Homero Aridjis, nacido en 1940 en Contepec, Michoacán, es un destacado poeta, novelista, catedrático mexicano. Su obra literaria abarca más de 50 títulos, incluyendo poesía, narrativa, teatro, ensayo y literatura infantil. Entre sus libros más reconocidos se encuentran Mirándola dormir (1964), Los espacios azules (1969), El poeta niño(1971) y El señor de los últimos días (1994). A lo largo de su carrera, Aridjis ha recibido múltiples reconocimientos, como el Premio Xavier Villaurrutia en 1964, convirtiéndose en el escritor más joven en obtenerlo. También fue galardonado con el Premio Literario Novedades y Diana en 1988 por Memorias del Nuevo Mundo.
La influencia literaria de Homero Aridjis se manifiesta en su capacidad para entrelazar lo histórico, lo mítico y lo lírico en una escritura de gran intensidad poética. Su estilo, que se caracteriza por imágenes poderosas y contemplativas, dialoga con la tradición de autores como Octavio Paz y José Emilio Pacheco. Por otra parte, su obra también ha sido clave para generaciones posteriores de poetas y narradores que exploran la memoria, el tiempo y la identidad con una sensibilidad profunda, consolidando su lugar en la literatura mexicana contemporánea.
QUEMAR las naves
para que no nos sigan
las sombras viejas
por la tierra nueva
para que los que van conmigo
no piensen que es posible
volver a ser lo que eran
en el país perdido
para que a la espalda
sólo hallemos el mar
y enfrente lo desconocido
para que sobre lo quemado
caminemos sin miedo
en el aquí y ahora
.
DONDE pasó lo oscuro vuelve a salir la hierba
la raíz afloja por debajo el suelo
el sol es un halcón sobre las ruinas
y las ramas del árbol empujan el muro
e inclinan el techo hacia las rocas
en las ventanas hay nidos
y en los huecos ojos imperceptibles
nos siguen entre la cal y el polvo
y de donde el amor dormía
sale volando un pájaro
.
COMO A UN DIOS COMPLETO
La amo de la cabeza a los pies del sexo a las puntas de los dedos de los hombros a las rodillas en su corazón y en sus ojos por delante y por atrás de abajo hacia arriba de noche y de día en donde está y en donde no está como a un dios completo
.
UN DÍA UN HOMBRE OLVIDA
Un día un hombre olvida
un mar un continente y un planeta
olvida las facciones de su padre
y las huellas de su propia mano
olvida el fulgor de sus ojos en otros ojos
y el sonido del agua en su cabeza
olvida el timbre de su voz y el ruido de su sueño
que despierta a otros pero no a sí mismo
olvida el traje y la casa que habitó
la calle y la ciudad que lo olvidaron
olvida el amor la revelación la muerte
el espejo que no devuelve ya su imagen
Un día un hombre se olvidará a sí mismo
olvidará que olvida
.
LAS PALABRAS NO DICE
Las palabras no dicen lo que dice un cuerpo subiendo la colina al anochecer
las palabras no dicen lo que dice un colibrí en el aire al mediodía
las palabras no dicen lo que dice un perro esperando a su amo que nunca volverá
las palabras no dicen lo que dice el paso de la mujer y el movimiento en el árbol de la mañana
las palabras no dicen lo que siente un fresno al ser fulminado por un rayo
las palabras no dicen la sensación de nacer de amar y de morir
las palabras son las sombras atadas a los pies de un hombre que avanza demasiado rápido entre la multitud
son párpados de sueño con que el hombre cubre el amor que no alcanza a comprender
.
NO SÓLO los idiomas de los hombres mueren
no sólo el bronce de la cabeza de Sulla se abre
no sólo el tigre de Bali se extingue
hay lenguajes privados que se apagan
hay sueños que nos rompen los ojos
hay animales nuestros que mueren de irrealidad en la calle
No sólo los panteones de las épocas pasadas
están llenos de dioses olvidados
el amor de los hombres está hecho de palabras perdidas
.
UN POEMA OTOÑAL DE AMOR
Ruede el amor por los campos azules de la tarde
como ruedan en tus ojos los soles cotidianos.
Descienda el amor en cascada de tus brazos
como la lluvia baja las escaleras con rodillas dobladas
para correr blanca y libre por las calles ansiosas y ansiadas.
Rueden tus ojos en mis ojos, y en círculos fugaces
de luces y de sombras, de instantes copulados,
bien vividos, más bien desvividos, se abracen y desabracen,
hasta que no haya cielo ni luminarias encendidas
ardiendo sobre este laberinto sin puertas ni paredes,
en que te encuentro abierta, tibia, acogedora, mía.





