Narrativa,

Dos cuentos del libro Piezas nihilistas, de Miguel Barquiarena

Miguel Barquiarena

Miguel Barquiarena (1975). Poeta y cuentista mexicano, licenciado en leyes. Entre otros reconocimientos a su escritura poética, ha sido galardonado con Premio de Poesía Tamaulipas 2008; Premio de Poesía Zafra de Utopías 2011, COLECTIVO 3 y IMCA; Premio Estatal de Poesía Juan B. Tijerina 2015, ITCA; Premio Nacional de Poesía, Juegos Florales Ramón López Velarde 2018 Instituto Jerezano, Zac; Selección Regional de obras y autores del Programa de Coediciones FORCAN-CONARTE 2018; Premio Nacional de Poesía Carmen Alardín 2019, CONARTE; Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2019, Consejo para la Cultura y las Artes de Nayarit; Selección para publicación de obra en coedición Poetazos con sangre 2020.


Piezas nihilistas

SIEM REAP

Un día estudias las grietas del techo de tu recámara, mientras calculas cuánto tiempo llevas sin rasurarte, y otro día estás en Camboya con tu pene sumergido en agua fresca.

Seguí las instrucciones de la anciana a rajatabla, o eso supongo, nos comunicábamos a señas. Lo reposé sobre la concavidad del refractario de vidrio. Mi pene, flácido, entró en el agua cual cocodrilo que vuelve al lago. Allí se quedó a medio hundir, submarino en espera de órdenes. En eso, pececillos curiosos rodearon al extraño visitante. Tras unas rondas de reconocimiento, el pececillo alfa dio la primera tarascada entre cuello y prepucio, un Draculita en potencia. Tras ese acto de valentía, el cardumen siguió su ejemplo. Contra mi pronóstico, mi pene inició su agrandamiento hasta el límite de sus posibilidades. En una reacción en cadena, las venas dorsales brotaron como raíces salientes. Más pececillos, al distribuir su ataque a lo largo y ancho, modestia aparte, encontraron un espacio para morder. Mi pene era una cerda de mil chiches, de esas rosadas, amamantando a un centenar de lechones. La anciana, cuya presencia empezó a incomodarme, aplaudió orgullosa de sus criaturas.

Teresa murió el invierno pasado. Una neumonía canceló nuestros planes de envejecer juntos. Desde que iniciamos la vida en común, ella tuvo la salvaje costumbre de no usar pantuflas. Eso me gustó, verla descalza, quién iba a suponer que una gripa se le complicaría a ese grado con tan sólo cuarenta y cuatro años. Una década de matrimonio, de complicidad, más bien, el matrimonio es para las parejas que se reproducen como animales de granja. Fuimos dos independencias que se conquistaron una a otra. Había que madurar, comprar una tele de sesenta pulgadas, dejar de pagar renta, evitar que la muerte encontrara solo al primero en irse, sumar esfuerzos sin llegar al exceso de los hijos. La tarde en que enterramos a Teresa, un manto de nieve se extendió por el cementerio confundiéndose con las lápidas de granito. Sus hermanas vinieron de tierras cálidas, tenían la nariz roja como Rodolfo el Reno, como ella en enero.

¿Qué tiene que ver esto con mi viaje a Camboya? Todo: en lo absoluto. Por más complicidad que haya en una pareja, hay temas que se quedan al margen. No le cuentas a tu aliada las veces que te sacaste un moco y lo embarraste por ahí. Teresa nunca supo, ahora lo pienso, que me gusta encontrar filtros de cigarro en los mingitorios. Los detecto y les descargo mi chorro de orina. Me relaja hacerlos girar hasta desprenderles el envoltorio, no lograrlo me provoca frustración; así las cosas, Teresa no sospechó de mi afición al onanismo. Es decir, supo que me masturbaba, lo hice frente a ella en nuestros juegos sexuales. Me refiero a que no se enteró hasta dónde llega mi necesidad de autocomplacencia. Fui tan metódico que nunca fue un problema para nuestra intimidad. No siempre me adentré en las sombras de la puñeta por huir de ella, por añorar a otras mujeres, no, en varias de mis fantasías estaba Teresa. La misma Teresa que aguardó en la recámara mientras yo me masturbé en el baño pensando en ella, así de absurdo es el deseo.

