para mejor huir
até mi cuerpo a erecto mástil, impaciente. La perdí para mejor buscarla,
para que las amarras en mi piel ardieran esa noche. Pero no deparó fortuna
el tiempo a mis amarras.

No persistió mi canto en sus oídos como su silencio en la palabra mía. No deparo fortuna
el tiempo a mi ceguera. Nadie sabrá que he muerto,
que si feo astígmata en vida anduve, doblemente incompleta
fue mi muerte. Pero lo triste
no fue que mis ojos lo cegaran todo; fue no ser visto por ella, dadora
del astigmatismo. No deparó fortuna
el tiempo a mis papeles, ya nunca los lectores
sabrán de su ceguera.


(San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, 1986). Es candidato a doctor en Literatura Comparada por la Universidad de Massachusetts. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Mérida 2008. Fue becario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico (PECDA) que otorga el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes (Coneculta-Chiapas) durante 2010; y del programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de poesía, durante el periodo 2015-16. Ha publicado los poemarios Cuatro piezas danesas (Fondo Editorial del Ayuntamiento de Mérida, 2008) y Poemas póstumos de Lontano Pereyra (Secretaría de Cultura del Estado de México, 2015). Ha realizado lecturas de su obra poética en diferentes recintos de México, los Estados Unidos, Canadá y Cuba, y poemas suyos han sido publicadas en diversos medios a nivel nacional.