Ensayo,

Pedro Páramo, de Juan Rulfo: voz sobre piedra

JuanRulfo

Juan Rulfo nació en Jalisco el 16 de mayo de 1917. Es uno de los escritores más importantes del siglo XX en lengua castellana. Publicó el libro de cuentos El llano en llamas (1953) y la novela Pedro Páramo (1955). Su obra se caracteriza por su estilo narrativo y por la combinación de realidad y pensamiento mágico en un contexto rural. En el día de su natalicio lo conmemoramos con un comentario a una de las mejores novelas mexicanas, si no la mejor: Pedro Páramo.


Juan Rulfo sin duda plantea un ritmo marcado por la tensión y el misterio: no sabemos el nombre del narrador principal hasta avanzada la novela y decide la suerte del mismo mucho antes de que esté por terminar la narración. No es en vano que haya dicho en una entrevista, concedida a Joaquín Soler Serrano en el programa «A fondo», que su generación no comprendió los alcances de Pedro Páramo. Ya a propósito de la narración y de la jerarquía e importancia de los personajes se muestra una ruptura con la tradición: de la novela de la revolución pasamos a otra en la que no hay un solo narrador ni un protagonista único, sino que está contada desde la pluralidad de voces: el eje central es Comala, el pueblo.

Fragmento de Pedro Páramo. Imagen: Facebook Juan Rulfo.

Juan Rulfo lo vio mejor que nadie: la voz es lo que perdura de nosotros más allá de la muerte, la piedra fundamental. Pedro Páramo me hace recordar uno de los ensayos de Jorge Luis Borges –«El libro»– en el que habla sobre los textos sagrados: eso me parece que es su novela, porque no tiene una palabra que falte o que sobre, sino que todo está hecho con la precisión aritmética de un mundo bien equilibrado. Borges también ha dicho que se trata de una de las mejores novelas de la literatura (al tiempo que nos refiere el brillante análisis de Emir Rodríguez Monegal).

Es así como la estructura sobre la que se despliega Pedro Páramo resulta compleja: a la vez realista y fantástica, con influencias clásicas y modernas. En ella el tiempo parece irse recto para luego dar saltos al pasado y otra vez entrar en esa abstracción que llamamos presente y al final terminar por abolirse la temporalidad. Y la gente de Comala (ese lugar que bien puede ser el infierno) habla como repitiéndose, con sus variaciones lingüísticas bien representadas, cobrando así una veracidad palpable. Y en los temas: la búsqueda del padre y del origen, las significaciones del amor de un hombre terrible, la tenencia de la tierra, el arquetipo del cacique, la religión al servicio del poder, y otros, resultan en un profundo retrato y análisis de la realidad social, política y cultural de México.

Libros Pedro Páramo. Imagen: Facebook Juan Rulfo.

Tan sólo en el primer párrafo se pueden apreciar al menos tres tópicos mexicanos recurrentes: la casa chica y la casa grande, el padre ausente y el hijo que es un hombre del deber subordinado al pensamiento religioso. Juan Preciado, ese hijo, no quiere buscar a su padre, y sin embargo promete hacerlo cuando su madre está en su lecho de muerte. Incluso pudo no haberlo hecho una vez muerta. Pero el tiempo de la petición de la madre es el indicado: el hijo debe hacerlo para que ella pueda descansar en paz, o, dicho de otro modo, el hijo cree que debe hacerlo porque asume que de él depende el destino de su madre. Así es como atiende su viaje a Comala, donde vive Pedro Páramo. ¿Acaso importa que diga que no pensó cumplir su promesa? Algo de edípico tiene el hijo que deja atrás su vida para encontrarse con la muerte por una encomienda de su madre, y también la madre que ha sido abandonada y vuelca en su hijo todo el deseo y su vida entera. Este es el parteaguas de la novela que se desencadenará todo: un intento del hijo por cumplir con su madre más allá de la muerte, el mandato de exigirle y reclamarle al padre ausente e, incluso, de encontrarla a ella, porque –le anticipó– en Comala la escucharía mejor.

