Poesía,

La luz que brota del origen: una conversación con Tania Ramos Pérez

El mapa poético de Mesoamérica tiene nodos invisibles que la burocracia de las fronteras jamás podrá disolver. Hay cantos que se heredan como una topografía del espíritu, donde la tierra, el mito y la memoria familiar se trenzan en una sola cuerda. Este año, el XX Premio Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón consagra en esa geografía a una de las voces más rigurosas y profundas de las letras chiapanecas contemporáneas: Tania Ramos Pérez (San Cristóbal de Las Casas, 1984). Antropóloga social, investigadora y aliada fundamental en el trayecto de Carruaje de Pájaros, Tania se convierte en la segunda mujer en la historia en obtener este galardón continental con su poemario Qué habitará en densa oscuridad, el cual recibirá formalmente el viernes 17 de julio en el marco de la FILGUA, en Guatemala.

Pero esta entrevista no nace únicamente de la coyuntura del triunfo; es también un reencuentro con un linaje entrañable. Quienes tuvimos la fortuna de trabajar hombro con hombro con su padre, el maestro Juan Carlos Ramos Treviño —destacado poeta, maestro y ensayista—, reconocemos en el oído, la curiosidad y el rigor de Tania la continuidad de un canto que la distancia física de la pandemia no pudo apagar. En los días del confinamiento, el maestro partió en plenas funciones creativas, dejándonos una biblioteca que era también un mapa de disidencia y asombro. Hoy, a las puertas de su viaje a Centroamérica, conversamos con Tania sobre las oraciones del cuerpo, el rito chamánico como bálsamo contra el despojo, el duelo habitado desde la palabra y esos misterios que persisten en la densa penumbra de su poesía.

Archivo fotográfico personal de la autora.

Fernando Trejo: Tania, ganar el XX Premio Mesoamericano Luis Cardoza y Aragón sitúa tu voz en un mapa continental, convirtiéndote además en la segunda mujer en obtenerlo. ¿Qué significa para ti recibir este galardón precisamente en Guatemala, una tierra con una herencia mesoamericana tan viva y que dialoga tan íntimamente con tu formación antropológica?

Tania Ramos Pérez: Las culturas mesoamericanas han formado parte de mi vida desde siempre, mi madre y mi padre tienen sus orígenes familiares en las regiones fronterizas de la Sierra Madre de Chiapas y el Soconusco, específicamente, Guatemala, ha estado presente en mi vida desde mi genealogía y mi universo simbólico. Crecí escuchando a mis abuelos hablar del Cadejo, por ejemplo, con palabras en lengua mam en el lenguaje cotidiano, con alusiones a una frontera casi inexistente cuando se trataba de familia, amistades, comercio, estudios. Mi familia me inculcó desde muy pequeña, por un lado, el amor por la lectura y, por el otro, una profunda curiosidad y asombro hacia el mundo prehispánico. Mis padres se empeñaron por recorrer buena parte de los sitios arqueológicos de la región mesoamericana, sobre todo, de la cultura maya y, lógicamente, en esos viajes en busca del pasado, encontrábamos el presente de esos pueblos, comunidades que, como las nuestras, atraviesan historias de despojo, violencia, discriminación, a la vez que resisten desde sus fiestas, desde la reciprocidad, desde sus comunalidades. En este sentido, me honra y me hace muy feliz el saber que mi trabajo ha sido reconocido, porque va en él mi mirada como mujer, como hija, como madre, como científica social, como escritora y como una habitante de esta región en la que crecí y a la que debo todo lo que soy.

FT: Tu poemario ganador se titula Qué habitará en densa oscuridad. En un presente saturado de inmediatez y sobreexposición, ¿qué tipo de preguntas u oquedades fuiste a buscar en esa “densa oscuridad” para que terminaran transformadas en versos?