No soy entusiasta de asuntos paranormales. Desde los platillos voladores hasta las vírgenes en los comales, todos esos chismes me importan un tarro de mierda. Pero cuando sepultamos a Teresa ocurrió algo. Los allegados, al despedirse, me dejaban con su pésame las palabras Ella te cuidará desde el cielo, No te preocupes, seguirá a tu lado, Teresa velará por ti. ¿Frases inofensivas de consuelo? No, fue ahí donde nació su fantasma. No pude evitarlo; antes ella iba de compras al mercado y yo me masturbaba sin preocupación. Ahora ella está en todas partes. Al morir dejó de ser humana para ser un circuito cerrado en la casa, en mí, a donde quiera que vaya. No basta poner bocabajo su retrato, encerrarme en el baño, su ausencia habita cada rincón. Mi privacidad se anuló. Aunque no creyera en lo sobrenatural, esas frases se me metieron a palmadas en los hombros. No puedo desasirme de ella.

Intenté cuanto se me ocurrió, por ilógico que suene, hasta que la abstinencia sembró su bandera. Me estimulé bajo la colcha, quizá en ese espacio reducido no podría hacerse presente, pero no logré concéntrame. Pagarle a alguien para que lo haga por mí, ¡jamás! La idea de que ella me vea me avergüenza a tal grado que me conmueve decepcionarla después de muerta.

En mi búsqueda interior, recordé el seguro de vida que nos obligaron a comprar cuando abrimos la cuenta de banco. Viajé a Camboya, para meditar en las ruinas de Angkor Wat. ¿Cuántos domingos planeamos visitarlas juntos? Me hospedé en el barrio chino, por lo económico, sin considerar el bullicio de vendedores de tiliches. Justo frente a mi hotel había una de esas clínicas de masaje, algo precaria, la descifré por los dibujitos de puntos sensoriales del cuerpo pintados en la pared. La curiosidad me empujó a entrar. Vi una piscina con pececillos para exfoliar los pies. Entonces me cruzó por la mente una locura, o lo que creí una locura, ya que la anciana a cargo del negocio entendió en pocas señas, por lo que no fui el primero. Sacó un refractario con agua limpia y transbordó con una red a un ejército de pececillos.

En pleno banquete, la anciana estiró los brazos hacia mí con las palmas abiertas. No creo que venere mi circuncisión, pensé, ¿querrá que le pague diez dólares?, como pude se los di. Satisfecha, hasta una revista porno me ofreció. A lo que, digno, me negué con una ligera mueca, para no agitarle el agua a mis convidados. Mi asunto era espiritual.

Al fin, lejos de casa, sin contacto libidinoso, mi pene expulsó medusas de semen que fueron desmembradas por aquellas liliputienses pirañas.


JAZMINES

 En el puente del arroyo, abrazada a ti, te confieso que las plantas crecen cuando me excito. Te digo me excito y no “me excitas”, porque no siempre fuiste tú y, sin embargo, al amar a tus antecesores, igual se agitaron los cipreses. Me besas. Me juzgas de romántica poeta. Hernán, yo sé de versos lo que una hiena sabe de repostería. Te ríes, por supuesto.

Me relajan tus caricias, pero ¿ahora? Es curiosa tu ternura cuando, en este parque, tú eres la estructura más frágil. Ignoras que me basta ensartar un dedo en la tierra, imaginar tu boca en mi cuello, permanecer así un par de minutos, para que las semillas, tres metros a la redonda, entren en parto.

Te cuento que, en el despertar de mi carne, me estimulé frente a un manzano. Como ese de allá, y vi desprenderse sus esferas, que antes se disimulaban verdes, convertidas en corazones palpitantes en sincronía con mi orgasmo. Dame tu mano. Pateemos ese cúmulo de hojas.

Te sugiero que vayamos a un motel. Antes, compro un ramo de flores a un niño andrajoso, de esos que apuestan su supervivencia a los enamorados que visitamos el parque. ¿Qué venden en invierno?, ¿gomas de mascar para los besos? A través de nosotros, el amor les da migajas como un anciano arroja pan a las palomas. Aunque también el amor los trajo al mundo, un amor que no era tanto, apenas un extravío. Porque el amor existe en la miseria, pero dura poco, lo suficiente para engendrar más miserables y asegurar su permanencia. Me recriminas que no te permita pagar, como si una mujer no pudiera, de vez en cuando, comprarle flores a su hombre. Y aún no has visto nada.

