Poesía,

Máscaras de piedra, poemas de Sergio Pérez Torres



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(Monterrey, Nuevo León, 1986). Publicó Caja de Pandero (EDÉN, 2007), Mythosis (EDÉN, 2009), Los nombres del insomnio (Cuadernos de la Serpiente, 2016), Barcos anclados al viento (La cosa escrita, 2016; Sangre Ediciones, 2018, 2ed), Cáncer (NadaEdiciones, 2016), Cortejo fúnebre (ISC/Proyecto Literal, 2017), Party Animals (Conarte, 2017), La heráldica del hambre (El Carruaje Ediciones/UANL, 2018) y El museo de las máscaras (Tierra Adentro/Conarte, 2018). Su obra poética ha sido premiada en el Concurso de Literatura Joven Universitaria 2009, Juegos Florales del Carnaval de La Paz 2016, IV Certamen Literario “Ana María Navales”, XXVI Premio Nacional de Poesía “Ydalio Huerta Escalante” 2016, XXIV Premio Nacional de Poesía Sonora 2016 “Bartolomé Delgado de León”, Premio Nacional de Poesía Carmen Alardín 2017, Concurso Palabras Migrantes y Convocatoria para coedición del Fondo Editorial Tierra Adentro y Conarte.


POEMAS

I

Cuando sobre mi cuerpo caiga una piedra enorme,
sentiré el peso de sus penas ya pasadas,
será como el pecado cometido en un sueño
para el que no existen cruces ni retornos.
La sombra de un nombre cubriéndome de mí,
una ola capaz de nacer en el terror partido en dos
y un tiempo para peces muertos en los ojos.
Cada uno colabora con su propia destrucción,
pero sé que cuando venga será una plaga atroz,
dejaré de hojear entre nuestras voces
como queriendo encontrar un juramento en pie;
las ruinas son un campo para renacer
sólo que el viento no llega hasta la raíz,
pagamos lo que nunca hemos gastado con los labios.
Él estará como dormido entre mis brazos
y yo descansaré la furia en medio sus piernas,
nos haremos un animal marino e indestructible
para el que contarán historias y estrellas.
Nuestros nombres deshilados tejerán más melodías.
No lloraré al momento del adiós en un trueno,
pero escribiré la última elegía al desbordarme.

II

Cuando estallan fuegos artificiales hacia el norte,
me sujeto del acantilado por ver sus ojos negros,
mis huesos suenan a este tambor,
lo siguen como girasoles sin pétalos en la noche,
su piel dorada me sana de cada cicatriz
y canto la noche entera mientras duermo al lado.
Pájaros muy tristes se posan en esta lluvia,
pero yo me siento magia y a punto de extinguirme
cuando el fuego me llama en sus labios.
Su nombre también me descalabra como piedra,
mi sangre es un camino demasiado largo,
cada espina vale el peso de mi pasado,
los iris de Dios sobre nosotros desnudos en la playa.
El horizonte baila todas sus olas,
el tiempo pasa como calma en el latido de un muerto,
pero escuchamos a los caracoles llenos de sal.
En el bosque de al lado escriben con miel,
nos alimentamos de sus aguijones
y miramos al cielo para dormir juntos,
cada cuerpo ocupa el lugar del otro sin espacio.

III

De todas las sombras que libera el agua
su sangre es la única que vence al tiempo.
Es cierto que es hermoso rondar entre la luz,
que bajo este sol los sueños se engrandecen,
pero su carne quema como la salvación,
ahí donde las piedras tienen carne
y laten bajo la estación humedecida.
Debí estirar mi corazón unos meses más,
que no llegara el monstruo forrado de Dios
para emprender un viaje hacia el silencio
del que sólo él me rescató algunos días.
Es tan largo el brillo muerto en otros ojos,
desgasta como un cielo que abre las venas.
Dejé que en mí manara el don de su destierro
como el precio que una flor de plástico paga
porque no marchite nunca su esplendor,
un perfume que sólo enciende la lluvia
de sed recién saciada.
El amor es una cosa muy distinta,
lo que la belleza sueña cuando se le amenaza con morir.

IV

Alcanzo a oler su petricor a la distancia,
piedra en la que floreció su voz tras la tormenta,
sus palabras me sanan como una sombra,
saben al destierro de una casa virulenta
a la que uno sueña nunca regresar;
en cambio, él me abre los brazos
para que yo vuelva a beber su sed.
¿Sabrá que lo amé sin mi destino
como quien parte una pena en mil pedazos
soñando convertirla en peces y panes?
Yo lo quise más de lo que una vez
he querido conservar mi propia voz,
lo deseo como si nunca bastara el mar
para desnudarnos con las olas encima.
¿Y si hubiera un silencio tan largo como para dos?
¿Se iría como el fuego cuando no queda ceniza?
¿Descansaría con los labios sobre su pecho
mientras digo palabras más grandes que un tambor?