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¡Hasta siempre, querido Hugo!

Hugo_

Conocí a Hugo Montaño allá por el 2002. Yo hurgaba en los estantes de la hoy extinta librería La Ceiba, en el corazón de Tuxtla Gutiérrez, y cotejaba los precios para ver qué se ajustaba a mi presupuesto de estudiante, mientras un hombre alto, con mochila en la espalda, leía las cuartas de forros de una serie de libros acomodados en una mesita sobre un mantel verde. Éramos pocos en ese espacio en donde la tarde comenzaba a caer. De un morral de café, que mi padre me había regalado en diciembre, asomaba un libro que había sacado a préstamo de la biblioteca de la Facultad de Humanidades de la UNACH, donde entonces yo estudiaba. “El genio de la ironía”, me dijo aquel hombre mientras señalaba mi libro con una sonrisa contagiosa y quien, sin conocerme, comenzó a platicar sobre minificciones, cuentos cortos y a recomendarme algunas lecturas en torno al Movimiento perpetuo que cargaba para el fin de semana. “Checa El señor de las moscas de William Golding”, comentó, mientras yo leía la cuarta de forros de un libro de Monsi que él había dejado en el estante. Asentí con la cabeza, agradecido por la recomendación.

Tras preguntar, pagar y guardar los libros en su mochila, me extendió un ejemplar de Gargantúa y Pantagruel. “Te va a encantar Rabelais”, me dijo. Sonreí, con cierta extrañeza, porque el único que me regalaba y me prestaba libros en esas fechas era mi amigo Pablo Esquinca. Pero esa tarde supe que aquel hombre se llamaba Hugo Montaño, que le gustaba escribir historias e imaginarse el mundo al revés, que le agradaba la lucha libre (algo que nos unió cuando recordábamos a esos titanes y les intercambiábamos nombres como el Murciélago Galindo o el Cavernario Velázquez), que amaba contar cuentos e interpretar personajes para pintar los días de colores menos grises, que tocaba la guitarra, que el mundo de los niños debía ser pintado de un color diferente a través del arte y que creía que, tras leer un libro, se debía liberar para que volara de mano en mano, de mente en mente y los lectores terminaran conectados por la magia que ello provoca. 

Gracias a él supe que estaban formando un taller de escritura que impartiría el maestro Rafael Ramírez Heredia (q.e.p.d), de quien apenas había leído Tiempo sin horas y La jaula de Dios. Una semana antes de que el taller iniciara coincidimos con Hugo en una muestra de cine. Nos saludamos y me dijo que yo ya estaba anotado, que me había apartado mi lugar y que no me iba a arrepentir. Acepté con cierta incredulidad. Quizá, ahora que lo pienso, porque uno no encuentra fácilmente a seres con una luz como la de él: tan despreocupado, tan buena gente, tan grande de corazón. Fue en ese taller donde pude coincidir con él y otros compañeros, donde escribí algunos cuentos y donde, en corto, el maestro Rafael y Hugo escucharon mis poemas, me aplaudieron algunos versos y criticaron otros, e incluso, donde pude colarme, algunas noches, a las charlas íntimas entre Hugo y el Rayito, mientras bebíamos cervezas y fumábamos Delicados sin filtro en El Gato Garabato, donde recibí consejos y recomendaciones que me ayudaron en mi formación y donde me aventuré a publicar en aquella revista llamada Labrando agua.

Desde aquel tiempo nuestra amistad se fue fortaleciendo. Coincidíamos en lecturas como protagonistas o como parte del público, en revisterías, librerías y en el otrora BioCafé (hoy BioMaya) donde charlábamos de todo y nada, del mundo y la vida, de los sinsentidos, de las palabrerías y la trova, pero sobre todo de poesía. Hugo era un gran lector, un gran escritor y un conversador maravilloso. Cada charla era un deleite que permitía conocer datos sobre astronomía o botánica,  política o gastronomía, pintura o futbol, el amor o la muerte (¡Ah, la muerte!). Muchos de nuestros encuentros terminaron, como buenos noctámbulos, con los dos desandando las calles de esta ciudad, con el vaho aguardentoso y una serie de anécdotas que luego repetíamos con los amigos. Porque si algo debo reconocer es ese don de gente, esa energía tan transparente que hacía a Hugo tener amigos en todos lados y ser querido por muchos.

Cuando en 2009 el síndrome de Guillain Barré me puso en la lona y me dejó sin caminar, topé a Hugo en el IMSS 5 de mayo. Mientras yo esperaba que el guardia de seguridad regresara para darme paso, sentado en una silla de ruedas y con el ánimo maltrecho, acongojado y sin ganas de seguir viviendo, pensando en cómo mandar todo a la chingada, con la calle que era un ir venir de coches, Hugo caminaba con esas grandes zancadas, la mirada al frente y un sombrerito estilo safari. No recuerdo la fecha, pero sí el mes. Era también agosto. Sí, agosto. Lo vi de lejos. Era imposible que pasara desapercibido con esa estatura y con una playera de la lo único que recuerdo era la palabra “Chingón” tatuada en ella. Me vio y se acercó a saludarme. En vez de preguntarme qué me había pasado y de condolerse, me dijo que me veía más esbelto, que el calor estaba bien sabroso para un pozol, que toda enfermedad llegaba para quitarnos males que nos jodían la vida, y que le metiera todos los kilos porque yo era un chingón. Quizá para él ese gesto no fue nada. Pero para alguien como yo, que quería morirse, para quien trataba de aguantar un round más, para quien se sentía como una carga para la familia, fue mucho. 

