Rainer Maria Rilke nació el 4 de diciembre de 1875 en Praga, entonces parte del Imperio Austrohúngaro. Su infancia estuvo marcada por la presión de una educación estricta y un entorno familiar poco afectuoso, lo que influyó en su sensibilidad y su búsqueda de trascendencia a través del arte. Rilke es considerado uno de los poetas más importantes del simbolismo y modernismo europeo, cuya obra destaca por su introspección y su capacidad para abordar temas universales como la muerte, la soledad y la conexión espiritual.
Entre sus obras más notables se encuentran las Elegías de Duino (1923) y los Sonetos a Orfeo (1923), ambos escritos en un lenguaje profundamente lírico que mezcla la reflexión filosófica con imágenes visuales de gran fuerza. Su única novela, Los cuadernos de Malte Laurids Brigge (1910), explora la identidad y el aislamiento desde una perspectiva existencial. Otras obras como El libro de horas (1905) y El libro de las imágenes (1902) consolidaron su reputación como un poeta que dialoga con lo sagrado desde la fragilidad humana.
Su obra ha sido traducida a numerosos idiomas, siendo valorada tanto por su complejidad temática como por su capacidad para evocar lo inefable. En su natalicio, lo conmemoramos con siete poemas, de la traducción de Jaime Ferreiro Alamparte.
DÍA DE OTOÑO
Señor: es hora. Largo fue el verano.
Pon tu sombra en los relojes solares,
y suelta los vientos por las llanuras.
Haz que sazonen los últimos frutos:
concédeles dos días más del sur,
úrgeles a su madurez y mete
en el vino espeso el postrer dulzor.
No hará casa el que ahora no la tiene,
el que ahora está solo lo estará siempre,
velará, leerá, escribirá largas cartas,
y deambulará por las avenidas,
inquieto como el rodar de las hojas.
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UN DIOS LO PUEDE. PERO, ¿CÓMO PUEDE, DIME,
seguirle un hombre a través de la estrecha lira?
Su sentido está escindido. En la encrucijada
del corazón no se alza ningún templo a Apolo.
El canto, cual tú se lo enseñas, no es anhelo
ni petición de algo que al fin es alcanzable.
Cantar es ser. Para el dios esto es cosa fácil.
Pero ¿cuándo somos nosotros? ¿Cuándo vuelve
él hacia nuestro ser la tierra y las estrellas?
Eso no es, oh joven, porque tú ames, aun cuando
entonces la voz te fuerce la boca, aprende
a olvidar porque cantaste. Todo eso pasa.
En verdad el cantar es un soplo distinto.
Un soplo por nada, una onda en el dios. Un viento.
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EL INTERIOR DE LAS ROSAS
¿Dónde para este interior
un exterior igual? ¿Sobre qué herida
un adecuado lienzo?
¿Qué cielos se reflejan
en el lago interior
de estas rosas abiertas
y sin cuidados? Mira:
cómo reposan, sueltas en lo suelto,
como si jamás temblorosa mano
las pudiera anegar.
Ellas mismas apenas son capaces
de mantenerse; muchas se dejaron
desbordar y se vierten
del espacio interior
en los días que se cierran
siempre más y más colmados,
hasta que el estío es como una alcoba,
una alcoba en un sueño.
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INFANCIA
Allí transcurre la larga angustia de la escuela
y el tiempo de espera con objetos indistintos.
Oh soledad, oh pesadumbre de pasar el tiempo…
Y al salir: bullen y suenan las calles,
y en las plazas se elevan surtidores,
y en los parques cobra amplitud el mundo.
E ir por todo eso en traje infantil,
muy distinto de los que van o fueron:
Oh edad singular, oh pasatiempo,
oh soledad.
Y contemplar de lejos todo eso:
hombres y mujeres; hombres y mujeres
y niños, que son otros y vistosos;
y allá una casa, y a ratos un perro,
y un susto mudo, qué sueño, qué espanto,
oh qué hondura sin fondo.
Y así jugar: pelota y arco y aro
en un jardín, que suave palidece,
y a veces, por tocar a los mayores,
ciego y loco jugando al escondite,
pero quieto al anochecer, y volver a casa
pasito a paso, tieso y cogido de la mano:
Oh qué comprender siempre más y más huidizo,
oh qué angustia, qué peso.
Y arrodillarse muchas horas junto al estanque
grande y gris con el barquito de vela;
olvidándolo, porque otros iguales,
de velas más lindas, circulaban por delante,
y tener que pensar en la carita
pálida que parecía hundirse en el estanque:
Oh la infancia, oh comparación inaprensible.
¿Adónde fue, adónde?
.
¿HAY REALMENTE UN TIEMPO DESTRUCTOR? ¿CUÁNDO EN LA ALTURA
tranquila, quebrantará el tiempo el castillo roquero?
Este corazón, pertenencia infinita de los dioses,
¿cuándo le hará violencia el demiurgo?
¿Somos en realidad tan miedosamente frágiles
como el destino nos quiere hacer ver en verdad?
¿Está esta infancia, honda, prometedora,
en las raíces – más tarde – aquietada?
Ay, el fantasma de lo transitorio,
a través de la sensible inocencia,
se desvanece cual si fuera humo.
Como seres vagabundos que somos
valemos no obstante junto a las fuerzas
que perduran para usanza divina.
.
TODOS LOS QUE EN TU BUSCA ANDAN, TE TIENTAN,
y los que de este modo te hallan, te atan
en gesto y en imagen.
Pero yo quisiera abrazarte
como te abraza la tierra;
con mi madurez
madura
tu reino.
Yo no ansío de ti la vanidad
que te demuestra.
Yo sé que el tiempo
no es lo mismo que tú.
No ejecutes por mí ningún milagro.
Da la razón a tus leyes, las cuales
de generación en generación
se hacen visibles.
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MAUSOLEO
Corazón regio. Núcleo de un altísimo
árbol señero. Fruto balsámico.
Nuez dorada del corazón. Urnas de amapola
en medio en el centro del monumento
(donde el eco salta hacia atrás
como una astilla de silencio
cuando te mueves,
porque te parece
que tu postura anterior
era demasiado estridente…).
Al margen de los pueblos,
acorde con los astros,
corazón regio girando
en círculo invisible.
¿Dónde está? ¿Adónde,
aquello de la ingrávida
favorita?
El sonreír, desde fuera,
puesto sobre la redondez morosa
de los frutos serenos
o de la polilla, acaso,
lindeza, ala de crespón, sentidor…
Pero, ¿dónde el que la cantaba,
el que entonces la cantó,
el corazón del poeta?
Viento
invisible,
reverso del viento.





