Poesía,

El tono azul de Rubén Darío

Ruben

La crítica ha nombrado unánimemente a Rubén Darío como el amo y señor del Modernismo. Año axial: el año lírico, 1888. Quizás porque sea el libro, Azul, que mejor supo representar el espíritu de la época (una época que exigía renovarse), no suele mencionarse que más o menos una década antes que él nacieron el cubano José Martí y el mexicano Gutiérrez Nájera. Lo que sí es que tanto estos poetas como Darío, y la generación posterior: Lugones y Amado Nervo, por ejemplo, compartieron esa tendencia cosmopolita: deseo de ser otro.

La condición hispanoamericana está marcada por una falta de identidad, que acaso también exige una búsqueda de ella: ni español ni indígena, el mestizo camina a tientas por el mundo, sin un pasado al que volver y sin un futuro que opere como brújula. Uno no puede evitar pensar que a finales del siglo XIX esta situación no era sino más intensa: el siglo de las independencias dejó una herida fresca y errantes multitudes.

Este problema de identidad es esencialmente un cuestionamiento del ser. Así que un joven Rubén, tal vez sin ser del todo consciente, fijó el camino: Francia. La cumbre del refinamiento, de la moda y de los modales. Una nación que se erigía misteriosa y exótica por lejana, pero que a la vez ejercía su imán poderoso hacia el cosmopolitismo. Azul fue publicado en Chile, donde formó amistad con Pedro Balmaceda, que era hijo del entonces presidente: a partir de esta relación es que Darío entra en contacto con los ambientes refinados, hechos a imagen y semejanza del París añorado. Su visión literaria es nueva, marcada por la mixtura: decir la ciudad de sus ensoñaciones desde el otro lado del mundo, aún sin verla, y con un pasado a un tiempo español e indígena.

Ya desde antes, durante su estancia en El Salvador en 1882, distinguió la musicalidad de la poesía francesa y sus posibilidades: Hugo y el alejandrino galo. Hizo sus primeras excursiones a la flexibilidad del verso francés. Una empresa similar emprendieron, siglos antes, Boscán y Garcilaso, al integrar ese «itálico modo» a una poesía española ya infértil y rígida. El resultado fue el Siglo de Oro, con el fecundo Góngora y el bronce de Quevedo. La influencia rubeniana no sólo dio los frutos del Modernismo, sino la antesala a las vanguardias: Neruda, Huidobro, Vallejo, Maples Arce, Borges y la lista sigue.

Sin embargo, esta astucia del poeta formal, que le llevó a una de las cumbres de la poesía en castellano, eminentemente musical, tiene un fondo oscuro. Si azul es la palabra más bella del diccionario español por su sonoridad, ¿cuál es su significado? Quiero decir, ¿en dónde se encuentra ese azul? Porque a pesar de ser considerado el Modernismo, pocas décadas después, como un pasado en el que ya todo estaba dicho, resulta poco creíble que su poética sea puro edificio sonoro, ornato y concatenación significante. Hay algo de significado que se escapa, y que atinó en ver Pedro Salinas, por ejemplo, en aquel poema de Prosas profanas, «El reino interior».

Entonces en ese azul celeste se imprime la rudeza de la selva, su condición inevitable y salvaje, tanto como mística y encrucijada, de laberinto. Y ese azul, pues, es el que termina por inducir al alma del poeta en la reflexión profunda. El azul es una moneda de dos caras: el celeste brillante de los días soleados pero también el negro azul de las noches. Es ese canto a las flores, las abejas y los campos, pero también a la luna generosa, como pensó luego Ramón Giménez, que acompaña a los dolientes en las noches inquietas.

Anverso y reverso de la misma moneda, el Modernismo significó la búsqueda desesperada de la forma, una sonrisa presentable, digamos, que tapara el vacío de su fondo. Pero no porque su fondo careciera de contenido, sino porque estaba marcado por la incertidumbre de su tiempo, por esa selva que escribió en su poema.

Darío inició la empresa que nos diera identidad. En su camino cifró ciertas nociones: la melancolía, la música y el baile, el eurocentrismo. Uno entiende que ahí está cifrado, también, el rostro de América.


DE INVIERNO

En invernales horas, mirad a Carolina.
Medio apelotonada, descansa en el sillón,
envuelta con su abrigo de marta cibelina
y no lejos del fuego que brilla en el salón.
El fino angora blanco junto a ella se reclina,
rozando con su pico la falda de Alençón,
no lejos de las jarras de porcelana china
que medio oculta un biombo de seda del Japón.

Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño;
entro, sin hacer ruido; dejo mi abrigo gris;
voy a besar su rostro, rosado y halagüeño

como una rosa roja que fuera flor de lis.
Abre los ojos, mírame con su mirar risueño
y en tanto cae la nieve del cielo de París.
. 
EL REINO INTERIOR

Una selva suntuosa
en el azul celeste su rudo perfil calca.
Un camino. La tierra es de color de rosa,
cual la que pinta fray Doménico Cavalca
en sus Vidas de santos. Se ven extrañas flores
de la flora gloriosa de los cuentos azules,
y entre las ramas encantadas, papemores
cuyo canto extasiara de amor a los bulbules.
(Papemor: ave rara; Bulbules: ruiseñores.)