Tiempo después, cuando ya usaba un bastón sencillo, publiqué mi primer plaquette. Era el 2012. Laberintos, auspiciada por Espejitos de papel Editores desde Puerto Rico, se presentó en un café del centro. Ahí apareció Hugo, quien me saludó con un movimiento de cabeza y una sonrisa mientras yo leía poemas sobre la juventud y el amor. Cuando acabó la presentación, la poeta Chary Gumeta se acercó y me dijo que se alegraba de verme mejor de salud. Me dio un beso en la frente y se marchó a seguir saludando a quienes llegaron. Tras ella, Hugo sonriendo me dijo: “Padrino, soy tu fans (sic)”. Nos dimos un abrazo, firmé el librito y se despidió porque debía aún pasar a traer pan para la casa. En cada una de las presentaciones de mis libros, Hugo aparecía. Luego, tras imbuirse con esa voracidad lectora que lo caracterizaba, me daba sus impresiones: lo que le gustaba y lo que no. 

Los años nos fueron uniendo. Coincidimos en este ir y venir de la cultura, compartimos con los jóvenes estudiantes nuestro amor por las letras. Llegábamos a las escuelas y era imposible no quedarse enajenado viendo a Hugo contar sus historias, enganchando a los chavos, quienes reían y participaban sin miedo, divertidos y seguros. Muchas veces lo vi burlarse de sí mismo en las escuelas, de usarse como el peor ejemplo, de sacarse anécdotas de la manga y de evocar al pasado con una habilidad que cualquiera deseaba. 

Este 2021, desde enero, nos veíamos casi todos los días. El BioMaya era el punto de convergencia. Ahí estaba sentado bebiendo café acompañado de un libro, tomando cursos en línea, charlando con los promotores de lectura, entrevistando, junto al maestro Ramón Mancilla, a escritores, pintores y artistas. Ahí estaba con su círculo de amigos bromeando, hablando de libros, riéndose de la vida, saludando a sus “padrinitos” y a las “mujeres”. 

La última vez que lo vi fue el lunes 9 de agosto. Saludó de lejos y entró al baño a cambiarse la playera que traía empapada de sudor. Se despidió mostrando el pulgar hacia arriba, como siempre, acompañado por su esposa. Horas después nos escribimos. “Siempre positivo, padrinito”, dijo, tomando la enfermedad por los cuernos, burlándose del bicho, mostrándole que él se mantenía en paz. Siempre en paz. De inmediato me tomé la libertad de enviarle un audio de varios segundos donde le decía que él era un chingón, que se relajara y que pronto nos íbamos a reír de esto. Al siguiente día hablamos de repetir la aventura en “La cabaña”, un bar en el que alguna madrugada, junto a otro amigo, casi nos muelen a patadas por la imprudencia de un tercero. Pero los tiempos de cada uno son perfectos y ya no tuvimos oportunidad de que presentara mi último libro, como habíamos planeado, o de escribir a dos manos Don misho pinto de La Mancha. No, no fue así. El miércoles 11 Hugo trascendió. Su luz dejó el espacio material para erigirse como una estrella más del cosmos desde donde nos miran los abuelos, el Rayito, don Fer Trejo, Tincho, mi amigo Roberto, el primo Migue, el maestro Castro Aguilar y muchos que se fueron en estos tiempos pandémicos a cuidarnos desde el otro plano. 

No tuvimos tiempo de intercambiar los libros prometidos, querido Hugo. Pero sigo tu ejemplo, padrino, y de vez en vez dejo libros en algunas paradas, en los asientos traseros de los taxis, en los parques. Otras veces los doy de mano en mano. Hasta desarmé mi biblioteca personal y regalé a la biblioteca de Mind Up más de la mitad. Quizá, como dijiste aquella mañana que me bromeabas por ponerle azúcar al café, alguien que necesite compañía encuentre en esos libros la esperanza para poder seguir en lugar de tenerlos amontonados, cubiertos por el polvo.

Barrio Juy Juy, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México.

17 de agosto de 2021.

César Trujillo (Yajalón, Chiapas, México, 1979). Licenciado en Lengua y Literatura Hispanoamericana y Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública. Ha publicado los poemarios Laberintos, Donde termina el país de las maravillas, De corazones y cardiopatías, Bitácora del capitán Francisco de Ulloa, Evocación de la infancia, Al amor también lo devoró la luz y La casa que fuimos. Parte de su obra está antologada en Tratado Mesoamericano de Libre Poética: Ecos Náhuatl Honduras-México Tomo 1, Un manojo de lirios para el retorno, 8º Carruaje de Pájaros, Plexoamérica. Poesía y gráfica Chiapas-Chile, Universo poético de Chiapas, La piedra del fuego y Los líquidos abismos. Su obra ha merecido el Premio Nacional de Poesía Timón de Plata 2014, el Premio Nacional de Poesía Rodulfo Figueroa 2017, el Premio Municipal de Poesía Juegos Florales San Marcos Tuxtla 2019 y el Premio Nacional de Poesía Ydalio Huerta Escalante 2019. Actualmente es Director de Publicaciones del Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas.

3 Comments

Canario de la Cruz

agosto 19, 2021

Entre el vacío y la esperanza en este texto me quedo que a los amigos y amigas hay que abrazarlos con fuerza, decirles te amo. Hasta pronto, Hugo.

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Elias

agosto 19, 2021

Excelente descripción del maestro Hugo, Un gran hombre lleno de luz, retomo la frase del maestro Ramón y el mismo “leer es el camino” Saludos por esta vía estimado lic. Cesar Trujillo.

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Guadalupe Albores Castro

agosto 19, 2021

Una conmovedora reseña de tu encuentro con el genial Hugo Montaño; honras su vida y la amistad entre ustedes. Y si, aquí, en tus líneas, lo encontré con toda su generosidad y la enorme humanidad que lo caracterizó. Gracias por estas líneas, seguramente sonreirá y las agradeceré desde donde esté.

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