TRP: En esa densa noche me busqué yo misma, el eje del poemario son las oraciones de un especialista ritual que trata de ayudar a su paciente a encontrar su alma, su ch’ulel, el viaje implica penetrar el universo “otro” que vive en la noche, un espacio plural en el que los tiempos se conjugan, los lenguajes no siempre son unívocos y donde, la única forma de no extraviarse, es sabiendo realizar las ofrendas correctas, ofrendas que, a veces son elementos físicos, otras, son un proceso psicológico de aceptación, perdón y redención. Y es que los procesos de curación en los pueblos originarios de Mesoamérica no solo implican el tratamiento del cuerpo físico, sino también del tratamiento mismo del espíritu y toda la historia cercana y lejana que le atraviesa. De eso va el poemario, es una búsqueda propia y colectiva, a la vez, al menos, esa es la intención que lo atraviesa.

FT: Tu escritura suele habitar una frontera fascinante donde la antropología social y la poesía se difuminan. Desde Invocaciones hasta este nuevo libro, ¿cómo opera en ti la mirada de la antropóloga al momento de registrar el mito, el rito y la memoria, y en qué punto se rinde ante el misterio del lenguaje poético?

TRP: Pienso que tiene que ver con un tema de profundización y apertura a todo lo que mis sentidos y mi conocimiento han registrado, desde que soy pequeña, hasta mis experiencias en los pueblos en los que he vivido como parte de mi trabajo etnográfico, por ejemplo, los años que viví en Tihosuco, Quintana Roo, registrando ceremonias y rituales para mi tesis de maestría, están presentes en este libro, lo mismo que los trabajos antropológicos de Jacques Galinier, sobre todo, su libro Los otomíes en la oscuridad, y la obra de Pedro Pitarch, especialmente, un texto que cito reiteradamente en mi libro es La palabra fragante. Cantos chamánicos tzeltales. Tanto mis experiencias en las comunidades como los libros que voy estudiando, han ido conformando mi forma no solo de crear, sino también de concebir mi propia cotidianidad, vivir esos encuentros han ampliado y transformado mi forma de ver el mundo y, entonces, a partir de ahí, he aprendido a valorar cada vez más cada una de las formas en que las culturas mesoamericanas han luchado y resistido desde la conquista a nuestros días. Empalabrar esos mundos es otra forma de vivirlas, mi poesía trata de eso, de una forma específica de vivir sustentada en la libertad que permite el lenguaje poético, un lenguaje que no se ciñe a lo que vemos como común y normalizado, un lenguaje que se rebela ante las apariencias y se hunde en todas las posibilidades que el lector quiera construir sobre sí mismo y el mundo que le rodea. Así es como los pueblos han resistido al embate de la modernidad, desde la creatividad y sus propias formas de nombrar y concebir la realidad.

Archivo fotográfico personal de la autora.

FT: La poesía en tu vida no es una coincidencia, es un mapa de herencias. Tu padre, el maestro Juan Carlos Ramos Treviño, habitó también los rigores y las bellezas del verso, y obtuvo, cuando tú tenías 13 años, el Premio Ramón Iván Suárez Caamal, con el magnífico libro El nacimiento del biombo. En una entrevista mencionabas que él te leyó poesía desde siempre y posteriormente desmenuzó junto a ti las estructuras de esos textos. ¿De qué manera la complicidad con su biblioteca y su propia búsqueda poética educaron tu oído y tu sensibilidad cuando empezabas a escribir?

TRP: Mi papá era un lector enamorado de su biblioteca, además, coleccionaba arte, también aprendió a pintar de forma autodidacta. Le gustaba mucho la carpintería. Era un creador en toda la dimensión de la palabra, también desde la academia como educador fue un gran creador de propuestas y organismos. No había forma de que estuviera quieto, todo le despertaba curiosidad y el ímpetu por la exploración fue uno de sus estados favoritos. La biblioteca formó una parte de la educación que mencionas, la música, las artes visuales, los viajes a la selva, al mar, a subir la cima de volcanes, a los pueblos para vivir sus fiestas, a los sitios arqueológicos, todo eso conformó otra parte importante de mi vida. Su militancia también forjó mi necesidad de buscar otros rumbos que no siempre fueran los impuestos. Quizás en eso se resume el caminar de mi padre y lo que me legó, en percibir a la poesía como un acto de rebeldía, como un constante inconformismo ante la normalización de la existencia, la búsqueda constante por esos otros mundos, esas otras formas de hablar, de soñar, de sentir, que están en la base de la poesía. Mi padre vivió su vida poéticamente, esa fue la enseñanza más hermosa que me dejó.