Mi alma frágil se asoma a la ventana oscura
de la torre terrible en que ha treinta años sueña.
La gentil Primavera primavera le augura.
La vida le sonríe rosada y halagüeña.
Y ella exclama: «¡Oh fragante día! ¡Oh sublime día!
Se diría que el mundo está en flor; se diría
que el corazón sagrado de la tierra se mueve
con un ritmo de dicha: luz brota, gracia llueve.
¡Yo soy la prisionera que sonríe y que canta!».
Y las manos liliales agita, como infanta
real en los balcones del palacio paterno.

¿Qué son se escucha, son lejano, vago y tierno?
Por el lado derecho del camino, adelanta
el paso leve una adorable teoría
virginal. Siete blancas doncellas, semejantes
a siete blancas rosas de gracia y de armonía
que el alba constelara de perlas y diamantes.
¡Alabastros celestes habitados por astros:
Dios se refleja en esos dulces alabastros!
Sus vestes son tejidos del lino de la Luna.
Van descalzas. Se mira que posan el pie breve
sobre el rosado suelo, como una flor de nieve.
Y los cuellos se inclinan, imperiales, en una
manera que lo excelso pregona de su origen.
Como al compás de un verso su suave paso rigen.
Tal el divino Sandro dejara en sus figuras
esos graciosos gestos en esas líneas puras.
Como a un velado son de liras y laúdes,
divinamente blancas y castas pasan esas
siete bellas princesas. Y esas bellas princesas
son las siete Virtudes.

Al lado izquierdo del camino y paralela-
mente, siete mancebos –oro, seda, escarlata,
armas ricas de Oriente– hermosos, parecidos
a los satanes verlenianos de Ecbatana,
vienen también. Sus labios sensuales y encendidos,
de efebos criminales, son cual rosas sangrientas;
sus puñales, de piedras preciosas revestidos
–ojos de víboras de luces fascinantes–,
al cinto penden; arden las púrpuras violentas
en los jubones; ciñen las cabezas triunfantes
oro y rosas; sus ojos, ya lánguidos, ya ardientes,
son dos carbunclos mágicos de fulgor sibilino,
y en sus manos de ambiguos príncipes decadentes
relucen como gemas las uñas de oro fino.
Bellamente infernales,
llenan el aire de hechiceros veneficios
esos siete mancebos. Y son los siete Vicios,
los siete poderosos pecados capitales.

Y los siete mancebos a las siete doncellas
lanzan vivas miradas de amor. Las Tentaciones,
de sus liras melifluas arrancan vagos sones.
Las princesas prosiguen, adorables visiones
en su blancura de palomas y de estrellas.

Unos y otras se pierden por la vía de rosa,
y el alma mía queda pensativa a su paso.
«¡Oh! ¿Qué hay en ti, alma mía?
¡Oh! ¿Qué hay en ti, mi pobre infanta misteriosa?
¿Acaso piensas en la blanca teoría?
¿Acaso
los brillantes mancebos te atraen, mariposa?».

Ella no me responde.
Pensativa se aleja de la oscura ventana
–pensativa y risueña,
de la Bella-durmiente-del-bosque tierna hermana–,
y se adormece en donde
hace treinta años sueña.

Y en sueño dice: «¡Oh dulces delicias de los cielos!
¡Oh tierra sonrosada que acarició mis ojos!
–¡Princesas, envolvedme con vuestros blancos velos!
–¡Príncipes, estrechadme con vuestros brazos rojos!».

. 
EL CISNE

Fue en una hora divina para el género humano.
El Cisne antes cantaba sólo para morir.
Cuando se oyó el acento del Cisne wagneriano
fue en medio de una aurora, fue para revivir.

Sobre las tempestades del humano océano
se oye el canto del cisne; no se cesa de oír,
dominando el martillo del viejo Thor, germano
o las trompas que cantan la espada de Argantir.

¡Oh Cisne! ¡Oh sacro pájaro! Si antes la blanca Helena
del huevo azul de Leda brotó de gracia llena,
siendo de la hermosura la princesa inmortal,

bajo tus blancas alas la nueva Poesía
concibe en una gloria de luz y de armonía
la Helena eterna y pura que encarna el ideal.

. 
¡EHEU!

Aquí, junto al mar latino,
digo la verdad:
Siento en roca, aceite y vino
yo mi antigüedad.

¡Oh, qué anciano soy, Dios santo,
oh, qué anciano soy!…
¿De dónde viene mi canto?
Y yo, ¿a dónde voy?

El conocerme a mí mismo
ya me va costando
muchos momentos de abismo
y el cómo y el cuándo…

Y esta claridad latina,
¿de qué me sirvió
a la entrada de la mina
del yo y el no yo?…

Nefelibata contento,
creo interpretar
las confidencias del viento,
la tierra y el mar…

Unas vagas confidencias
del ser y el no ser
y fragmentos de conciencias
de ahora y ayer.

Como en medio de un desierto
me puse a clamar;
y miré al sol como muerto
y me eché a llorar.

. 
DE OTOÑO

Yo sé que hay quienes dicen: ¿Por qué no canta ahora
con aquella locura armoniosa de antaño?
Ésos no ven la obra profunda de la hora,
la labor del minuto y el prodigio del año.

Yo, pobre árbol, produje, al amor de la brisa,
cuando empecé a crecer, un vago y dulce son.
Pasó ya el tiempo de la juvenil sonrisa:
¡dejad al huracán mover mi corazón!

Revista literaria online cuyo principal objetivo es la promoción y difusión de la poesía, la literatura y el arte en general dentro y fuera de México. Síguenos en nuestras redes sociales. ↓

Opina