Por Ana Covera
Imaginemos —sin miedo a la escena improbable— que Isaac Newton despierta hoy, aquí, en una avenida importante de México. Ya no lo ampara el orden de sus notas en los cuadernos y tampoco accede al silencio bucólico que le permite estudiar sin interrupciones. Ahora está en la Tlalpan, confundido entre el ruido, el calor, la contaminación del aire, los vendedores ambulantes y miles de automóviles que, con descaro, se arriesgan a omitir las leyes que planteó en el siglo XVII.
Es así como nos los presenta Rafael Salinas en su libro Momentum, ganador del Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal 2024 y editado ese mismo año por Espina Dorsal. El suyo es un Newton sabio pero frágil, que conoce de leyes gravitatorias pero también humanas, despojado de su autoridad, sin brillo social, como si su lucidez lo hubiese convertido en un paria en medio de las desazones del tercer mundo.
Y mientras el científico recorre una ciudad que no descansa, Salinas dialoga con él y le hace ver cómo sus descubrimientos fueron retorcidos por una realidad que nunca anticipó. La inercia, la fuerza, la acción y la reacción no nada más pueden describir fenómenos físicos, sino migrar a la poesía para describir la cotidianidad de un país cuyos habitantes y paisajes son empujados por energías ominosas hacia el desgaste.
Newton, hombre de orden, de simetrías, debe sentarse a escuchar a Rafael, un joven que observa en tránsito una realidad a la que no quiere ni debe embellecer. La verdad se mira de frente, con aplomo, con sarcasmo, con humor. En contraste, su interlocutor arroja al árbol corazones de manzanas como queriendo revertirse a sí mismo, advirtiéndole a los otros que no crucen, que no vayan a donde querían porque ahí es donde está el filo que hiere, sobre todo si se pertenece a uno de tantos grupos vulnerables.
I. La inercia que ata
La primera ley afirma que un cuerpo permanece como está hasta que una fuerza externa actúa sobre él. Pero en Momentum, la inercia no es reposo, es destino. Los cuerpos más vulnerables permanecen donde están no por elección, sino porque no hay ningún impulso capaz de rescatarlos.
Están la anciana artrítica que guarda sus últimos diez pesos, los migrantes colgados del lomo de la Bestia sin ninguna clase de control en línea recta hacia la muerte; las Alertas Amber tan repetidas que parecen juegos de acertijos y los rostros de los desaparecidos impresos en papel a quienes nadie busca ya. Ellos encarnan esa quietud trágica que no se piensa cambiar, como si se dudara de la propia capacidad de moverse, seguros de que allá afuera difícilmente existirá una sola posibilidad de mejora.
En Momentum el reposo no significa estabilidad, calma o equilibrio. Es una tensión que por un lado siente el deseo de ser vista de otra manera, evocando una fuerza que pudiera modificar su trayectoria de manera positiva, y la obediencia a un destino predeterminado por generaciones anteriores. Gravedad regida por la desigualdad, la indiferencia institucional y la violencia en todas sus formas. Por un lado falta el impulso para moverse y por el otro un exceso de fuerzas que empujan hacia adentro del mismo circulo de vulnerabilidad.
II. La fuerza que acelera el dolor
La segunda ley sostiene que la aceleración depende de la fuerza aplicada. En estos poemas resalta el conjunto de fuerzas externas que deciden quién y cómo vive, quién y cómo muere. La policía municipal detiene a un inocente y le quema los ojos, escolares queman a un compañero de origen otomí. Alguien se despide de su amante y muere en medio de una balacera, igual a un niño que jugaba futbol al aire libre.
En uno de los textos se recrea el mito de Caín y Abel, con el pequeño asesino confesándole a doña Lupe que realmente disfrutaba jugar en la cancha con su hijo pero no pudo contener la ira cuando el patrón prefirió a Abel y se le fue “la mano a las tripas” y dejó el cuerpo a merced del hambre de los cerdos. Con esto se ejemplifican el ciclo interminable e irremediable de la violencia humana y la ventaja vital que tiene quien decide ejercerla sobre quien le teme.
La fuerza es bruta y no impulsa hacia adelante; significa destrucción. La física opera en su versión más cruel: la aceleración del proyectil, la trayectoria de una caída, la magnitud del impacto.

III. Acción y reacción: el eco que insiste
La tercera ley afirma que toda acción genera una reacción igual y contraria. Pero en Momentum, las reacciones no equilibran nada: abren ecos, las preguntas se multiplican. Hay impotencia en la voz de la madre que recuerda los tenis derretidos de su hija muerta. El infierno es tan cercano que se siente como una “oquedad hollinienta” en la cabeza.
Nada se opone a las acciones violentas; no existe oposición con la fuerza necesaria. Quienes más sufren son precisamente los más débiles, a los que no quiere ver el sistema. Entonces para muchos queda llorar y callarse. Para Rafael Salinas la respuesta es el análisis frontal, sin piedad incluso de sí mismo.
La reacción de esta galería de voces es insistir en la búsqueda, en el gesto de volver a mirar, en la necesidad de hablar por los que ya no pueden. Se desea justicia, restaurar cierto orden anterior de las cosas, aunque no fuera equilibrado, pero no hay quien vele por la dignidad.
IV. La gravedad que nos une
Aunque no se enuncia directamente, entre las líneas de Momentum palpita también la Ley de Gravitación Universal, según la que dos cuerpos cualesquiera se atraen de acuerdo a su masa y distancia: mayor masa, mayor fuerza de atracción, y a mayor distancia, menor fuerza de atracción.
Este principio nos ayuda a entender el movimiento de las entidades celestes pero también el de las voces y los cuerpos que se atraen entre sí a menor distancia y a mayor pérdida. Los migrantes de agrupan en constelaciones sobre los trenes, los pueblos gravitan alrededor de sus heridas y los vivos se sienten seducidos por el silencio cósmico de los muertos.
Hay una gravedad emocional —dolorosa, obstinada— que sostiene a quienes resisten. El Newton que reconstruye para nosotros el autor, desiste de este cúmulo de fuerza inclinado al sufrimiento, pero ya es parte de él. Salinas nos deja ver al científico como una figura trágica que se suma al entorno.
“Así lo quiso Newton”, dice irónicamente, como hubiera dado su anuencia para que los obreros murieran aplastados por las grandes construcciones, el caos de las capitales en un orden que borra a los que sufren. El científico aquí es testigo del fracaso, propio y de todos los demás. Camina empobrecido por las calles de México y no logra ordenar lo que ve. El contraste entre su mirada y la de Rafael subraya la desmesura.
Y es ahí donde el libro encuentra su fulgor: en mostrar que incluso en un país herido, incluso en un paisaje donde las leyes naturales son dobladas por la violencia, aún existe algo que sostiene a los que resisten. Una gravitación humana que no proviene de la masa ni de la distancia, sino de la necesidad de nombrarse y reconocerse unos a otros. Una fuerza invisible que impide que nos despeñemos por completo. Una ley no escrita que la poesía, y sólo la poesía, puede revelar.





