Poesía,

Hay que cambiar el agua de las peceras cada cierto tiempo, de Cristina Bello

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Foto: Jesús González Mendoza.

(Morelia, Michoacán, 1995). Egresada de la licenciatura en Literatura Intercultural de la ENES Morelia UNAM. Sus poemas aparecen en la antología del IV Encuentro Nacional de Poetas Jóvenes Ciudad de Morelia y en distintas revistas digitales como Efecto Antabús, Espora, Liberoamérica, entre otras. Fue becaria del IX Curso de Creación Literaria para Jóvenes Escritores de Fundación para las Letras Mexicanas y la Universidad Veracruzana en la categoría de poesía (2017). Obtuvo mención honorífica en el Premio Nacional Universitario de Poesía Desiderio Macías Silva (2017).


Hay que cambiar el agua de las peceras cada cierto tiempo

Imaginaba nombres: María, Yunuén, Alejandra,
los nombres salían desde la boca de mamá
pero ninguno era mío,
a veces pienso que mi nombre hallará otro cuerpo
o su cauce que es lo mismo
en algún río o en algún prado.

Entonces mamá me reconocería
porque mi voz es queda, inaudible como nunca antes,
porque tengo lunares que me distinguen
o por la cicatriz en mi rodilla derecha
cuando de niña caí, caí
y seguí cayendo.

Deletreo mi nombre, largo…
quisiera mejor no tenerlo / llamarme, por ejemplo, Anónimo
y depositar el otro en un buzón de quejas y sugerencias,
redactarían la carta y a los pocos días contestarían que sí
que puedo cambiarlo ahora
antes de primavera
porque vendrán insectos
a perforar sus propiedades
o los peces de agua dulce
comerían de él.

Mi nombre entonces
es tan sólo la carnada de los pececillos, ella dice:
hay que cambiar el agua de las peceras cada cierto tiempo,
hay que cambiar la voz cada cierto tiempo,
hay que inventarnos nombres
escribirlos con gis blanco en el pizarrón,
el gis blanco puede borrarse fácilmente,
puede reescribirse
en el prado
el agua
la costilla de mi padre.

Me presentaría en el salón al día siguiente,
mi nombre es Anónimo, me gustan los peces y andar en bicicleta
al salir tendría una amiga o dos,
después las invitaría a casa
para que escribieran sus nombres en pedacitos de papel
y luego los olvidarían,
no sabrían con qué letra empiezan
ni el trazo del abecedario,
todas seríamos Anónimo.

Anónimo caminaba sola por la calle
Anónimo vestía una falda corta
Anónimo tomó un taxi
Anónimo bebió cerveza
Anónimo salió de noche

Seríamos Anónimo unas semanas,
la escuela y las calles estarían plagadas de letreros
y gis blanco de caligrafía ilegible,
me enseñaron que los nombres llevan cargas,
inventamos significados como también inventamos destinos,
cuando supe el significado de mi nombre
descubrí que debía alzar oraciones
y besar los pies de una estatua
porque mi nombre lo pedía,
pensaba en las almas como humo contenido
en cajitas de madera
animales en cautiverio,
un día quise ver una
pero no contenía humo,
contenía una carta
tenía la palabra renuncia
y estaba firmada por A.

Corrí a casa con la carta en las manos
mamá dijo que conoció a Anónimo
un día un señor se la llevó en un taxi
y después la encontraron desnuda
en un prado o en un río.

El nombre de Anónimo salía de la boca de mamá
y no era el humo que cabía en cajitas de madera
o en un buzón de quejas y sugerencias
ni en un pizarrón que se borra fácilmente.

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3 Comments

Verónica Pérez

mayo 8, 2019

Hermoso poema, en definitiva, quiero leer más de Cristina Bello

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Ivan Cambron

mayo 9, 2019

Reflexivo… me encantó. Un placer leerlo.

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Anónimo

mayo 9, 2019

Te amo Cristona.

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