(Irapuato, 1993) es autor del poemario Ignoto creador (Letra Capital, 2024). Estudió Filosofía en la UAQ y una maestría en Ciencias de la Información Documental en la UASLP; además, es egresado del Diplomado en Literatura Contemporánea Europea del INBAL. Su obra ha sido reconocida con el Premio Nacional de Ensayo en Investigación Legislativa de Guanajuato (2024) y el Certamen Universitario de Poesía, Cuento y Ensayo de Querétaro (2011). Ha publicado en revistas como Enquiridion, Nocturnario, Periódico Poético y Poetas de Plaza, entre otras. Parte de su narrativa forma parte de la antología Cuando despertamos, el virus todavía seguía ahí (Freire Ediciones, 2022). Es fundador del Seminario de Literatura Queretana y dirige el sello Infame Turba Editorial, así como la revista MilMesetas.
en el rostro sin nombre, el ser sin rostro,
indecible presencia de presencias…
Octavio Paz, Piedra de sol
I
Al mirar a los otros, no sé qué miro:
rostros incómodos, inflexibles, callados;
amor extinto, estigma latente
que agoniza en la mirada humana.
El terrible olvido busca quebrantar
la memoria con su fatídico fulgor.
Pero cuando se consagra la fatalidad,
las entrañas se deshacen.
Ven cada rostro inmiscuido
en el calabozo de la luz.
Y entonces, da miedo.
He luchado con los sentidos
para desprender la herencia de un nombre,
pleno de resplandor fúnebre y aciago,
bajo el sacrificio umbroso el Cristo
de cualquiera, el Cristo de ninguno.
Y al cabo de las miradas,
temo al espejo donde nadie te encuentra,
donde nadie se libera.
II
Cuando quedé inmóvil en el polvo urbano,
la ciudad era irritación incubada en sus calles;
su signo es el ruido viejo de la historia,
donde el algoritmo telefónico es dios y profeta,
Hashtags que calcinan, discursos que sofocan,
mientras un tecnócrata acumula sus tesoros
y el 80% restante vaga sobre las llanuras yermas,
contando cada gota de esperanza.
En este mar de soñolencias nos perdemos:
sed colectiva, venganza de multitudes
que jamás probaron el rocío de la vida plena.
Yo no sé calcar la felicidad más allá de la química;
solo sé dibujar la nada,
un anuario de cicatrices que luego olvidaré.
¿Qué queda de los tragafuegos,
sino agujeros en las esquinas?
Me encuentro atravesando elegías.
Hoy no hay alegrías que declamen las juventudes;
solo hay algo que deletrea su desastre,
respira en mis pulmones
y el desastre danza.
III
Todo se detiene en la ciudad.
¡Qué gran rodeo encierra las calles orinadas!
Porque el moribundo perdura a tientas,
y, en cada instante, se arma de pobreza;
y el profesionista va derramando
su esfuerzo, navegando entre esperanzas.
Y ahí, las mujeres cargan un trauma
por las inscripciones increpantes
de quien acata el verbo estupefacto.
Y ahí, todos abonamos a mirarnos,
prestos o huraños, bajo signos en duelo;
o a no mirarnos, para evitar el llanto
y así persistir en la impura cotidianidad.
Los instantes residuales se llenaron
de aves nocturnas y cuaresmales.
Por puro amor he respirado en el silencio.
Miro a los individuos sin intérpretes,
la memoria en el hastío.
Los vivos siguen muertos,
hechizados por la apatía.
¿Qué es este festín de rostros?
Puerta del ser, mi sangre lo intuye,
aunque muera asediado por los gestos
de su sequedad, de su ceniza.
Seguiré viendo grandes capullos en carriolas,
porque al mirar a los otros, yo sé
que me miro despacio, sin arrojo.
Yo, desde aquí, también soy un rostro:
un cerrojo transformado del mundo,
la última procesión de un grito.
Me han prohibido acercarme.
Pero si te miro, veré tu ser, tu bullicio:
rostro incómodo, inflexible, callado,
amor extinto, estigma latente,
que agoniza en este páramo
de rostros.





