Reseñas,

Eraclio Zepeda y los dioses fatales

Laco

Hablar la vida siempre nos refiere a una especie de óptica mágica: la fantasía es nuestra experiencia de la realidad. Como no puede ser de otra forma, en Benzulul, de Eraclio Zepeda, vemos esta aproximación a la vida en el campo, desde la circunstancia indígena. Se trata de una recopilación de ocho relatos rurales, que son, en orden, Benzulul, El Caguamo, Viento, El Mudo, Quien dice verdad, La Cañada del Principio, Patrocinio Tipá y No se asombre, sargento.

El lenguaje es uno de los aspectos más notables de este libro. De inicio a fin se nos presenta el castellano más vivo: el que se habla en la calle, por lo que cada palabra escrita, contenida en páginas, es también palabra hablada, voz que a enuncia y denuncia lo que acontece. A mí, que soy chiapaneco como Eraclio Zepeda, me ha tocado en las capas más sensibles escuchar –que no leer, porque este libro es auditivo– las expresiones, los modismos, con los que he crecido: en la posteridad, cuando el tiempo acabe por vencernos, estos relatos nos sobrevivirán porque son la literatura más íntima de una región, de un pueblo, la eternización de toda una voz.

También en los temas que se abordan encontramos aspectos notables, universales, cuestiones comunes que han ocurrido todo el tiempo. Así, por ejemplo, en El caguamo se explora sobre las consecuencias de la lujuria y la venganza, mientras en línea paralela trata sobre la verdad y los chismes, la mentira. En Viento, Zepeda escribe sobre lo que ya no es, las glorias del pasado, y lo que queda, el choque repentino con la vejez. En Quien dice verdad se indaga en las diferencias y conflictos que suceden entre la gente indígena y los criollos, sobre un sistema de justicia que favorece, sin remordimientos, a los segundos en detrimento de la vida de los primeros. En La Cañada del Principio se escribe sobre el fallo en la empresa de vengar la muerte del padre por el miedo…

Así, pues, temas diversos se abordan. Pero hay una situación que se presenta en cada uno de los relatos –es la que los une bajo una misma recopilación–: todas las narraciones son atravesadas por el destino, por la fatalidad. Hombres que quieren ser otra cosa más de la que su dios ha predispuesto para ellos, hombres que aceptan y abrazan con ánimo estoico lo que la vida les depare, otros que huyen de sí mismos, que se topan con actos irremediables que no quisieron cometer.

En el primer cuento, el epónimo, Juan Rodríguez Benzulul desea cambiar su nombre, ya que considera que el suyo es débil y no le brinda protección, a pesar de ser un hombre muy seguro en los caminos porque recuerda cada pisada, cada árbol, cada piedra. Así, busca atrapar otro chulel, uno más grande, cambiar de nombre a uno que sea poderoso: decide autonombrarse Encarnación Salvatierra, nombre que le pertenece al hombre severo del pueblo, que hace su voluntad no importa qué. En fin que el Encarnación original descubre que Benzelul le robó el nombre y le corta la lengua: se afianza de esta manera lo fatal, que el nombre de uno es el que es, que así hemos de morir y que de nada sirve hacerle de otra forma.

Igualmente, en El Mudo, se nos presenta a Vaquerizo, que se queda sin habla repentinamente por un golpe en la cabeza, y que después de intentar explicarle a los hombres que le fusilarán que no puede hablar, por lo que no puede darles la información que le solicitan, y que estos no pudieran entenderle sino que solo se burlaran de él, Vaquerizo acepta su destino: la muerte, sin chistar ni hacerse para atrás, sino viéndola directamente a los ojos, encarándola, porque sabe que ya nada puede hacerse.

En estos dos ejes, los que aceptan lo irremediable y los que pretenden algo diferente, se desarrollan todos los relatos de Benzulul. Para Eraclio Zepeda uno solo puede aceptar lo que viene. Esto queda de manifiesto en Patrocinio Tipá, cuento en el que se nos presenta un hombre al que sobreviene la desgracia por no aceptar su destino: andar de aquí para allá, de pata de chucho:

Sin embargo, Patrocinio Tipá echó raíces una vez. Fue aquí en Juan Crispín. Aquí vino a dejar el camino, y por eso le cayó la mala suerte; por buscar lo que no era su destino.

Es el único de los relatos en el que se expresa abiertamente el destino, a pesar de ser algo que se observa desde el primer cuento: los hombres que no aceptan la fatalidad son alcanzados por tragedias y la intranquilidad de su propia muerte. Y los que sí aceptan lo que les deparan los dioses fatales, los que saben que han hecho lo que pueden, llenan su corazón con paz y el reconocimiento propio de haber vivido lo mejor posible.

En esta línea se coloca el último de los relatos, No se asombre, sargento, el cual hace un maravilloso contraste con la primera narración. Aquí un hijo debe encarar la muerte de su padre y se lamenta de no haber pasado suficiente tiempo escuchando las enseñanzas que tenía para darle. Pero el otro, ya viejo, ve la muerte sin problemas porque ha vivido y ya nada puede hacerse para frenar la muerte. Me parece que es en este cuento donde Eraclio Zepeda le dice más al lector: en la vida uno hace lo que está en sus manos, porque lo que está fuera de la voluntad ¿para qué preocuparse, si uno no puede moverle? Esa es la enseñanza, si se quiere, que el lector puede tomar, de tanta importancia en la actualidad: en medio de la jungla en que vivimos, con toda la aflicción de no hacer nunca suficiente por un sistema que exige incansablemente, a niveles incluso más allá de los humanos, con toda la información terrible –que es la que mejor vende– corriendo más rápido de lo que podemos procesar por nuestros ojos debido a los medios masivos de comunicación, lo único que podemos hacer es obrar de acuerdo a nuestras posibilidades, lo mejor que se pueda, para no quedarnos con ganas de nada en esta vida que pronto pasa, ni hacerle daño a los otros, que son nuestros hermanos. Uno tiene que aspirar, como en este relato instruye el padre a su hijo –quien, al final, sabemos ha hecho caso del consejo–, a vivir:

–Cuando está uno viejo ya no hay miedo de nada. Uno anda tranquilo porque ya hizo de todo, y todo lo gozó y lo sufrió. Yo estoy contento de todo lo que vide y lo que arranqué y lo que sembré. Cuando te murás, ahí lo vas a ver, también estarás igual.

Zepeda, Eraclio. Benzulul. México. Fondo de Cultura Económica, 1984.

Izhar León. (Chiapas, 2004). Textos suyos se encuentran en diversas revistas digitales del país. Es estudiante en la licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericanas. Quiere ser poeta. Le gusta pasar su tiempo leyendo, conversando sobre libros y rodeado de gatos bonitos. Piensa que la literatura es placer y deseo, pero también la posibilidad de redimirse.

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