Poesía,

De palabras y de trópicos: Carlos Pellicer

Pellicer

Carlos Pellicer nació el 16 de enero de 1897 en Villahermosa, Tabasco, y se convirtió en una figura central de la poesía mexicana del siglo XX. Desde joven mostró un profundo interés por la literatura y el arte, lo que lo llevó a estudiar en la Universidad Nacional Autónoma de México y a formar parte de los movimientos culturales más innovadores de su tiempo. Su poesía, caracterizada por un lirismo que combina una profunda sensibilidad por el paisaje tropical y la exaltación de la naturaleza, marcó un antes y un después en la tradición poética nacional.

Entre las obras más notables de Pellicer destacan Colores en el mar y otros poemas (1921), su primer libro, donde la naturaleza adquiere un protagonismo vibrante; Recinto y otras imágenes (1941), una colección de versos que explora la espiritualidad y el amor; y Subordinaciones (1949), donde combina un lenguaje sencillo con complejas reflexiones filosóficas.

La influencia de Pellicer trascendió su tiempo. Su poesía, profundamente arraigada en la belleza del paisaje mexicano, se convirtió en una inspiración para generaciones posteriores, especialmente para autores que buscaron un equilibrio entre la tradición y la modernidad.


ELEGÍA DÉLFICA

Apolo ha muerto.
Desnudad todas las cosas de la tierra y del mar.
Desnudad la nube hasta entonarla en lluvia,
y el aire en su impalpabilidad.

Los automóviles pasan melancólicos.
Y en la mecánica del tiempo
las poleas elegantizan los ángulos del taller
con una nueva elegancia por el dios desierto.

Apolo ha muerto.
Haced salir la Aurora a media noche
seguido del divino Quetzalcóatl.
Abrid la tierra y echad las esmeraldas y las voces.

La velocidad camina paso a paso.
La orquesta del mundo ha olvidado sus partituras.
El pulso se adelanta.
Los príncipes ayunan, las aves se herrumbran.

Apolo ha muerto.
Verted el vino sobre el mar inmóvil.
Cerrad el libro del otoño.
Partid con la noticia hacia la Dóride.
El bosque negro se adelgaza.

Brilla la Muerte en el horizonte.
Crecen, largamente, las pausas.
¡Apolo ha muerto! Cubrid las liras-hombres
con la Noche desnuda que al pie de la Aurora, danza.

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SONETOS BAJO EL SIGNO DE LA CRUZ, III

Cuanto tenga en mi voz el agua clara
de ser con los demás como conmigo,
del agua montañosa seré amigo
junto al hermoso mar que se acitara.

Cítara el huracán tendrá por cara
y azul la mano por rozar el trigo.
Toda criatura me dirá: “contigo”,
cuando en el agua escuche mi voz clara.

¡Si yo pudiera levantar los brazos
y abrirlos como en fruto bien maduro
hace el árbol al sol! A tus hachazos,

oh vida, mucha rama está cayendo.
Tal vez queden las dos que el tronco oscuro
entre sombras y estrellas va pidiendo.

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LA VOZ, VI

Cuando en el pensamiento
de Dios las cosas y los seres
fueron, mi voz estaba ya prevista.
Lejos de lo divino se oye esta voz. Su angustia
es no saber callar. A todo da un nombre. ¡El
mismo
nombre!
Grita y la soledad le responde con alto
eco de soledad.

En la tierra, en el agua, en el aire, en el fuego,
su ritmo tiene inercias irremediables.
Algo de Dios a veces parece que le espera.
Un tiempo de colores, su mundo es una nube
frente a aurora o crepúsculo. Sabe lo que es Poema.
Y de la Poesía ¿nunca sabrá? ¿Ya sabe
y no sabe qué sabe?

Voz del ángel caído,
voz de los ángeles en tierra,
voz que en el tiempo da su tiempo
y de pan y agua sólo vive.
La voz de callar nos dé fuerzas
para oír el llamado oportuno
de la abeja y del mar, de la palmera
y la esmeralda y el río
para ser la voz íntegra que al Paraíso
de la voz de Dios vuelva
en la voz de los ángeles que no caerán, jamás.

.
EL TIEMPO QUE NOS UNE Y NOS DIVIDE
–frutal nocturno y floreciente día–
hoy junto a ti, mañana lejanía,
devora lo que olvida y lo que pide.

Cuidar en él lo que al volar descuide
será internarse en su relojería;
y minuto a minuto y día a día,
sin quererlo, aunque poco, nos olvide.

Olvidados del tiempo, esos instantes,
serán de eternidad; los deslumbrantes
momentos del instante de lo eterno.

Junio en tus manos su belleza afina;
el otoño es su dócil subalterno.
Tiempo y eternidad tu alma combina.

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NO LO SÉ, PERO UN DÍA BUENO Y SANO
y hermoso de estar lleno de alegría,
sangrando todo un fruto de energía,
saldré a buscarte con el sol mediano.

Seré de tus palabras artesano,
tan silenciosamente que ese día
junto al mar o en profunda serranía,
veré la luz saliendo de mi mano.

Y te diré: Señor, yo nada entiendo;
por Ti la sombra de mi vida enciendo
como Tú de la noche das el día.

Y si me miras un instante apenas
sembraré entre las rocas azucenas
y junto a mí estará la lejanía.

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