Narrativa,

Genealogía espectral, cuento de Lola Ancira

Lola Ancira

“Todo escritor que crea es un mentiroso; la literatura es mentira,
pero de esa mentira sale una recreación de la realidad:
recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación”.

Juan Rulfo

Te arrebataron a varios de tus antecesores por necedad y con saña. El resto se ha ido encogiendo entre la tristeza hasta desaparecer. Pero tú te quedaste a medio camino; la melancolía te ha mantenido siempre al borde del abismo, con la mirada agarrada al pasado y con tu cuerpo y mente suspendidos en el silencio y la incertidumbre.

Tu padre fue asesinado cuando tú eras muy pequeño aún, su padre falleció poco después, tras la muerte de tus tíos, y lo mismo ocurrió con tu madre y su propio padre. Con tanta tragedia a cuestas cómo no ibas a comprender que no te puedes aferrar a nada para enraizar porque en realidad tú eres el cimiento; atrás de ti sólo hay vacío. Dejaste en tu personaje del coronel, el hijo de Guadalupe Terreros, la labor que tendrías que haber realizado tú: la de vengar al padre. Ángel Pinzón, otro de tus personajes que ya anda rondando en tu imaginación, tendrá la misma tarea. Pero El Llano en llamas se acaba de publicar y ahora debes trabajar en nuestra novela, ésa donde apareceremos todos nosotros, fantasmas hechos de un terco lamento, un mal que te carcome el entendimiento, el alma y la vida.

Tráenos de vuelta, Juan, reúnenos en el mismo plano existencial de nuevo, acercarnos y acércate donde puedas escuchar mejor nuestros susurros, esos rumores que no abandonan tu cabeza y con los que te pedimos bajito no ignorarnos, pues eres nuestra morada, la que nos aleja del olvido, nuestro último destino. Depende de ti perpetuarnos para otros ojos, para otros sueños. Aún tienes el tiempo suficiente para dedicarte a ello por completo.

Harás del protagonista una extensión tuya e incluso llevará tu mismo nombre. Juan Preciado se unirá a las apariciones de cuerpos y voces, y lo llevarás hasta un páramo en el que representarás una sordidez tangible. Allí habrá un pueblo habitado únicamente por apariciones y víctimas a las que él se sumará. Designarás a este personaje la tarea de hallar aquello que a ti se te escapa de las manos y del entendimiento.

Le otorgarás a una figura paterna —Pedro Páramo, un terrateniente déspota al que está sometida cualquier alma que ronde sus propiedades— un poder tal, que por su mano todo un pueblo ha de sucumbir. Instaurarás en un Comala idéntico al real una sarta de personajes y algo aún más innumerable que ellos: una tierra desértica e inmensa, ardiente como el propio tártaro y que abrasará de forma permanente a todo el que ponga un pie en ella, condenándolo a repetir el mismo monólogo hasta el cansancio, a revivir su infortunio una y otra vez. Harás que se estremezcan las piedras y que tirite la oscuridad, como lo has sabido hacer hasta ahora con esa crueldad y violencia que enturbia a tu universo.

Tu media sonrisa me dice que justo ahora estás recordando aquel rostro adolescente, ése que retrataste con la vista mucho antes de poseer tu primera cámara fotográfica, el mismo que te ha acechado desde entonces y que no puede tener otra voz que no se asemeje a la locura, y de la que ya has decidido también su nombre: Susana, Susana San Juan, la mujer que hará pagar a Pedro Páramo todas sus infamias mediante su demencia y después con la muerte de ambos.

Tu Remington modelo 17 está lista para reproducir cada palabra que te vayamos dictando, para tejer cada frase de nuestros murmullos con tus dedos y la tinta. Necesitas dejar que los rumores que habitan tu pensamiento se propaguen a sus anchas en aquel escenario perfecto: el pueblo perdido y dejado a su suerte en una estepa olvidada.

Sabes que, a pesar de tener la trama y los personajes ya desarrollados en tu mente, no puedes interferir de manera directa con nuestros propósitos. El tiempo en el que transcurrirá nuestra novela será uno ajeno a tu concepción temporal, será el propio de lo remoto y de los secretos que no deberían pronunciarse ni recordarse jamás. Las imágenes formarán parte de un acertijo del que irán apareciendo fragmentos que evocarán otros. No olvides tener todo esto presente a cada momento.

Desde siempre has sido consciente de que la miseria no nada más inunda al desamparado, sino que son aguas asiduas también para el poderoso cuando llega su tiempo de expiar las culpas.

Tu recuerdo no es el que idealiza o sublima, Juan, sino el que escarba y retuerce la invocación, libre de subjetividades, exento de sensiblerías. Tu empatía es tal, que incluso te reconoces como uno de nosotros, como un ánima más perdida en un limbo terrenal y atemporal —cuyo papel es el de ofrecer una tregua a los condenados— donde el castigo mismo es la remembranza y no un suplicio físico sin fin como aquel que se han empeñado en meternos a la fuerza en la cabeza.

Hasta ahora, has concluido que la única manera de traer de vuelta a nuestros muertos es a través de la memoria e incluso lo que hay más atrás, en ese sitio infinito que alberga a la vida pasada y que es un abismo que sólo puedes recorrer verbal y visualmente, que es una vorágine aprensiva que lo abarca todo.

Desde hace tiempo has sabido prestar la atención necesaria para poder escucharnos. Y lo advierto porque siempre que te hablo dejas el cigarro —tu muerte lenta y paulatina— en cualquier cenicero desperdigado por tu hogar, te diriges al estudio y al tiempo que miras tu escritorio pones un semblante más serio, si cabe. Tal como en este momento.

Para nosotros los muertos, el tiempo está detenido y el de los demás se congela al recordarnos. El mío es un murmullo más dentro de la madeja de voces que habita en el denso manto de tu consciencia. Ya que te he dado todos los detalles, comienza a escribir.

Tal vez concluyas este compendio de tristezas en pocos meses, pero nunca te librarás de todos nosotros; mucho menos de mí y del eco que arrastra las últimas sílabas de mi nombre. Yo soy Damiana Cisneros.


(Querétaro, 1987). Es escritora y editora. Ha publicado ensayos, cuentos y reseñas literarias en diversos medios electrónicos e impresos. Es autora de Tusitala de óbitos (Pictographia Editorial, 2013) y El vals de los monstruos (FETA, 2018). Fue becaria del programa Jóvenes Creadores del Fonca y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Su obra ha sido antologada en libros como Lados B 2018 (Nitro/Press, 2018) y Ruta 80 (Selector, 2019).