Poesía,

Cinco poemas de Thelma Nava, en su memoria

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Foto: Rogelio Cuéllar.

…y voy a la vida como se va a la muerte o al amor: sin saber nada.
Thelma Nava

El poeta y dramaturgo Víctor Hugo decía que la belleza y la muerte eran dos cosas profundas, dos hermanas terribles y a la par fecundas con el mismo secreto y con idéntico enigma, esta afirmación se sostiene tras la idea que morir es, a la vez, un acto poético; algo de dónde escudriñar, de qué hablar y escribir. La muerte habla por sí sola todos los idiomas del mundo, por eso se le considera, además de un símbolo de respeto y añoranza, un tabú que se mantiene por el miedo, pues transgrede los límites de la razón.

Thelma Nava (Ciudad de México, 1932), poeta y periodista mexicana, Premio de Poesía Ramón López Velarde 1962, falleció la noche del sábado 17 de agosto, en Canadá, a las 86 años, a su paso por el mundo de las letras dejó grandes obras que cimentaron su talento poético y aunque en sus inicios mostró gran inclinación hacia los poemas amorosos, poco a poco fue descubriendo nuevas formas y estilos que la llevaron a escribir temas vinculados a los procesos sociales.

Dionicio Morales, en la nota introductoria del Material de Lectura de la UNAM, número 175, afirma que la poeta humanizó la realidad estremecedora y brutal convirtiéndola, a través de su palabra, en una piedra de toque donde nacen los aires libertarios de un mundo más habitable.

Hoy en Carruaje de Pájaros publicamos cinco de sus poemas más representativos buscando, como afirma en su poema 3 de Canciones para el celebrante, la melodía secreta y el rastreo por el olor del mar como un delfín hambriento.

Juan Olivares


POEMAS

Palabras al amigo solitario

A Tomás Mojarro

He aquí que estás y vives y nada es suficiente.
Un algo insoportable te domina
y la ciudad no cabe ya en tus manos.
Se te sube a la espalda,
regresa a tus zapatos.
Y piensas en el hijo que no tienes,
en la mujer amada que le falta a tu noche cada día.

Aquí estás, dividido,
doliéndote esa inconforme sangre que tú eres,
los huesos que tú eres sin desearlo
el salmo de un amor que no pediste,
la despiadada furia que aniquila tus buenas intenciones.

Aquí estás y aquí buscas
a uno más solitario que tú para entregarle
esa mitad de amor que te has guardado,
esa mitad de llanto que no lloras
y esa mitad de muerte que tú vives.

.
Esbozo para empezar un amor

Certero, como el que apunta al corazón dorado de la uva
te aposentas en mí.
Preciso como el aire de junio,
la infatigable luz que se adormece en la tarde
o el grito del flamenco desplazando inútiles ocasos.

Por ti salgo a encender la pira de los sueños
y a cosechar gardenias imposibles.
Las prendo a un pedazo de tronco fugitivo:
testimonio de ofrenda para el viento
—guerrero hecho de vidrio por el que se despeina
lánguidamente el árbol de un crepúsculo enfermo.

Porque llegas aquí,
porque estás en el bosque del prodigio al comienzo
de una ternura más redonda que un disco de diamante
y más pura que el canto de un canario que tiembla
y se deshace al pie de una ventana de alcanfores.

Por eso, amigo mío, voy a pulir mis manos en tu rostro.
Porque estás aquí en ti yo creo.
Creo en la llamarada de la tierra
y en el fulgor de un lago que te escucha
que se hace cada vez más transparente.

Quiero saberlo todo: lo que se esconde detrás
de la violencia de tus ojos,
lo que hay bajo la cuerda tensa de tu piel.
Para decir el nombre de las cosas, la palabra precisa,
la que en ti permanezca, la que te diga buenos días
y te descubra el vuelo de la dicha, la orilla de los besos
circundados apenas por una lágrima cuidadosamente amaestrada:
voy a iniciar la huida del silencio.

Antes que acabe el alba de seducirme con sus hojas de oro,
antes que el viejo árbol empiece a corretear a los conejos,
detendré la mirada en la resurrección de una esperanza
que se tienda a tu lado como un largo animal adormecido.

Del libro Colibrí 50 (1963-1964).