Recuesto las flores en la cómoda junto al televisor. ¿Quién ocupa la tele en estos nidos de ocasión? Quizá sea útil para los que terminan de explorar la otredad del amante, y no tienen nada qué decirse, porque no se conocen, porque se toparon en un bar, en una mirada que buscaba romper con la rutina. O porque están desnudos, desfallecidos, y necesitan un lapso para despedirse o para revolcarse de nuevo. Es bueno entonces encender la tele, y así salvarse de aprender algo del otro; también el silencio es peligroso, lo evaden, porque invita a la reflexión y después viene la culpa; pero a veces, la razón es más simple: la tele es un aliado del pudor en su lucha contra la indiscreción de las paredes tísicas; en eso pienso mientras, en la cama, sobre una colcha de girasoles, gozas mi cuerpo. Hernán, mi cuerpo que tanto te gusta, al grado de preocuparme que sea más lo que disfrutas poseerlo, que el amor que me profesas.

Necesito concéntrame. No estoy tan excitada. Y eso que los moteles me caldean, no sé, tanto sexo que esconden. Tantos cuerpos que cruzan la niebla de estas almohadas; quiero probarte lo que ocurre con las flores cuando me sobreviene un orgasmo. Cierro los ojos. Te sugiero que me cambies el nombre y me agarres del cabello. Me prenden estos juegos que me convierten en otra, a veces quiero ser otras mujeres para ti. Me penetras duro mientras gritas ¡Norma! Sí, amor, Norma, soy esa a la que le faltó una “L” al final del nombre para ser Normal. Soy tu Norma. Se me contrae la pelvis. Estoy lista para mi pequeña muerte. Mira, Hernán, ¡las flores!, pero no te detengas. Ah… ¿Y quién demonios es Norma?

En el ramo hay claveles y rosas, unas en botón, otras en plenitud. Todas se estiran en un bostezo que las mata. El tiempo avanza a otra velocidad dentro de ellas. Las espinas de los tallos se arrastran sobre la cómoda, cual bestia deshidratada que da sus últimos pasos hacia el abrevadero. Todas marchitas. Apenas lo crees. ¿Comprendes por qué rechazo tus arrumacos en los parques?

Te fascina lo que ves. Desatas una lluvia de preguntas, te respondo bajo un paraguas que las conoce de memoria. No eres diferente a los otros, eso me desanima. Mis otros hombres se confunden en la remembranza como japoneses en el centro de Tokio. Tú casi te me vas con ellos. Hernán, no quiero extraviarte en esos laberintos del Oriente; nunca lo sabrás, pero mi mente toma a cada hombre que amé y, con la sutileza con que se mueve una pieza de ajedrez, lo coloca en un cruce neurálgico de la capital nipona. Así funciona mi olvido. No me decepciones, porque te envío, sin boleto de regreso, a freír espárragos al Sol Naciente.

Despierta un alquimista en ti. Mal. Mi confesión te reinventa y a mí me reduce a una fórmula. Te empeñas en poseerme cerca de las plantas. Me invitas el fin de semana a casa de tu abuela. Me dices que estará fuera por cuestiones de salud. Apuesto a que tú la sobornaste para enviarla unos días con tus padres. Acepto. Se nos viene un encierro con pizza, películas y sexo.

Y aquí están los jazmines de tu abuela. Serpentean entre rejas. Enredaderas de jazmines sitian la casa. Apenas cruzamos el portón, advierto las miradas de mil ojitos ocultos en el núcleo de las flores. Hilos comunicadores que cuelgan de un jazmín a otro. ¿Los oyes?, murmuran de nosotros, Hernán, de ti y de mí; me tuviste dos semanas en cuarentena. Aunque te avisé que dejó de bajarme, te negaste a tributarme caricias, y me prohibiste que hiciera, en tu ausencia, algo al respecto por mi cuenta. Ahora compensas la prórroga en el piso de la sala.

Los jazmines observan. ¿No temes? Los jazmines nos invaden por puertas y ventanas. Yo no sé si mi secreto te excita tanto o consumiste algún estimulante, pero no dejas de penétrame; llegamos el viernes por la tarde y, para el mediodía del domingo, ya te apersogan los jazmines. ¿Gritaste?, no me di cuenta. Hernán, debiste advertirlo. No es lo mismo provocar flores cortadas o árboles añejos, que trepadoras en profusa primavera. Pétalos blancos tapizan los corredores. Huele delicioso la recámara. Mira, se coló una pareja de colibrís, ¡qué vas a mirar! Si pudiera arrancar tu cadáver de estos jazmines que te suspenden en el aire, que entran por tus ojos y se traban en tu panza con los que te auscultan por el ano, para colocarte en Japón, lo haría, con tal de que tu abuela no te encuentre así el lunes que regrese.

Piezas nihilistas (Premio Nacional de Cuento Corto Eraclio Zepeda 2021).