Narrativa,

La mamá de Rubén, cuento de Fabián G

Fabián

Te lo dije.

No podía soportar más a tu madre.

No podía soportar más que viniera al cuarto a preguntarme qué le había hecho a su nieto, a tu hijo.

Cada noche, todas las noches escuché el sonido de su bastón al acercarse. Lejano, al principio, se oía como la voz de un enfermo: un ruido pequeño, despacio. Luego, conforme abría y cerraba las puertas, el sonido se iba ampliando por los pasillos de la casa hasta hacerse grave, hasta parecer el eco de un soprano, de un tambor de guerra, de alguien que azotaba con un mazo la cabeza de los condenados.

Entonces aparecía ella, con el rostro a media luz, preguntando:

—¿Qué le estás haciendo a Ricardito?

Lo sabes.

Los niños lloran, siempre lloran: por hambre, porque están meados, por sueño, por lo que sea, pero siempre lloran.

—Es el pañal —decía, limpiándome las manos.

—¿No te cuidan, amor? ¿Te tratan mal? —le preguntaba al niño, como si él pudiera responderle.

No entiendo por qué tu madre no lo comprendía.

—Ustedes creen que lo saben todo —iba diciendo al retirarse, cuando mis ojos ardían como las llamas del infierno.

Y tú, cabrón, tú te quedabas sentado en la orilla de la cama, viéndome en la penumbra, encorvado, mientras yo trataba de calmar el llanto de Ricardo.

Te pregunto: ¿sabías que pasaría? ¿Sabías que terminaría así?

Parecías ajeno a todo, distante, engullido por tus lecturas, por lo que decías era tu manera de llevar la situación a flote.

Te lo dije.

No debimos volver a la casa de tus padres. Pero tus excusas fueron eficaces y comprendí que había algo de razón en ellas: “¿a dónde iremos?”, decías.

Cierto, no había a dónde ir.

Y no había lugar para nosotros porque a donde fuéramos, las puertas se cerraban. Te empeñaste tanto en escribir, en ser escritor, en dejar a la deriva la vida nuestra. La renta excedía nuestros gastos y pronto nos echaban, le debíamos a todo mundo, y claro, tu madre se ofreció a darnos una habitación, en tanto que nos recuperábamos de la mala racha.

Accedí por él, por mi hijo.

No tardé en escuchar los reclamos: “si Rubén no trabaja, podrías hacerlo tú”, “está carísima la leche, no sé cómo vamos a llegar a la quincena”.

Sabes muy bien que me tragaba el orgullo, que bajaba la mirada buscando la mirada de Ricardo. En sus ojos hallaba la fuerza que tú no me dabas, en él encontré el respaldo que tú no eras capaz de darme. Ricardo miraba a ninguna parte y hacia todos lados: ¿recuerdas su sonrisa al ver pasar frente a su cara una mariposa?

No sé cómo pude soportar a tu madre.

Y tu padre, ¿qué puedo decir de él? Era la vaca más domesticada del establo. Llegaba del trabajo, dejaba sobre la mesa el maletín y se disponía a comer. Terminaba, y el resto de la tarde se la pasaba viendo programas de chismes en la televisión.

Pero tú, Rubén, tú pudiste hacer algo. Pudiste decirle a tu madre que estabas trabajando, que habías decidido emprender la escritura de un libro, que las cosas mejorarían, aunque no fuera cierto. Ella hubiera aceptado una mentira, incluso yo la hubiera aceptado. Sin chistar te hubiera seguido con el engaño, y no lo hiciste. Ni siquiera lo intestaste.

Te faltó valor.

Tal vez eras tú la vaca domesticada.

El más cruel de los hombres indiferentes o el más egoísta.

Si comíamos, tu madre estaba ahí para reprenderme, para decirme cómo tenía que alimentar a mi hijo. Si lo dormía, ella no tardaba en darme un consejo; es más, si lo bañaba, escuchas, si lo bañaba, no faltaba una palabra suya para informarme que lo estaba haciendo mal.

Rubén. Estoy segura que tú sabías que terminaría así. Eres un hijo de puta. Un cabrón.

Un cobarde.

Maricón.

Sabías que yo lo haría. Sabías que no tenías el valor de hacerlo y dejaste que me hartara. Ahora comprendo por qué me decías que a ti no te dejaba en paz. Entiendo por qué fuiste minando mi paciencia desde antes de conocerla. Nunca fuiste valiente, eso lo sé, pero no me imaginaba qué tan ruin podías ser.

Recuerdo cómo me miró tu padre al encontrarme con ella en tales circunstancias. Me pareció ver en él un alivio. Me pareció que sonreía, pero quise pensar que lo estaba imaginando.

¡Ah, cómo extraño a Ricardo!

No sabes cuánto deseo tenerlo entre mis brazos, mimarlo, darle de comer. Sentir que respira con mi aliento, tocar con mi corazón sus labios.

¿Qué más puedo decir? ¿Quieres que te odie? ¿Quieres que siga recriminándote? No lo haré. Tengo la suficiente rabia para morder, pero no lo haré.

Por instinto, tal vez, por coraje, por lo que haya sido, esperé a que la noche llegara. No fue necesario que abriera las demás puertas hasta llegar a la nuestra, no fue necesario escuchar el eco rebotando entre los muros de la casa, no hizo falta que dijera nada. Ella cayó, solemne, al piso. No hubo gritos, no hubo reclamos, ni una sola mala palabra. Sentí cómo su voz se iba de mi memoria, sentí cómo esa paz que tú anhelabas, yo la conseguía. No sabes el descanso que me dio verla caer, ver cómo el bastón se hacía pedazos al caer su cuerpo. Las astillas volaron, un trozo de madera quedó al lado suyo.

¡Qué descanso, Rubén!

Debiste haberlo hecho tú, para que ahora estuvieras sonriendo y no lamentándolo.

Aun en este momento te portas como un cobarde, ya lo sé.

No habrá más de ella. No tendré que verla ni escucharla decir que: “la leche está carísima”, “que nos estamos acabando la despensa”, “que no puede dormir porque le preocupa lo que le hacemos a Ricardo”.

No te apures, amor, ya encontraré la manera de solucionar esto. Dile a tu padre que no me desagradaba.

Siempre me pareció una vaca gorda, pastando en medio de la sala.


Fabián G (1985). Nació en Comitán de Domínguez, Chiapas. Es licenciado en Literatura y Filosofía. Promotor del Café Filosófico Comitán y el Laboratorio de literatura y filosofía: Café de nadie.