Poco antes de llegar a su destino, Juan se encuentra con Abundio Martínez, quien le guía y le da referencias sobre el pueblo, así como las siguientes advertencias: que Pedro Páramo es un rencor vivo, que ha muerto y que él también es su hijo. Quizá antes que una relación sanguínea debe apreciarse una relación simbólica: Preciado y Martínez son la misma persona en lo profundo, hermanados por esa pobreza en que les tuvieron a pesar de las extensas tierras de su padre, hijos del rencor vivo. También debe decirse que la presencia de Abundio es una que se desvanece, a la que ya no se le alcanza a oír el apellido: desde entonces se sabe que una niebla, o, más en sintonía con el ámbito del libro, alucinaciones por las altas temperaturas de las páginas, rodean la narración. Esto se traduce en personas que desaparecen de repente, que se comunican con el más allá, voces, ruidos, rumores, canciones lejanas, la madre hablando: en el deambular de Juan Preciado uno nunca sabe si esas personas con las que cruza camino están en lo real o en lo imaginario.

Mientras se desarrolla la historia de este Telémaco en busca de su Odiseo, se narra también a la niñez de Pedro Páramo. Aquí cabe resaltar un contrapunto: mientras que la narración inicial está marcada por el sopor de la canícula, el aire estancado y la tierra infértil, en la posterior predomina la existencia del agua, en lluvias o en goteras, que prevalece en todo lo que se entiende como anterior al presente de los hechos y que corresponde al pasado del hombre atroz. Tiene que ser así, porque si bien al inicio se nos muestra esta figura paterna, ausente y terrible, luego le conocemos como un niño enamorado de Susana San Juan.

Libro Pedro Páramo. Editorial Rm. Imagen: Facebook Juan Rulfo.

 Parte del desarrollo diegético del personaje se debe a que ella no está en su destino: es la única mujer a la que nunca pudo poseer y por la única que ha sentido verdadero amor. Susana San Juan se sitúa de tal manera en su mente que no habría de olvidarla nunca, al punto de recordarla en sus últimos segundos de vida. Es precisamente esta falta de amor lo que le lleva a ser ese rencor vivo, a decidirse por matar a Comala de hambre por su apatía y hasta burla ante la muerte de Susana, a tratar el matrimonio como un negocio, a abusar sexualmente de todas las mujeres del pueblo, a dejar hijos aquí y allá regados de los que no se hará responsable. Aunque sí reconoce a uno de ellos: Miguel Páramo, que ha nacido fruto de ese desenfreno sexual y que muere aplastado por su caballo –una y otra cosa están íntimamente relacionadas en el plano simbólico. Pero quizá Miguel Páramo no es tanto su hijo como su doble, pues, en una parte de la novela, Pedro le señala a Fulgor Sedano que todo lo que ha hecho Miguel ha sido realizado más bien por sus propias manos. Entonces su muerte es más bien una especie de muerte para Pedro Páramo, donde él mismo reconoce que ha comenzado a pagar por sus actos: como si dijera que uno es sus consecuencias.

Así pues, volviendo al deambular de Juan Preciado, hacia la mitad de la novela, habituado ya a los saltos temporales, ocurre acaso un evento sutil pero de consecuencias importantes: Rulfo decide matar al narrador inicial. De esta forma le muestra al lector que toda la narración en primera persona, es decir, todo el libro hasta ahora, ha sido un diálogo o una conversación con Dorotea, que fue enterrada en su misma tumba (y quien ha estado siempre en busca de un hijo que nunca tuvo y que llegó a encontrar hasta la muerte, refiriéndonos aquí a Juan Preciado, emparentándose de este modo con Dolores Preciado en términos simbólicos, y repercutiendo en la relación edípica que comentaba al principio). Incluso más adelante se revela que las otras narraciones en tercera persona son las voces de otros muertos, narraciones de ultratumba que filtran a través de las palabras de Juan Rulfo. Estas son las consecuencias importantes: como el lector está habituado a enmarcar todo en una cierta temporalidad y espacialidad, habrá decidido que los diferentes acontecimientos pasaron hace una u otra cantidad de años y que pasaron aquí o allá, por lo que se verá destruida su manera de ver, no sólo la obra, sino el mundo. Tiempo y espacio (las dos varas de medir) desaparecen: no hay más espacialidad real que el hueco donde están los cuerpos enterrados y no hay más temporalidad que la eterna memoria que ellos tienen.