FT: El maestro Juan Carlos nos dejó físicamente durante los días de confinamiento en la pandemia, una época extraña donde el duelo tuvo que aprender a vivirse desde el aislamiento. En tu caso, ¿la poesía funcionó como una casa para resguardar su memoria o como un canal para continuar esa conversación que la distancia física interrumpió?

TRP: Definitivamente, sobre todo si pienso a la poesía como esa forma de vida que mencioné antes, de alguna forma en mi manera de vivir el mundo está siempre la poesía, mi padre, al “dejarnos”, entre comillas, solo se adhirió, se agregó a todas y cada uno de las cosas que veo, que imagino, que toco. Todo mi trabajo poético ha dialogado y dialoga con él, sin importar que tan lejos o cerca se encuentren nuestros estilos poéticos. Quizás, de una forma no del todo consciente, Que habitará en densa oscuridad, fue pensada como una casa para él y para mí, una casa en la que la noche, pensada como portal, nos permitiera reencontrarnos, hablarnos, aconsejarnos, como lo hicimos mientras vivíamos. Yo lo invoco, cuando tengo alguna inquietud me digo sus frases, recordando el tono exacto de su voz, sus gestos, o aquel verso suyo que dice: es que de pie mañana quiero verte, y sí, entonces aparece de forma muy concreta esa casa que mencionas, ese hogar que solo la poesía nos permite.

FT: Hay una dolorosa belleza en el hecho de que tu padre partiera en plenas funciones creativas y laborales, y que hoy seas tú quien lleva la palabra de Chiapas a las esferas internacionales. Si pudieras colocar Qué habitará en densa oscuridad en las manos de tu padre en este instante, ¿cuál poema le pedirías que leyera primero y por qué?

Archivo fotográfico personal de la autora.

TRP: Uno de los poemas de la última sección que se intitula La Gracia. Las primeras secciones del libro son dolorosas y densas, el extravío, las injurias, cierta desesperanza las conforma, pero en la última sección aparece la calma, la certeza, la fuerza, la aceptación y cierta idea de redención acompañada, esa última sección sería la que me gustaría que viera primero, porque mi papá vivió mucho tiempo con miedo, con miedo a que las esperanzas y los sueños, todos, se vinieran abajo, entonces, todo lo que hacía, lo hacía para apuntalar la posibilidad de una vida más plena para él y para quienes le rodeaban, ese mundo justo y sin opresiones que todas y todos ansiamos, en esta última parte hay la edificación de un mundo originario, un lugar común, como el reino celeste que promete la Biblia, pero, a diferencia de ser la luz su particularidad, es la oscuridad y las comunidades que la moran, un lugar en el que sentirse siempre cobijado y que habita siempre dentro y fuera de nosotros.

FT: En libros anteriores como Los ministerios del polvo, exploraste figuras complejas como María de Magdala a través de una mirada sumamente intuitiva y mística. ¿Consideras que la poesía contemporánea escrita por mujeres en el sureste mexicano está logrando fundar nuevos mitos o, más bien, desenterrando verdades que el polvo de la historia oficial había sepultado?