Canciones para el celebrante

I
Espléndido animal, óyete resonar por la noche
como un tren que conoce el lugar de su destino.
No preguntes a nadie cuál es el sitio.
Para el que indaga no está reservada la respuesta.

¿Quién, celebrante, se atrevería a ponerse el olor del mar, la túnica de los desaparecidos?

El intérprete de los signos no era el elegido en la asamblea de los papagayos, en la ilustre casa del viento, único personaje real, señor de las almendras amargas.

No había reservaciones para ti
ni esa dicha con la que soñaste, incansable buscador
aullando desesperado, animal maldito y perseguido
que deja detrás suyo la pisada de la violencia
súbitamente extranjero de su piel.

Ríndete al acoso de lo imprevisto.

II
Tú no vas ahora a ninguna parte.
Las caricias del amor te anclan.
Eres una bandera llegada al término del viaje
y tu amor es más fuerte que el antiguo sobresalto
de no saber adónde habrás de librar la próxima batalla.
Caminas hacia otro cuerpo, hacia el temblor de otra sangre en tu sangre
donde vuelves a reconocerte.

Te levantas del lecho del amor, de la isla de tu cuerpo,
poblada de luces, de señales de un código que tú inventaste
para comunicarte con los que aún creen en la pureza.

III
Contra la costumbre de la soledad invento el mito.
Construyo los puentes ante los acontecimientos probables
y voy a la vida como se va a la muerte o al amor: sin saber nada.

Siempre son otros los que dicen las palabras más sabias.
Busco solamente la melodía secreta que ellos no escuchan
y rastreo por el olor del mar como un delfín hambriento.

Llueve sobre los rostros amados, sobre la piel del domador y la huella del látigo.
Llueve sobre la soledad de los objetos, sobre los bosques cercanos
donde tú cantas al corazón de la lluvia y me descubres.

.

El primer animal
Soy un torpe animal melancólico que a veces se alegra de la lluvia o la niebla
y mira pasar sus piernas en ocasiones extrañas dentro de su cuerpo
mientras gusta de encender la noche con el fruto de sus lamentaciones
y de vez en cuando
como un alto nombramiento conferido desde la infancia ama.

Soy un torpe animal que no se sacia
de buscar la ternura escondida en un vieja campana de barco,
en un poema leído a solas o en esa sensación elemental de tener hambre
o frío.

Soy simplemente un animal sencillo y primitivo desde mi origen,
cruel algunas veces y que gusta de ser largamente acariciado,
penetrado por un sol amoroso, rodeado por pequeñas y tiernas palabras.

Deseo la construcción de un mundo capaz de contenerme.
Mi naturaleza de animal me vuelve frágil, insumiso y violento
en las horas en que me pongo a jugar el juego de la vida.
Hago la luz y los silencios
y soy humano hasta donde mi capacidad me lo permite.

Porque soy primitivo vuelvo mis pisadas a la tierra,
el olor de la tierra que me ha enseñado siempre
a poder distinguir al enemigo, al que pisa distinto y habla diferente.
Soy dócil y sensible. Me gusta a veces comer granizo, beber café y
escuchar a Vivaldi.

Y viajan mis ojos por paisajes interiores y canto y mi sangre se aquieta.
Siento que soy el animal de todos los asombros:
el primer animal sobre la tierra.

Del libro El primer animal

En México, donde tu fuego tampoco podrá extinguirse

Al comandante Ernesto Che Guevara

Será porque hoy tu fotografía junto a mí
es una lámpara de fuego
y ha venido un poeta de España que persigue tus pasos
por la calle de Nápoles de la ciudad de México.
Será porque duermes entre peces de tierra
y no hay una paloma sobre tu pecho
y tu espalda se ha quedado en silencio.
Porque estás un poco más cerca de nosotros
y una rosa de estaño aparece desnuda entre tus manos.
Será porque no tengo tu mancuernilla derecha
ni fui la maestra que habló contigo
a la que corregiste los acentos
en la pequeña escuela de Camiri.

Yo sólo soy una mujer que tiembla cuando dice tu nombre.

Del libro Los pasos circulares

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1 comentario

Frida Varinia Ramos Koprivitza

agosto 20, 2019

Excelente página

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Frida Varinia Ramos Koprivitza

agosto 20, 2019

Me gustó mucho su propuesta me gustaría participar y saber más de ustedes,yo escribo,soy poeta y vivo en Temixco,Morelos

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