[i] Llovizna
Cuando llueve, el sentido común nos hace resguardarnos de la lluvia. Sin embargo, existen aquellos con el alma tan asilvestrada como Robinson Crusoe, que se lanzan a la imposible caminata bajo la lluvia. Desgraciadamente, mi alma es de esas y, cada tanto, con la ingenuidad y la ferocidad de aquella frase de Nietzsche “ya no espero que pase la tormenta, aprendí a caminar bajo la lluvia”, me arrojo sin timidez a la calle. La historia de esas veces me dice que nunca terminan bien. Siempre (subráyese esa palabra), irremediablemente, termino mojado, enfermo y cansado. Sin embargo, ese perderse en medio de la lluvia o llovizna, guarda un encanto irresistible. La calle se vuelve un espectáculo de agua, brincos y escamoteos imposibles. A medio camino entre el naufragio y la pericia náutica, caminar en medio de lluvia ofrece una especie de recuperación de un pasado más complicado, lejano de automóviles y calles pavimentadas; se trata de caminar a saltos para evitar las corrientes de cada esquina, de protegerse bajo las marquesinas, de esconderse en las paradas del transporte o de buscar resguardo en cualquier árbol. Nunca he llegado intacto a mi destino. La lluvia es engañosa, no hay paraguas que nos salve, ni plástico que logre cubrirnos del agua. Cada vez que termino un recorrido de estos, escucho mentalmente esa nota en La bemol que aparece en el Preludio, Op. 28, No. 15, de Chopin, que cae como una impertinente gota de lluvia al fondo de toda la composición.
[ii] Tormenta

Foto: archivo de internet.
Toda tormenta es impredecible. Guardan esa belleza casi geométrica del caos. Las tormentas nacen a manera de una pregunta: ¿qué nos espera? La lluvia torrencial es desastrosa, sin fórmulas, sin manera de enfrentarla. La tormenta conlleva una suerte de pérdida de expectativas. El azar es parte sustancial de lo que somos y las tormentas son un reflejo de ese caos sagrado a manera de pregunta sin respuesta. No habitamos los sentidos o resortes de la certidumbre. Habitamos ciertas metáforas imaginativas que nos dan sostén, pero no hay posibilidad de enfrentarnos al irremediable paso del azar en nuestras vidas. Y aunque kantianamente pensemos que el azar sólo existe en nuestras mentes, no nos queda más que aprender a esquivar los múltiples giros del azar. Lo dice mejor Mallarmé:
Ha surgido fuera de antiguos cálculos
En el sitio en que la maniobra con la edad olvidada
………………………………………………………………….que antaño empuñaba el timón
………………………………..del horizonte unánime
………………………………..a sus pies
………………………………..prepara
……………………………………………se agita y mezcla
……………………………………………en el puño que aprisionaba
………………………………..al destino y los vientos
………………………………..ser otro
……………………………………………Espíritu
……………………………………………………………….para arrojarlo
……………………………………………………………….en la tempestad
………………………………………………………..relegado la escuadra y pasar altanero
……………del secreto que adentra
[iii] Después de la lluvia
That precarious gait
Some call experience.
Emily Dickinson
Ese andar precario que algunos llaman experiencia forma parte del resto que queda tras la lluvia. Después de la lluvia, de haber brincado, haber sido mojado, caer, tratar de cobijarse, que nos queda sino eso que algunos llaman experiencia, como la idea que guarda ese bellísimo poema de Emily Dickinson. La vida trae un conjunto de vivencias que nos conforman un rostro. Ese rostro de las cicatrices, de la huella del tiempo en nosotros. La experiencia de habitar nace del contacto. Pensamiento, carne, movimiento, cuerpo, un todo que se coloca ante el mundo, para vivirlo con ese andar precario que es la experiencia.
[iv] Las mañanas

Foto: Raúl Vázquez.
Las mañanas grises de Tuxtla Gutiérrez invitan al recuerdo. Sobre todo, porque son pocas. Normalmente, las mañanas de esta ciudad son calurosas, brillantes, soleadas. Pero, hoy, amaneció relativamente gris, con ese anuncio de lluvia tan frágil, que parece que no vendrá el agua, pero que tal vez sí. En eso del clima uno no sabe. La mañana empieza sin estridencia, con hambre y con ese regusto tristón de la nostalgia. Porque, de pronto, todo se vuelve recuerdo. Las lluvias de la infancia, las tormentas de la juventud, la brizna aún intempestiva de la madurez. Y, empieza, el trabajo de recordar lo andado en esta ciudad que fue hecha para el recuerdo.




