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Francesco Petrarca: el amor en el soneto

Francesco

Francesco Petrarca nació el 20 de julio de 1304 en Arezzo, Italia, convirtiéndose en uno de los poetas más decisivos de la historia literaria occidental. Su genio poético no solo definió una época, sino que estableció las bases de la lírica amorosa que perduraría por siglos, creando un modelo estético que trascendió fronteras y generaciones.

El Cancionero representa la culminación de su arte poético: 366 composiciones que documentan su pasión por Laura, aquella mujer avistada en una iglesia de Aviñón un 6 de abril de 1327. A través de sonetos, canciones y sextinas, Petrarca desarrolló un universo lírico donde el amor se convierte en experiencia totalizadora, fusionando deseo carnal y purificación espiritual. Su dominio técnico del soneto fue tan perfecto que esta forma poética llevaría para siempre su sello, influyendo desde los poetas del Renacimiento hasta las corrientes líricas contemporáneas.

La herencia literaria de Petrarca resulta incalculable. Creó un lenguaje poético que equilibra la introspección psicológica con la belleza formal, estableciendo el petrarquismo como corriente estética que marcaría a Shakespeare, Garcilaso, Quevedo y tantos otros maestros. Su concepción del amor como fuerza transformadora y su capacidad para convertir el sufrimiento amoroso en sublime creación artística lo consolidan como figura fundamental de la literatura universal.


 

Lloraba Amor y yo con él lloraba,
del cual mis pasos nunca andan lejanos,
viendo que, por efectos inhumanos,
vuestra alma de sus lazos suelta andaba.

Ahora que al recto andar Dios os la clava,
devoto alzando al cielo entrambas manos,
doy gracias de que Él ruegos humanos,
al fin, por escuchar benigno acaba.

Y si, volviendo a la amorosa vida,
porque dieseis la espalda a ese deseo,
hallasteis por la senda foso o loma,

fue por mostrar cuán áspero el rodeo,
y cuán alpestre y dura es la subida,
donde el valor sublime el hombre toma.

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Ojos tristes, en tanto que yo os lleve
al rostro de quien muerte os da y tormentos
os ruego estéis atentos
que en mal mío os desafía Amor aleve.

La muerte es sólo quien mi pensamiento
cerrar puede el camino que lo adiestra
al dulce puerto que sus males sana;
se oculta en cambio a vos la lumbre vuestra
con más pequeño y pobre impedimento,
pues sois hechos de esencia más liviana.

Y por ello, pues ya se halla cercana,
antes que del llanto halléis la hora
tomad al fin ahora
a tan largo martirio alivio breve.

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Bendito sea el año, el punto, el día,
la estación, el lugar, el mes, la hora
y el país, en el cual su encantadora
mirada encadenóse al alma mía.

Bendita la dulcísima porfía
de entregarme a ese amor que en mi alma mora,
y el arco y las saetas, de que ahora
las llagas siento abiertas todavía.

Benditas las palabras con que canto
el nombre de mi amada; y mi tormento,
mis ansias, mis suspiros y mi llanto.

Y benditos mis versos y mi arte
pues la ensalzan, y, en fin, mi pensamiento,
puesto que ella tan sólo lo comparte.

.
 
Dejar por sombra o sol jamás os veo
vuestro velo, señora,
después que sois del ansia sabedora
que aparta de mi pecho otro deseo.

Mientras llevé escondido el pensamiento
que muerte en el deseo dio a mi mente
vi de piedad teñido vuestro gesto;
mas cuando os lo mostró Amor claramente,
fue el cabello cubierto en el momento
y el mirar amoroso oculto honesto.

Lo que en vos más deseaba me es depuesto;
así me trata el velo,
que por mi muerte, ya al calor, ya al hielo
de ojos tan bellos cubre el centelleo.

.
 
No tengo paz ni puedo hacer la guerra;
temo y espero, y del ardor al hielo paso,
y vuelo para el cielo, bajo a la tierra,
nada aprieto, y a todo el mundo abrazo.

Prisión que no se cierra ni des-cierra,
No me detiene ni suelta el duro lazo;
entre libre y sumisa el alma errante,
no es vivo ni muerto el cuerpo lacio.

Veo sin ojos, grito en vano;
sueño morir y ayuda imploro;
a mí me odio y a otros después amo.

Me alimenta el dolor y llorando reí;
La muerte y la vida al fin deploro:
En este estado estoy, mujer, por ti.