Mariana Pérez Villoro
En el entramado de los hongos bajo la tierra, en las redes que sostienen los bosques sin que nadie las vea, hay una voz infantil que crece. Palabras que el micelio repite en mi cabeza brota de esas estructuras ocultas, es un mapa de reflejos donde la mirada de la madre —esa primera cartografía del yo— modela la percepción del cuerpo propio. Ana Corvera nos conduce a través de la ansiedad, de la pregunta no hecha de cómo nos vemos en los ojos de los otros.
Ahora que el respeto al cuerpo se construye como horizonte, este libro es una puerta a la comprensión de eso que muchos hemos sentido; pero pocos, nombrado. Este poemario busca resonar en quienes lo leen, a través de la metáfora de un bosque oscuro donde es posible ver la propia vulnerabilidad. Como el micelio, conecta con lo que ya estaba ahí, esperando ser sentido. Es un poemario que germina en la oscuridad, un entramado subterráneo de palabras. Lo genuino puebla el terreno de las páginas donde los pensamientos aflictivos crecen y distorsionan la percepción.
La autora nos adentra en un lugar donde el rechazo se manifiesta en un lenguaje emotivo que contrasta con la frialdad de los tecnicismos de la ciencia. En el poemario coexisten lo orgánico y lo mental. La escritura, marcada por una cadencia que juega con la repetición de sonidos y el uso de diagonales para permitir más de un camino, hacen que la voz poética se expanda. Como los patrones en el crecimiento de las plantas, el discurso se repite reflejando la persistencia de la mirada del otro, las imágenes resurgen. Se extiende entre líneas, conectando, nutriendo, transmitiendo lo que a simple vista no se ve, como la actividad de las neuronas, como las palabras que resuenan en la mente tiempodespués de haber sido pronunciadas. Ana Corvera hace un paralelismo entre los fenómenos de la naturaleza y la experiencia humana.

Imagen: Literal Librería.
Palabras que el micelio repite en mi cabeza te sumerge en una atmósfera interesante a través del uso del campo semántico de los elementos de la tierra y el lenguaje de la ciencia, una búsqueda actual en la poesía mexicana de mujeres principalmente. Cada segmento abre con un texto en prosa que, de manera más o menos directa, da claves de lectura y nos introduce en lo que sigue. La disposición de los versos, el uso de sangrías, corchetes, paréntesis y repeticiones no es arbitraria: el significado se desliza entre lo que se dice y lo que se omite. Amplían nuestra lectura las construcciones de versos que se sumergen y avanzan, las palabras que se ordenan en columnas, los espacios que permiten el silencio y la polisemia.
En el libro hay una referencia bíblica: la marca de Caín, símbolo que ancla la experiencia personal en un imaginario colectivo. En una sociedad donde la belleza es impuesta como obligación —donde ser convencionalmente hermosa es casi un tema de supervivencia para las mujeres— Corvera nos enfrenta a esta realidad con una voz que oscila entre la denuncia y la introspección.
En este jardín de pensamientos, la esperanza también germina. Palabras que el micelio repite en mi cabeza no solo nos enfrenta a las sombras de la autopercepción, sino que nos ofrece la posibilidad de mirar hacia adelante. Crece en la penumbra, y en su insistencia nos deja una verdad: hasta en la tierra más densa, la vida sigue buscando una manera de abrirse paso.