Es por esto que para Rulfo, o al menos en Pedro Páramo, lo fundamental es la voz. La novela está hecha de ecos que marcan su ritmo. Más allá de la muerte, quizá en el alma, somos voces que hablan lo que fue, que hablan a los otros y que, sobre todo, se hablan a sí mismas. Voces que resisten más allá de lo visible y de los cuerpos para sacudirse y hablar cuando empieza a llover o cuando se pisan las piedras: el vínculo entre la tierra y lo que somos.

Este es otro gran tema que se toca en Pedro Páramo: la tenencia de la tierra: los desheredados y el que lo tiene todo. Pedro Páramo es el arquetipo del cacique: la Media Luna, toda la tierra que se puede abarcar con la mirada, le pertenece: ¿a qué costo? En su niñez podemos ver que su familia no tiene nada y que tiene que pedir fiado por la falta de recursos económicos. Ya desde esta edad anticipamos –en una conversación que sostiene con su abuela– que le desbordará la avaricia: que se resignen los otros porque él no está para eso. Entonces tenemos que a través de este pensamiento ampliará el terreno con que contaba la familia (que apenas daba para pagar las deudas): se casará con Dolores Preciado para no pagarle lo que debían a su familia y, de paso y como quien no quiere la cosa, anexar sus tierras; al Aldrete se le transgredirán ilegalmente los límites de su terreno porque la ley ahora la hace él, el cacique, el hombre cabrón, a tal punto que se decide por matarle; a Galileo, que se verá obligado a venderle sus tierras a Pedro Páramo, y con quien la tenencia de estas también será de vida o muerte. Esto, como es natural, le ha producido, a base de trampas y prácticas ilícitas, riqueza, hombres y poder, por lo que cuando se desarrolló el movimiento revolucionario y estos grupos sublevados necesitaban gente y dinero para fortalecerse, recurrieron al cacique para habilitarlos. Así se desvirtuó el movimiento, vendiéndose al dueño de las tierras, del que se produjo, como una de las máximas consecuencias, el empoderamiento de hombres como Pedro Páramo: autoritarios, funestos y abusivos. De ser un grupo particular de revolucionarios –los que van en busca del señor Páramo para que sea su benefactor–, pasan a unirse a los villistas, a asaltar pueblos, a ser ahora carrancistas, a estar del lado de Obregón o con el padre Rentería. Podemos ver en esto un retrato de la revolución en la que su fin era el de los intereses materiales y económicos, pero también es apreciable una nación, que va de aquí para allá sin rumbo, en busca de un padre.

Libros Pedro Páramo. Imagen: Facebook Juan Rulfo.

En este sentido, tanto Juan Preciado y Abundio Martínez, como todos, somos hijos de algún Pedro Páramo. La relación simbólica que se establece entre ellos dos se amplía a todos los desheredados, a todos los hijos de la madre chingada, hermanados por el dolor y la pobreza: la circunstancia mexicana que es contextual a la novela. Entonces, cuando en las páginas finales, Abundio comete parricidio contra un Pedro Páramo perdido en el recuerdo de su paraíso (situado en el idilio de Susana San Juan), no solo cierra con la encomienda inicial de la novela: cobrarle caro el olvido, sino que también es la venganza de los que no tienen nada, de las víctimas de la avaricia sin control y de los ultrajados. A viarias décadas de su publicación, cabe preguntarse si, fuera de la ficción, individualmente y como mexicanos, hemos encontrado a este padre, y si le hemos dado muerte real o simbólica. O si más bien seguimos siendo esos hijos perdidos a la espera de un padre que nos proteja porque no podemos hacer nuestro propio camino.

La muerte de Pedro Páramo en la novela está prefigurada desde el nombre. Pedro: Petros: piedra edificante: todo edificio termina por caer. Páramo: paramus: lugar inhóspito, infértil: donde no se puede continuar o hacer la vida.

Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras.

Izhar León. (Chiapas, 2004). Textos suyos se encuentran en diversas revistas digitales del país. Es estudiante en la licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericanas. Quiere ser poeta. Le gusta pasar su tiempo leyendo, conversando sobre libros y rodeado de gatos bonitos. Piensa que la literatura es placer y deseo, pero también la posibilidad de redimirse.

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