TRP: Me parece que sí, mi generación y las generaciones más jóvenes de mujeres estamos observando el mundo con ojos nuevos, muchas prácticas anquilosadas del pasado están siendo desmitificadas y renombradas o reconstruidas. Hay mucha producción literaria con menos miedo a empalabrar lo injusto y lo que duele, estamos descubriendo que no estamos obligadas a repetir historias o a soportar lo insoportable. Comenzamos a ver que, poco a poco, como las instituciones que pasaron siglos sin modificar sus estructuras, ahora están cediendo, pensemos en la Iglesia y la transformación profunda que realiza el movimiento feminista y sinodal desde su interior, pensemos en todas las nuevas leyes que están apareciendo en la defensa de los derechos de las mujeres. El cúmulo de violencias que vivimos todas y todos actualmente, nos han puesto en alerta no para someternos, sino para pensar la urgencia de revisar y reconstruir los caminos que pensamos que eran los correctos, esto pasa por revisitar los mitos fundacionales de nuestra cultura, los marcos hegemónicos de la existencia y desenterrar las posibilidades que han estado ahí y que no han sido visibilizadas. Hace poco vi el documental de Ana Ts’uyeb, Li Cham, y justo pensé, estas mujeres y sus comunidades llevan décadas revisando, pensando y reelaborando sus contextos, son décadas de una lucha silenciosa, es una pena que esas historias no estén, por ejemplo, en los libros de texto gratuitos, en todos los foros universitarios, pero comienza a hacerse visible, poco a poco. En ese mismo sentido es que las mujeres del sureste mexicano y centroamericanas tenemos mucho que desentrañar y que reconstruir.

FT: Como colaboradora y aliada fundamental de proyectos independientes en nuestro estado, como Carruaje de Pájaros, conoces perfectamente las dificultades y los milagros cotidianos de la gestión cultural en Chiapas. ¿Cómo balanceas la soledad que exige el acto creativo con la colectividad y el desprendimiento que requiere tender puentes para otros autores?

TRP: La creación, la gestión y la promoción de la literatura no son dos ámbitos separados, a través de Carruaje de Pájaros he descubierto que el ánimo creador es el hilo que conecta las tres actividades, escribir reseñas, presentar a otras u otros autores, traducirlos, charlarlos, forma todo parte de un mismo universo, disfruto de igual forma el momento solitario de mi escritura que el momento que doy para acompañar los mundos creativos de otras y otros compañeros escritores, como he disfrutado mucho el impartir charlas o clases de creación literaria. Es cierto, a veces lo que nos falta es tiempo, o facilidades para realizar las labores, pero es un espacio que avanza con la bandera de la confianza firme puesta en el papel que juega la poesía y toda la literatura en la vida de los seres humanos, tanto para quienes la escriben, como para quienes la leen.

FT: El próximo 17 de julio recibirás este galardón en la FILGUA. Pensando en los lectores mesoamericanos que se acercarán por primera vez a tus páginas a partir de esta fecha: ¿cuál es el refugio o la certeza que esperas que encuentren al habitar tu poesía?

El de la pluralidad, el de la diversidad de formas que existen para librar la adversidad, formas de las que hay muchas ya depositadas en nuestro orígenes, en nuestra ancestralidad compartida, en nuestras formas de hacer comunidad, en nuestras formas de unir lo asequible con lo numinoso, en la poesía que nos habita y nos revela las maneras en que nuestro cuerpo se interconecta con la naturaleza, con lo que nos rodea, con el pasado, el presente y el futuro, un “yo”, aparente, que cobra sentido una vez que se sabe unánime.

En un tiempo que insiste en levantar muros y fronteras imaginarias, el triunfo de Tania en Centroamérica nos recuerda que la verdadera poesía no conoce aduanas; es, más bien, un territorio común donde los vivos y los ausentes continúan conversando a través de la penumbra.

Tania Ramos Pérez viaja a Guatemala a refrendar con su rigor antropológico y su oído poético que la palabra sigue siendo nuestro escudo más antiguo contra el olvido. Desde las páginas de Carruaje de Pájaros, celebramos este nuevo hito de su trayectoria con la certeza de que, en las manos y en el canto de esta autora chiapaneca, la densa oscuridad siempre encuentra una rendija por donde fundar la gracia.